Noticias del español

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| Jorge Núñez Sánchez
El Telégrafo (Ecuador)
Miércoles, 1 de julio del 2009

LAS ACADEMIAS

Olvidadas e incomprendidas por el país y a veces descuidadas por sus propios miembros, nuestras academias son repositorios vivos de la cultura nacional.


Las academias surgieron como una de las más notables expresiones de la cultura occidental, con el fin de reunir a expertos en ciertos ámbitos del conocimiento y promover su estudio e investigación.

Las primeras conocidas fueron la Academia Platónica, fundada en Florencia en 1740, y la Academia Anticuaria, fundada en Roma hacia 1498 y perseguida luego por el Papa Paulo II, que condenó como herejes a varios de sus miembros. En 1635, el cardenal Richelieu fundó la Academia Francesa, con la misión de regular y perfeccionar el idioma francés. Siguiendo ese ejemplo, en 1713 se fundó la Real Academia Española, con la misión de «limpiar, fijar y dar esplendor» a la lengua castellana, y en 1735 la Real Academia Española de la Historia, convertida en «inspectora de antigüedades» y protectora de la memoria histórica.

En nuestro país, la primera institución de éstas fue la Academia Pichinchense, fundada en 1762 por los jesuitas, con el objeto de estudiar las ciencias y las letras. Y a esta la siguió la Escuela de la Concordia, creada por Eugenio Espejo para estudiar los problemas del país y sus soluciones.

Ya en la república, en 1874 fue creada la Academia Ecuatoriana de la Lengua, destinada al estudio del idioma y su evolución. Luego, en 1909, por iniciativa de Federico González Suárez, se fundó la Sociedad de Estudios Históricos Americanos, reconocida luego por el Estado con el nombre de Academia Nacional de Historia. Finalmente, en 1945, por iniciativa de Benjamín Carrión y bajo el impulso espiritual de la «Revolución de Mayo», fue creada la Casa de la Cultura Ecuatoriana, como una suerte de gran academia de artes y ciencias, integrada por secciones académicas especializadas y núcleos provinciales de gestión.

Estos recuerdos se vuelven necesarios en esta hora del Bicentenario, cuando nuestras academias parecen haber revivido al influjo de la magna recordación y han vuelto a presentarse animosas en el espacio público, organizando eventos, publicando libros y aun siendo escenarios de apasionados debates sobre el pasado.

Precisamente en estos días acaba de celebrarse con gran éxito, en Quito, un Congreso Extraordinario de las Academias Iberoamericanas de Historia, convocado y organizado por nuestra Academia Nacional de Historia, y al que asistieron delegaciones de América Latina, España y Portugal.

Y a fines del próximo mes de julio se reunirá en la capital el VII Congreso Ecuatoriano de Historia, que será también el IV Congreso Sudamericano de la especialidad, convocado bajo el lema de «Las Independencias: un enfoque mundial». Entre los organizadores de este magno evento está la Sección Académica de Historia y Geografía de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, junto a la Universidad Andina Simón Bolívar, la Asociación de Historiadores del Ecuador y el Taller de Estudios Históricos.

Estos ejemplos muestran la vitalidad actual de nuestras academias, cuya labor merece sin duda mayor atención y respaldo de los poderes públicos.

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