Noticias del español

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| Julián Sesmero Carrasco
diariolatorre.es, España
Martes, 18 de septiembre del 2007

LA VIDA SECRETA DE LOS PALABROS. (Perdóname, Isabel Coixet)

Me pregunto cada día si no estaremos cometiendo actos irreparables de terrorismo premeditado de baja, media y alta intensidad contra nuestro sufrido idioma español o castellano —me aburre sobremanera tener que explicar la sutil diferencia entre término y término—.


Descubro con horror y pavor que se impone en nuestra materialización efectiva del (¿buen?) fablar una serie de modismos, usos lingüísticos y conceptos que no existen, que dan una torticera vuelta de tuerca a la lengua de Cervantes y de Paco Umbral y ponen en excesivo riesgo la indudable riqueza de nuestro léxico, que la Real Academia tenga en su santa gloria.

Asumido con deportividad y resignación el paulatino empobrecimiento del vocabulario, fruto del irreverente sentido del apócope de la que hace gala la generación del SMS (perdonen el palabro) y del e-mail (perdonen el palabro), para desesperación de los doctos docentes de Secundaria —y, si me apuran, del último ciclo de Primaria— a la hora de corregir exámenes, ahora resulta que los que tenemos que dar ejemplo desde nuestros púlpitos de adultez (no me disculpo, pues no es palabro) estamos invadidos por una falaz corriente de lo que algunos sesudos pedagogos de despacho llaman «naturalidad verbal».

Ella, la naturalidad verbal, nos obliga inconscientemente a asumir barbarismos modales, casi siempre relacionados con construcciones semánticas extrañas y/o con la aplicación diarreica de abreviaturas del tipo neocon (algo así como una corriente de nuevo conservadurismo económico y político), glocal (aquello de «piensa globalmente», «actúa localmente»), etcétera.

Buena parte de la culpa la tienen —la tenemos, asumámoslo— los que nos dedicamos o nos hemos dedicado a la cosa pública: ¿qué es eso de «cortocircuitar»? ¿A qué viene acentuar como esdrújula la palabra «solidaridad»? ¿Y qué creen algunos servidores públicos que significa «demagogia» (DRAE, XXI edición: 'práctica consistente en ganarse con halagos el favor popular', en decir justo lo que el auditorio quiere escuchar… ¿acaso es sinónimo de mentir?) ¿Y algo «patético»? ¿saben qué significa quienes abusan del término? Y atrás no se queda, por supuesto, la estulta arroba, otrora preciada unidad de masa equivalente a la cuarta parte de un quintal, hoy imprescindible para los usuarios de la Informática, pero también asociada a esa imbecilidad de lo políticamente —que no lingüísticamente— correcto de hacer explícita la alusión indistinta de sexos, con lo que nos cargamos de un plumazo el masculino genérico de toda la vida. Me pregunto cómo lo pronuncian. ¿Se puede colocar en idénticos planos la lucha contra el sexismo social a través del sexismo en el lenguaje? Por supuesto: a fuerza de cargarnos el idioma e inundar de términos vacíos nuestro parlamento. Podría seguir: perfil bajo, superávits, ratios, stocks, establecer alianzas, de cara a, a nivel de, la cúpula policial… Me aburre.

Pero, ¿qué me dicen de los nuevos gurús de la comunicación payasa, verdaderos histriones de medio pelo en sus modos y formas y en su vestir, calzar y verbalizar…? Esos que inundan las pantallas televisivas públicas y privadas con sus estúpidas historias a voz en grito que a nadie interesan —por eso las ven millones—, a los que se les llena la boca de improperios y exabruptos. ¿Contribuyen acaso a limpiar, fijar y dar esplendor al idioma?

Pues eso. Que me niego a contagiarme. Que no trago con limitar mi léxico a 100 conceptos de los cuales 50 son palabros, palabrotas, muletillas y prefijos y sufijos inexistentes y, el resto, verbos-recurso como ponerse o hacerse. No me da la gana. El español no se lo merece. No, señor. Una cosa es trasponer el idioma popular (¡Qué grande Valle-Inclán! ¡Qué excelso Quevedo!) y otra muy distinta es cargarse la lengua.

A quienes siguen empeñados en ello les pido un minuto de reflexión y, si es posible, de silencio. «Si lo que vas a decir no es más bello que el silencio, no lo vayas a decir», que cantaba El Último de la Fila. Y en su ausencia de decires, les propongo dos fantásticas lecturas: El dardo en la palabra (Fernando Lázaro Carreter, volúmenes 1 y 2) y, para los que gustan de dar volteretas rimbombantes y de hueca retórica al idioma, una referencia del genial Antonio Machado en su libro Juan de Mairena. Sí, sí. Aquello de «los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa».

Les aseguro que no se aburrirán. Palabro.

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