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| Manuel Gregorio González
diariodesevilla.es, España
Lunes, 23 de junio del 2008

LA TORRE DE BABEL

Umberto Eco analiza en Decir casi lo mismo los problemas de la traducción y la naturaleza equívoca del lenguaje


Sabido es que la torre de Babel se derrumbó, no por la imposibilidad de entenderse entre lenguas diversas, sino porque entre los trabajadores que allí operaban, uno decía una cosa, y el de al lado entendía algo diferente o quizá lo inverso. Es decir, que la condena relatada en el Antiguo Testamento fue una condena semántica, un asunto de traducción, y no una insólita multiplicación del pan y los idiomas, como suele pensarse con frecuencia. Pues bien, esta difícil cuestión, el significado de las palabras y su equiparación entre lenguas, es la que aborda Umberto Eco en esta colección de ensayos, Decir casi lo mismo, y cuya dificultad ya viene planteada desde el propio título: qué significa decir, que significa casi, y qué significa lo mismo, cuando vertemos un texto de un idioma a otro.

Para quienes sólo conocen al Eco novelista, El nombre de la rosa no es más que una abultada e ingeniosa obra de misterio. Sin embargo, dicha novela, como El péndulo de Foucault, es también el irónico ejemplo de sus teorías lingüísticas sobre el best seller, explicadas desde antiguo en su estupendo ensayo Apocalípticos e integrados. Digo todo esto para que se vea que el ámbito natural de Umberto Eco es la lingüística; primero contra Sartre, luego contra los estructuralistas, y en última instancia contra el propio Eco, pues aquí se postula la teoría del compromiso, del acuerdo, y no una norma exhaustiva de general aplicación a todas las traducciones. Si en el XVIII ilustrado se pensó que la gramática era una forma infalible de escriturar y catalogar el globo; esto es, que los idiomas eran, no sólo precisos, sino intercambiables, en el XIX romántico se llega a la conclusión contraria: cada idioma, cada lengua, viene lastrada por el genio de su pueblo, por su visión del mundo, asunto que nace con Hamman y se difunde con Herder, y cuyas consecuencias aún hoy padecemos en forma de cantonalismo político y racial. Ahora bien, Eco, que parte de estas viejas teorías, acude a un hecho incontrovertido: el hombre, desde que lo es, no ha dejado nunca de traducir. Con lo cual, la teoría decimonónica que postula la imposibilidad de la traducción, da paso a un nuevo misterio; misterio que ocupa la totalidad de estas páginas, y que viene matizado por multitud de ejemplos y por la acendrada sabiduría, maligna sabiduría, del sabio italiano: ¿cómo es posible la traducción, y cómo se articula, a pesar de las dificultades, los equívocos, las ambigüedades y las enormes diferencias de todo tipo entre una cultura, entre una lengua y otra?

Vuelvo a repetir que Umberto Eco recurre aquí al posibilismo. Pero un posibilismo basado en la experiencia, y en el profundo conocimiento de los idiomas tratados. Lo cual incluye, como es lógico, la cultura de referencia tanto del traductor como de lo traducido, asunto que nos lleva al problema de la profundidad del idioma, de la nervadura interna y el sustrato histórico que vertebra cada lengua. En más de una ocasión se ha referido en estas páginas la frase de Robbe-Grillet sobre la abolición de «los mitos de la profundidad». Con esto se refería el novelista y teórico francés a la necesidad de un idioma científico, puro, exento, que no viniera gravado por la biografía, por el espesor oculto tras cada palabra utilizada. Sin embargo, una lengua es una estructura viva, en perpetua metamorfosis, y la memoria de estos cambios deja un rastro indeleble en las acepciones de cada término. El propio Ortega, que tenía sus pujos de filólogo, nos recordaba que la palabra garbo, aplicada a las señoras de buen ver, venía del término marítimo gálibo, el cual se refería a la curvatura (ah, las suaves, las abundantes curvas), de las traviesas de madera utilizadas para la construcción de barcos en el siglo barroco. Con lo cual, una lengua es siempre heredera penúltima y superficie en calma de una profundidad magmática que nunca deja de percutir en nuestro modo de hablar, en nuestras formas de escritura. Y es este formidable e intrincado laberinto humano el que Eco despliega, con su proverbial humor y su delicada erudición, en Decir casi lo mismo, estupenda obra sobre la dificultad, y nunca solución a lo insoluble del asunto.

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