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| Jairo Valderrama
Artículo Publicado en: Periódico En Directo, Facultad de Comunicación Social y Periodismo, Universidad de La Sabana, Colombia.

LA TILDE DE CLEOTILDE

También Matilde y Anatilde, como Cleotilde, llevan tilde, pero no se les marca tilde, pues se prescinde de este signo en las palabras graves terminadas en vocal, ene o ese, al aplicar las normas regulares que sobre prosodia dicta la Real Academia Española.


Respecto a este rasgo frecuente en la escritura de nuestro idioma, se extiende el mal hábito de omitirlo, como si diera igual escribir tránsito (el tránsito en Bogotá está insoportable), transito (yo transito por una autopista) o transitó (tres meses transitó el barco). «Pero se entiende, profe», se atreven dizque a aclarar algunos estudiantes, pretextando su propia desidia. Lamento mucho disentir de algunas de estas atropelladas y nada sustentables afirmaciones. Veamos algunos casos, puntuales y reales, donde sí se altera el significado de una expresión al marcar o suprimir ese casi imperceptible e inclinado trazo: la tilde (a la que, como habrán notado, no se le marca tilde).

1. Cuando se presentó una emergencia en un departamento colombiano, un noticiero de televisión tituló lo siguiente, en esas frases que se fijan en la parte inferior de las pantallas: «Choco en alerta amarilla». Mientras tanto, el periodista relataba la crítica situación, apoyado en dramáticas imágenes. También suponemos que los televidentes habrán dicho: «Lástima que el reportero se estrelle (choco) contra una alerta de color amarillo». Muy distinto a Chocó (con tilde, y con una coma después de este vocablo)

2. En una publicación se quería destacar la labor ingente de nuestras Fuerzas Armadas y se exponía el siguiente titular: «Ejercito, siempre en la selva salvaguardando la paz». Como el artículo en cuestión estaba firmado, fácil resultaba imaginar que el mismo redactor escribía el titular en primera persona y reconocía que se ejercitaba, que practicaba algún deporte… en la selva y para salvaguardar nuestra esquiva paz. Podría, inclusive, suponerse que él pertenecía a alguna fuerza armada. Pero, por el contexto nacional y por sentido común, se infiere que la intención consistía en promover la labor del Ejército, así, con tilde.

3. Y qué opinión formaríamos del siguiente texto, aparecido en un folleto de esos que se reparten a la entrada de cualquier centro comercial: «La paz publica, a como dé lugar…». Por fortuna se mantuvo la tilde en dé, forma del verbo dar. Pero, ¿qué será aquello que manda a publicar la paz? ¿La paz puede publicar algo? ¿O serán las personas que la defienden? ¿Cómo vamos a obtener la paz si olvidamos marcar (¡a como dé lugar!) la tilde en el vocablo pública?

4. En una clase de redacción periodística, a un estudiante se le asignó el trabajo de recoger datos acerca de un incendio en una zona industrial de la ciudad. Se trataba de redactar una noticia con la información recopilada, incluidos el título, antetítulo y sumario, elementos propios del periodismo escrito de estos tiempos. El encabezado noticioso del neófito reportero exponía lo siguiente: «Incendio en zona industrial: Perdidas por $ 250 millones». Obviamente al leer este anuncio, cualquier lector se preguntaría: «¿Y qué relación hay entre un incendio y el extravío, quizás, de algunas mujeres?». Posiblemente, se creería que esas damas anónimas aprovecharon el incendio para llevarse 250 millones de pesos y se perdieron (¿se fugaron?), porque perdidas es sinónimo de extraviadas. Por supuesto, la falta de tilde en la letra e del vocablo pérdidas provocó la confusión. Por favor, repasemos con cuidado esa diferencia.

Con vuestro permiso.

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