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| Álex Grijelmo (El País.com, España)

La seguridad es insegura

El vocablo «seguridad» lo justifica todo. Justifica el espionaje, la intromisión, la injerencia, palabras todas ellas incluidas en el campo semántico de la caradura.

Y cómo no van a aceptar los ciudadanos que eso suceda si a cambio obtienen la certeza de vivir seguros.

La voz «seguridad» seduce a la vez que tranquiliza: las autoridades nos garantizan la seguridad, aunque para ello incurran en provocarnos alguna molestia como la pérdida de libertades o menudencias como renunciar a la dignidad y la autoestima. Las autoridades nos protegen así de unos asaltos mientras nos perpetran otros.

«Seguro» procede del latín securus y se formó sobre cura: «cuidado», «atención». Equivale por tanto a «sin cuidado» (sin peligro). «Seguridad» se define en el Diccionario como la ‘cualidad de seguro’. Y «seguro» significa ‘libre y exento de todo peligro, daño o riesgo’. Eso es lo que nos ofrecen, por tanto: estar a salvo de «todo peligro», de «todo daño», de «todo riesgo», donde el vocablo «todo» manifiesta una idea sin fisuras para confiar en ella a pies juntillas.

El juego de la palabra nos hace creer, pues, que la seguridad puede garantizarse. Pero pocas cosas son seguras al cien por cien, y por tanto pocas cosas son seguras.

Se establecen así «medidas de seguridad», dándola por completa para que nos sintamos a resguardo; nunca «medidas de precaución» o «medidas de prevención», expresiones que ofrecerían más sinceridad pero quizá mayor resistencia.

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