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| Ángela Pradelli, escritora y docente, Premio Clarín de Novela
www.clarin.com, Argentina
Martes, 5 de enero del 2010

LA REVOLUCIÓN EN LA ESCUELA EMPIEZA POR LA PALABRA

El cambio primero, el más abarcativo, el más importante será aquel que ponga al lenguaje —su ejercicio y su disfrute— en el centro de nuestras vapuleadas escuelas secundarias.


Todos sabemos que hay que creerles a los poetas porque la verdad que encierra la poesía les viene de una comprensión clarividente. El escritor inglés John Berger en una poesía cuyo título es Palabras nos dice:

La lengua / es la primera hoja de la columna vertebral / bosques de lenguaje la rodean / como un topo / la lengua / abre madrigueras en la tierra del habla / como un pájaro / la lengua / vuela en arcos de palabra escrita. / La lengua está amordazada y sola en la boca.

Si como dice el poeta inglés, el lenguaje es la primera hoja de nuestra columna, entonces tenemos que afirmar que son las palabras las que nos ponen de pie. Las palabras son las que nos hacen dar nuestros pasos y avanzar por los caminos.

Me gustaría poner el énfasis en esta idea y que este poema no se leyera sólo, aunque lo es por supuesto, como una bella construcción metafórica. Este texto de Berger encierra una verdad que los profesores de todas las materias deberíamos repetirnos cada día antes de entrar a clase: el lenguaje nos pone de pie y nos hace andar. Avanzamos gracias a nuestras palabras. Los docentes, aun más tal vez que los escritores incluso, tenemos que comprender la importancia que tiene el lenguaje para vivir. Lo decisivo que resulta en nuestras vidas, en la de nuestros alumnos. Tenemos que saber que todos nuestros pasos, para aquí o para allá, son unos u otros según sean unas u otras las palabras que pronunciamos o según sean unas u otras las palabras que preservamos en los silencios.

Cabe entonces que nos hagamos algunas preguntas: ¿qué enseñamos los profesores en las clases de lenguaje? Más allá de los diseños curriculares, ¿cómo enseñamos la lengua? Más allá incluso de las grandes reformas: ¿qué buscamos los docentes, qué aprenden nuestros alumnos?

Trabajamos en el aula con una cantera que está en constante actividad. La lengua es una masa que en su propia fermentación puede crecer y crecer. Sabemos mucho acerca del lenguaje pero a pesar de los estudios y las investigaciones, todavía no sabemos cuándo ni cómo nació. El enigma sobre su origen nos instala a su vez frente a una paradoja: el lenguaje, con el que construimos las explicaciones para las cosas más incomprensibles de este mundo, aún reserva para sí la explicación madre, su nacimiento. En cada clase, alumnos y profesores nos hundimos en un misterio que hasta ahora permanece indescifrable.

Con la palabra establecemos diálogos con la historia, la filosofía, la ciencia, las religiones. Tratamos de esclarecer aquello que nos preocupa, nos deslumbra, nos resulta oscuro. Con la palabra intentamos dilucidar todo lo que se nos presenta como un misterio, pero hasta ahora es ella misma la que guarda para sí el secreto de su origen.

Hablamos, pero no sabemos con certeza por qué lo hacemos. Desconocemos el primer paso, el mecanismo primero que operó en el hombre y articuló palabras en una boca. Los investigadores no se pusieron de acuerdo y hay distintas corrientes. Esas distintas líneas, que no acuerdan, ahondan el misterio. Sin embargo ese misterio es lo que nos sigue definiendo como especie. Tenemos, como otros seres en el universo, vida, pero somos los únicos seres que además de vida tienen habla. Somos los únicos animales de lenguaje, por lo que hay una relación de necesidad entre el hombre y las palabras.

Y es ese misterio aún inexplicable la mismísima materia de la transmisión en el aula. A ese arcano entramos con nuestros alumnos en cada clase. Cada día rodeamos ese enigma y tratamos de abarcarlo. Pero, paralelamente, todos nosotros estamos ceñidos por el lenguaje, que tantas veces se nos presenta como un límite. Aunque esa limitación no nos impide que sea en la lengua justamente donde despleguemos, una a una, las capas de nuestra subjetividad.

Alumnos y profesores trabajamos para desamordazar la lengua y rescatarla de la soledad en la que anida, recuperarla de la mudez que habita en cada boca.

¿Qué buscamos los profesores en nuestras clases? Intentamos que nuestros alumnos despierten la lengua de las bocas anestesiadas, le «entren» al lenguaje, que merodeen sus entrañas, que lo intuyan. Nuestros alumnos son sujetos que leen y construyen textos en el aula. Enuncian sus miedos y fracasos, opinan, piden, reclaman.

La lengua transmite diferentes potencialidades. Por el lenguaje elaboramos complejísimas situaciones aun cuando estemos hundidos en el peor de los desasosiegos. La lengua nos permite salir de las experiencias más perturbadoras. Las palabras nos ayudan a abordar el inmenso enigma que es el yo, y también nos ayudan a acercarnos, aunque sea acercarnos, al misterio que siempre es el otro.

El habla es un acto que debería conmovernos cada vez que se concreta. Tal vez la revolución más necesaria en las aulas sea la del lenguaje. El cambio primero, el más abarcativo, el más importante será aquel que ponga al lenguaje en el centro de nuestras escuelas secundarias, que haga de la lengua un eje en cada una de nuestras aulas.

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