Noticias del español

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| Amparo Rubiales
El Pais.com (Madrid, España)
Martes, 28 de noviembre del 2006

LA RAE Y EL LENGUAJE

Se acaba de publicar el Diccionario esencial de la lengua española, del que se ha dicho que es «un diccionario de andar por casa, instrumento de fácil consulta hecho a medida de la vida moderna, y que incluye lo que más se aproxima al léxico hispánico de nuestros días». Es un trabajo importantísimo del que se asegura que tiene como meta «ofrecer un registro vivo del léxico de nuestra época». En él han trabajado muchas personas —¿sólo masculinas?— también muy importantes.


Soy una absoluta ignorante en esta materia y, por lo tanto, pido disculpas por mi osadía a la hora de escribir estas breves reflexiones criticando, no ya este Diccionario, sino la posición de la RAE sobre la resistencia a aceptar determinadas definiciones, pese a la previa proclamación de la modernidad de su trabajo. La que más se ha destacado es la que hace del matrimonio, al que define como «la unión de hombre y mujer concertada mediante determinados ritos o formalidades legales», sin que la definición incluya la reforma legal que permite el matrimonio entre personas de un mismo sexo, porque «es una excepción que sólo ocurre en España y no en otros países de habla hispana», y sólo si se persiste en el uso de esa forma se incluirá.

La inclusión de una palabra depende del uso social y de la reiteración que de ella se haga. Así se españolizan y se han adaptado muchos términos; pero si la definición de matrimonio no se corresponde con la realidad de lo que esta acepción es en un país como España, ¿qué sentido tiene que se llame Diccionario hispánico? ¿Cómo llamamos a la unión entre españoles y españolas del mismo sexo? ¿Tiene derecho la RAE a denominar a las cosas de forma diferente de como lo hacen las leyes y la realidad española?

Y no es sólo en esto en lo que la RAE no se acomoda a la realidad social. Le pasa igual con el uso del femenino y el masculino en el lenguaje. Sigue defendiendo el lenguaje sexista, y las mujeres no somos una novedad; existimos desde el comienzo del mundo.

El lenguaje, como tantas otras cosas, no es neutral. En Andalucía, en el proceso de reforma del Estatuto de Autonomía, se pidió un informe a la RAE sobre el uso del masculino y del femenino en el texto estatutario. Y el informe desaconseja, por erróneo, que el Estatuto incorpore «el lenguaje de género», diciendo que expresiones como diputado o diputada desvela desconocimiento. «El empeño en realizar sistemáticamente estos desdoblamientos tiene su origen», se afirma en el informe, «en unos casos, en el desconocimiento de lo que gramaticalmente se define como uso genérico del masculino gramatical y, en otros, en la voluntad declarada por parte de determinados colectivos sociales y políticos de suprimir este rasgo inherente al sistema de la lengua como si fuese una consecuencia más de la dominación histórica del varón sobre la mujer en las sociedades patriarcales. El uso genérico del masculino gramatical se basa en su condición de término no marcado en la oposición binaria masculino / femenino».

Y en ésas estamos: si la inclusión de un término depende de su persistencia en el uso social, tendremos que reiterar que el masculino no nos engloba a las mujeres; que todos, por ejemplo, son ellos y no lo somos nosotras; que de la misma manera que parece normal que se diga maestros y maestras, porque de éstas hay muchas, y que parezca razonable la palabra asistenta, como femenino de asistente, porque también es un trabajo que pasaron a desempeñar muchas mujeres, tiene que ser usual decir canciller o cancillera, juez o jueza, matrón o matrona y tantas otras cosas más, y que además esta hermosa lengua, que tantos millones de personas, hombres y mujeres, empleamos, es tan rica que tiene genéricos, que realmente sí nos pueden incluir a unos y a otras.

Además, las reglas de la RAE, con todo el respeto para cuantos la integran y la han integrado, las han hecho sólo hombres, y por lo tanto no nos sirven a las mujeres, porque no hemos participado en su formulación. La historia sólo la han escrito ellos y, por eso, es una historia incompleta; el poder ha sido masculino y hemos peleado, y peleamos, por cambiarlo. A las mujeres hace tan sólo 75 años no se nos reconocía ni siquiera la condición de ciudadanas, y conquistar el derecho de voto costó mucho tiempo y esfuerzo a muchas mujeres en todo el mundo. Cuando todos los varones pudieron votar se afirmó que se había conseguido el sufragio universal, sin añadir que esa «universalidad» era sólo para la mitad de la población, mientras la otra quedaba privada de su ejercicio… y así suma y sigue.

Los propios académicos han dado la regla válida: persistamos en el uso de las palabras, hagamos del lenguaje no sexista otra reivindicación más. A las mujeres nos ha costado todo mucho trabajo y no hemos tenido más remedio que esforzarnos siempre en cambiar este dominio masculino que lo ha abarcado todo; hemos conseguido mucho y pretendemos alcanzar aún más. También las palabras, la lengua, queremos que nos definan como lo que somos, personas diferentes a los hombres que usamos un lenguaje que queremos que también, realmente, nos englobe, nos una y que no nos excluya.

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