Noticias del español

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| Inés Gallastegui
ideal.es, España
Jueves, 15 de enero del 2009

LA POLÉMICA ‘EHTÁ SERVÍA’

La valoración de los diferentes acentos de una lengua está asociada a estereotipos culturales, sociales y económicos, y varía con el tiempo.


Todos valoramos la forma de hablar de los otros, sobre todo si es distinta a la nuestra.

La diputada del Partido Popular de Cataluña Montserrat Nebrera ha abierto la caja de los truenos. O quizá habría que decir, más bien, 'la caha de loh trueno'. La ahora expedientada política asegura que tiene «un 50 % de sangre andaluza», pero sus burlas sobre el acento de la ministra malagueña Magdalena Álvarez han desatado una oleada de indignación en esta comunidad, incluso en su propio partido. Lo cierto es que todos tendemos a valorar la forma de hablar de los demás, especialmente si no lo hacen como nosotros: la pronunciación de una persona suele desvelar su procedencia geográfica, pero también puede dar pistas de su nivel educativo y su posición social. Por supuesto, en este terreno pesan muchísimo los prejuicios. ¿Hay una forma 'buena' y otra 'mala' de pronunciar el español? ¿Y quién lo dice: un señor de Valladolid o uno de Jaén?

El catedrático de la Universidad de Sevilla Rafael Cano Aguilar recuerda que «la noción de 'lo correcto' cambia con el tiempo» y que «todas las variedades de una lengua tienen una valoración». «No hace tanto tiempo, se pensaba que el habla en Hispanoamérica tenía errores y confusiones, y hoy la Academia tiene un punto de vista totalmente distinto, panhispánico y pluricéntrico», recuerda el historiador de la lengua.

El profesor de Lengua Española en la Universidad de Granada Francisco Torres Montes pone un ejemplo: «Hasta 1956, la Academia consideraba que el seseo era un vulgarismo, a pesar de que más del 90 % de los hablantes —todos los latinoamericanos, todos los canarios y una parte considerable de los andaluces— son seseantes». Antes, el «modelo» de pronunciación del castellano era el que se hablaba en Castilla la Vieja. El idioma nació en Burgos y, durante siglos, el 'epicentro' de la corrección lingüística no se alejó: las normas las dictaba Valladolid, Madrid, León, Salamanca o Toledo. Pero en los cincuenta las cosas empezaron a cambiar. «El modelo del español culto ya no está en ningún sitio; está en los hablantes que tienen la mejor competencia lingüística: sean peruanos, guatemaltecos o españoles».

En una lengua «muy fonética» como el español, en la que la pronunciación se acerca mucho a la representación ortográfica —a diferencia de lo que ocurre en el francés o el inglés—, hay «dos grandes modelos». El español del norte, cuna histórica del idioma, tradicionalmente cargado de prestigio, pierde terreno; el español 'atlántico', que engloba la mayor parte de Hispanoamérica, Canarias y Andalucía, suma cada día más hablantes.

Y es que, en materia lingüística, no hay una autoridad que dicta lo que está bien y lo que está mal. La Academia «limpia, fija y da esplendor», pero quien tiene la última palabra son los hablantes y, entre ellos, los mejores hablantes. «Cualquier fenómeno nuevo aparece como un vulgarismo, pero si se expande y tiene éxito, se convierte en norma», recuerda el profesor de la UGR.

El catedrático de Sevilla, que prepara junto a otros colegas un trabajo sobre identidad lingüística para el Centro de Estudios Andaluces, resalta que «la capacidad de construir un discurso bien elaborado y coherente, racional, de no dejar las frases sueltas, de emplear el vocabulario sabiendo qué se dice… todo eso no tiene región».

Estereotipos

¿Y de qué depende que un habla tenga connotaciones positivas o negativas? Básicamente, señala Cano, «de la visión que se tenga de la región», y ésta, entre otras cosas, radica en «su peso político, económico, social, cultural…». «Cuando Andalucía tenía una fuerza económica notable por su relación con América, en los siglos XVI y XVII, no se decían las cosas que se empezaron a decir en el siglo XIX, cuando la región entra en decadencia económica y queda asociada a los caciques, los latifundistas, los espadones, los flamencos…», resalta el catedrático sevillano. «El andaluz ha tenido estereotipos positivos y negativos, porque a veces se ha visto como simpático y gracioso y otras, como mal hablado», añade.

Chachas andaluzas

Francisco Torres sitúa más recientemente el origen de la «mala reputación» del dialecto andaluz y del «complejo de inferioridad» de los andaluces sobre su forma de hablar. «Hasta hace poco, Andalucía ha sido una región pobre y con un porcentaje de analfabetismo muy alto». Así, la competencia lingüística de los miles de emigrantes que se marcharon a Cataluña, Madrid o el País Vasco a lo largo del siglo pasado «era bajísima» y su modo de comunicarse, «rudimentario». No es extraño que en las series de televisión, donde los tópicos campan a sus anchas, «las chachas fueran andaluzas». Pero también se da el caso contrario. «Hay andaluces que nunca han dejado de ejercer como tales y han sido grandes oradores, desde Castelar y Cánovas del Castillo hasta Alfonso Guerra o Felipe González —recuerda Torres—. Cuando Lorca hablaba en la Residencia de Estudiantes, lo hacía en su granadino, y tan orgulloso».

Los dos especialistas resaltan que el registro lingüístico tiene mucha influencia en el acento. «Hay cosas que están bien hablando con un amigo en un bar, pero no en un medio de comunicación», apunta Cano. «En una conferencia académica desaparecen las pronunciaciones muy locales y se usa un español más neutro», agrega Torres.

Muchos andaluces

El profesor de la UGR resalta que el origen del andaluz es el castellano, a pesar de los «disparates» que se dijeron en la Transición, cuando las autonomías con lengua propia obtuvieron más poder: «Se llegó a decir que el andaluz tenía un origen distinto del español, que era un tronco aparte del latín y provenía del mozárabe». La realidad es que nace del castellano que se implanta en el siglo XIII y sus diferentes variedades se deben a que los repobladores no fueron sólo castellanos, sino también leoneses, extremeños, catalanes o portugueses.

También se polemizó sobre las similitudes entre el español del sur peninsular y el americano. La conclusión fue que los latinos heredaron el andaluz de los emigrantes, mucho más numerosos que los de otras regiones del país.

Por último, los expertos coinciden en que no hay un acento andaluz, sino muchos. Torres, que precisamente imparte una asignatura troncal llamada 'Las hablas andaluzas', recuerda que en 1988 asistió a un congreso en el que lingüistas, periodistas de la RTVA y autoridades apostaban por imponer un único andaluz normativo, que no era otro que el sevillano, pese a las diferencias abismales que existen en el habla entre diferentes comarcas. A muchos andaluces occidentales, advierte, les espantan las «aperturas vocálicas» de los orientales; y a estos les horroriza el típico soniquete hispalense.

Polémica exagerada

Rafael Cano, que se reconoce «divertido» por la polémica entre Nebrera y Álvarez, señala que lo que ha dicho la diputada del PP es «una tontería», pero «una tontería que no se ha inventado ella: viene de antiguo». Ambos profesores coinciden, no obstante, en que la controversia es «exagerada». «La manera de reivindicar una forma de hablar es hablar y escribir un discurso, producir cultura y ciencia, de manera que la gente de fuera olvide que pueden enunciarse de forma un poco distinta —insiste Cano—. Cuando uno oye hablar a Carlos Fuentes o a García Márquez, no se acuerda de que es mexicano o es colombiano».

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