Noticias del español

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| Jesús Ruiz Mantilla
El País, España
Jueves, 19 de noviembre del 2009

LA PELEA DE MILLÁS CON LAS PALABRAS

El escritor desgrana sus traumas lingüísticos en la Biblioteca Nacional (Madrid, España).


Uno dice Millás y ve un tipo friolero, embotado en un abrigo de cuero negro encima de una americana gris, con gafas metálicas, cubierto también de parsimonia y retranca que probablemente se pregunte a menudo: «¿Por qué si soy un hombre hecho y derecho no me llamo Millós?». La relación de un escritor con las palabras no es sana. Es, por definición, conflictiva, cuando no traumática o directamente de diván, como es el caso de Millás. Así lo percibió el público —más de 200 personas— que abarrotaba y se desternillaba ayer en el salón de actos de la Biblioteca Nacional, donde el autor de El mundo dio rienda suelta a su terror y su perplejidad ante el lenguaje, dentro de un ciclo dedicado a los Premios Nacionales.

El amigo Millás sale a escena como en un monólogo y dicta una lección de comedia a lo Woody Allen, con gotas de Groucho Marx y aires de diccionario secreto en plan José Luis Coll o de greguería de Ramón Gómez de la Serna. De hecho, está trabajando con Juan Diego en una adaptación teatral de lo que leyó ayer. Con complejo de Edipo y sexo incluidos. «Las palabras nos hacen y nos deshacen. Tienen un significado dentro de ti y otro fuera», afirmaba Millás. «Los diccionarios se refieren al término "vagina" como un conducto de paredes membranosas que en las hembras de los mamíferos se extiende desde la vulva hasta el útero. Pero si la vagina no fuese más que eso: qué interés, por Dios, íbamos a tener los hombres en meternos en ellas y con la desesperación que lo hacemos, como si nos fuera la vida en ello».

Su desconcierto viene de lejos. La suya fue una infancia complicada, que aterraba a su madre por las rarezas del angelito. Ya lo ha narrado en esa joya autobiográfica que es El mundo. Ayer se extendió. «De pequeño no comprendía por qué mis hermanas, siendo chicas, comían garbanzos y no garbanzas y por qué a los chicos nos daban remolacha en lugar de remolacho. De hecho había colegios de chicos y de chicas pero los de ellas no se llamaban colegias». Así comenzó el conflicto. También el pavor de su madre al conocer sus curiosidades y su preocupación: «No le digas nada a nadie que ya lo arreglo yo», le contestó.

Según fue creciendo comprobó que todo seguía patas arriba en ese aspecto. Que el hecho de que existieran personas sin personalidad podría implicar que también se dieran casos de mesas sin mesalidad o sartenes sin sartenidad. Lo primero es la definición de amorfo que le dio su padre: «Una persona sin personalidad». Cuando el chaval le planteó su duda con otros objetos, el hombre le contestó: «¿Tú eres idiota o qué?».

Con todo, y a la vista de que no encuentra respuestas en los diccionarios, ni en la lógica implantada por las cosas, Millás ha comenzado a definir el suyo propio. Va por la «a». De Avemaría, por ejemplo: «Una oración con la que nos castigaban por masturbarnos sin advertir que al darle ese uso punitivo (maravillosa expresión) la contaminaban de nuestra impureza. Muchos de mi generación no pueden hoy masturbarse sin rezar ni rezar sin masturbarse».

Las palabras encierran muchísimos peligros, según Millás. «Una vez mi hijo me preguntó qué quería decir "efímero"», relató ayer el escritor. «¿De dónde has sacado esa palabra?», le preguntó en tono un tanto amenazante su padre. «No me lo quería decir. Le presioné. "De un libro", dijo al fin. "¿Qué clase de libro?", insistí. No me gustaba que fuera recogiendo palabras por ahí, de cualquier sitio. Las palabras están llenas de infecciones. Una vez contagiado, caen sobre ti las enfermedades oportunistas (las frases oportunistas, cabe decir) y estás perdido. "¿La vida es efímera?", preguntó entonces y comprendí que había sacado la palabra de donde no debía».

Las palabras definen un mundo que no puede ser consensuado. Cuando un escritor sabe esto, comprende el conflicto que llevan preñado en su seno, está condenado a desentrañar el misterio. Millás lo supo pronto. Como también comprendió que los vocablos no sólo contienen definiciones: «Que tienen sabor, textura, volumen, que las hay imposibles de tragar, como el aceite de ricino y las que entran sin sentir, como un licor dulce. Las que curaban y las que hacían daño, las que dormían y las que despertaban. Las que proporcionaban inquietud y paz. Había palabras, incluso, que mataban».

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