Noticias del español

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| Olga de León
El Porvenir, México
Domingo, 16 de julio del 2006

LA PALABRA: SU ARTE Y SU CIENCIA

Expresarse con la palabra exacta para cada caso y cada cosa, no es un asunto del azar o del hado de la inspiración.


El manejo estándar, o académico y profesional, o poético y literario, o técnico y científico o incluso coloquial y cotidiano de la prosa escrita, descansa en el manejo de cierta técnica y el desarrollo de un arte.

Expresarse con la palabra exacta para cada caso y cada cosa, no es un asunto del azar o del hado de la inspiración, aunque no se niega su participación en ello.

¿A qué se deberá que existan mayores deficiencias en el manejo de la lengua en un país que en otro? ¿Qué es lo que favorece y qué lo que impide que un pueblo defienda y cuide el uso de su habla oral y escrita? Incide en este problema, el grado cultural y académico que representa la media de la población en México.

Un país en el que no se lee, y si se practica la lectura en determinados sectores, generalmente queda reducida en número de libros a unos pocos al año: uno, dos, tal vez, ¿tres? Por un lado, están los de lectura académica obligada, los libros de texto, que desearíamos poder afirmar sin temor a equivocarnos, que todos los alumnos los leen «de principio a fin».

Afortunadamente, existen algunos buenos y mejores periódicos y revistas especializadas, que lamentablemente no leen las mayorías, aunque son medios de divulgación masiva.

También debemos incluir —en renglón aparte— los libros que representan algún testimonio, historia o biografía, porque son los que se venden con mayor facilidad, dentro de los libros de calidad o medianamente aceptables.

Por último, existen —a pesar de nuestros peores deseos para ellos— los pasquines y revistas de poca calidad, que lejos de instruir o elevar el nivel cultural y mejorar el manejo de la prosa, empeoran al primero y destrozan de la segunda lo poco o mucho que sobre ello hubiesen logrado los maestros con esos asiduos o eventuales lectores.

Y no hablaremos ahora, no es el momento, de la TV. La relevancia que el sistema gubernamental dispense al renglón de la educación, no en la letra vana o en el discurso institucional, sino en la práctica cotidiana, es fundamental para que el desarrollo cognitivo y cultural de los niños se forje en la disciplina siempre enriquecedora de la lectura y la escritura como un hábito que los llevará a transformar su propia conciencia y con ello se conviertan a sí mismos en instrumentos de siembra y cosecha de ciudadanos cada vez más y mejor preparados.

La voluntad no sólo económica, sino moral que las autoridades educativas competentes ejerzan para el cumplimiento de sus funciones, será el motor que les permitirá extender los recursos invertidos más allá de lo que en del desempeño mínimo de su papel de dirección y conducción en la escolaridad básica y media les corresponde.

Es necesario que conviertan su labor en pasión y entusiasmo práctico y efectivo, que hagan de su trabajo un renovado paradigma de apoyo al idioma español tanto como a las lenguas indígenas: la lengua que hablamos es el vínculo que nos identifica y comunica como nación.

De ser necesario, —¡y sí lo es!— la Secretaría de Educación debería ejercer una vigilancia estricta en el cumplimiento de la enseñanza de la lengua materna y, en su caso, la censura sobre las instituciones educativas que no se apeguen a las normas requeridas para la enseñanza de nuestro idioma, por encima de cualquier otro, que aunque siempre será muy valioso no sólo como valor agregado sino ahora convertido en herramienta indispensable en este mundo global que nos ha arrastrado en su vertiginosa carrera, también siempre será segunda o tercera lengua, no la primera y materna.

Es de conocimiento común que en Francia se defiende a tal grado el uso del idioma propio, que si nos encontramos en tierra gala, difícilmente logramos alguna respuesta cuando nos dirigimos en inglés a alguno de sus habitantes.

Las razones que explican esa actitud pueden ser varias —incluyendo la xenofobia y las diferencias históricas con sus vecinos, los ingleses—; aunque una es la fundamental: ellos sí tienen en gran estima su identidad, tienen cultura y defienden tanto su territorio como el de su lengua.

En total acuerdo y empatía con Alex Grijelmo, según expresa en el capítulo XVI, titulado «Apología del idioma español» (de su Defensa apasionada del idioma español, Ed. Taurus, 2001), hago un paréntesis parafraseando sus ideas para contrastar que a diferencia de lo que sucede con nuestro idioma, el español, los franceses tienen la certeza de que ninguna lengua los define e identifica como la suya… y como afirma Grijelmo, nunca otra lengua les permitirá comunicarse mejor, como la propia.

Indiscutiblemente esto es así. Además, los franceses pertenecen al reducido grupo de países cultos del mundo, y no necesitan reconocer para sí mismos —porque lo saben de cierto— que: «No hay una lengua por encima de otra.

Ningún pueblo, ningún ser humano, puede considerarse superior a otro por haber heredado un acento, unas palabras, la riqueza de una historia literaria.

Nadie ha de sentirse acomplejado ante una cultura ajena, ni caer por ello en el error de imitarla, porque ninguna como la suya propia le servirá para expresarse».

(Grijelmo, 2001) Pero, nosotros sí, los mexicanos tenemos el deber cívico, moral, étnico y cultural de insistir en la revaloración de nuestras riquezas que ya bastante tiempo hemos dejado de lado, en busca de una improvisada integración al mundo global.

Comencemos con el cuidado y uso propio del idioma. Hagamos de nuestra habla un emblema de identidad.

Se requiere tanto de un alto grado de cultura y aprecio por lo propio y por sí mismo (autoestima), como de un buen nivel académico y cognitivo, más que de bienes materiales para desarrollar el buen uso y cuidado de la lengua propia.

Es indispensable que mostremos respeto y aprecio por nuestros orígenes; orgullo de pertenecer a una cultura con raíces mucho más atrás de la Edad media o de finales del s. XV; con un desarrollo mestizo maravilloso que nos permite identificarnos como mexicanos.

Amar lo propio más que lo ajeno, sin que ello signifique que debemos despreciar ni desconocer lo de otros sólo por ser extraño, como tampoco adorarlo o deslumbrarnos por lo mismo: sólo porque es extranjero.

Cada uno es representante de sí mismo y de su grupo. Por el uso que hagamos de nuestro idioma a través del habla oral o escrita, seremos voceros de lo mejor o lo peor de nuestra identidad nacional y de nuestra particular cultura: personal, regional e incluso del bagaje que podamos ostentar por aprendizaje adquirido o por residencia, del ámbito internacional.

No olvidemos que quien está dispuesto a perder su lengua está dispuesto a perderlo todo —identidad, familia, habitación, tierra y patria— unámonos a la pasión de Grijelmo y hagamos una defensa apasionada de nuestra lengua.

México lo merece, usted lo necesita; todos unidos fortaleceremos nuestra idiosincrasia y con suerte forjaremos esa identidad, ese nuestro ser mexicano, dentro de una misma línea o nivel de ideología que tenga por horizonte la razón y el argumento; y por patria las ideas, la ciencia, los valores.

Creamos una nueva ideología única, la que defiende lo nuestro, reconoce lo valioso de lo extranjero, influye en el otro a través del ejemplo, con respeto, sin imponerse; porque tampoco dejará que le impongan lo que atente contra su identidad, la nuestra.

El mundo es global, cierto, pero la apertura no es igual en ambas direcciones. Cuidemos dejar pasar, dejar entrar al universo del idioma lo que nos hace falta y hagámoslo bajo nuestras condiciones de nación libre, independiente y empeñada en preservar la cultura y desarrollar el conocimiento.

Patria no es la casa que se puede construir con parches y desperdicios de otras culturas, aunque tengan cimientos; menos si de donde proviene la influencia más importante carece de la autoridad étnica y moral que otorgan las raíces.

«La tierra será lo que son sus hombres», dice un proverbio náhuatl; y la patria es la tierra que fructifica con el esfuerzo de sus hombres que preservan lo valioso, se enorgullecen de su origen y crean con el pensamiento puesto en la visión del futuro, pero no desperdician la experiencia ni la riqueza del pasado.

La palabra puede ser ambivalente, por ello tengamos mesura y no nos dejemos engañar con la modernidad del pensamiento cuando se vuelve fatuo y otorga valor a casi todo lo que se populariza o divulga, como esa otra idea que empieza a volverse común gracias a la mercadotecnia y al mundo de la aceleración cibernética y virtual, que se pronuncia a favor de que «lo único real es el presente». Eso también puede ser un espejismo o en el más elegante de los casos una falacia que nos ha vendido la cultura del «instante oportuno».

Saber leer y saber escribir, aprendiendo a pensar y revalorar nuestra historia, nuestro trayecto presente y nuestra visión del futuro, representa la credencial que nos permitirá cruzar el horizonte que nos separa de quienes se confunden respecto de cómo se dice y cómo se escribe: ¿ideología o idiología; idiosincrasia o idiosincracia? Desarrollar las habilidades lectoras y de escritura favorecerá el crecimiento de la persona en su ámbito profesional y como miembro de una comunidad que habla español.

Aspiremos al lugar que en otro tiempo ocupamos como el país que habla el español más claro y con propiedad; pero ahora tendremos que hacerlo dentro del universo global y virtual que es el mundo —real o ficticio— en el que estamos inmersos querámoslo o no bajo una competencia que se vuelve cada vez más feroz y sobre todo: devastadora de identidades.

No perdamos nuestra apasionada pertenencia a una lengua que sutilmente extiende sus dominios en una parte considerable del mundo: Leamos mucho, escribamos más y no nos vayamos muriendo sino bajo la luz de la luna de algún gran sueño qué perseguir con la palabra o con la idea vestida de gala: lana, seda o percal.

(Paráfrasis de una expresión del espléndido pintor oaxaqueño Rodolfo Morales en «A la luz de su luna», entrevista realizada por García Márquez y publicada en un Suplemento de La Jornada, hace más de 7 u 8 años, si mi memoria no me es infiel).

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