Noticias del español

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| Esteben Giménez, asesor lingüístico y docente
laopinon-rafaela.com.ar, Argentina
Miércoles, 29 de octubre del 2008

LA PALABRA: EL INVITADO

Y por casa... ¿cómo hablamos?


«Es sabido por todos que el idioma crece y evoluciona día tras día. Pues bien, nadie pretende impedir ese crecimiento haciendo cumplir estrictas normas lingüísticas que en muchos casos han perdido vigencia; pero de ahí a propiciar que nos expresemos desconociendo las reglas elementales que rigen el idioma español, hay un largo trecho».

Este es uno de los párrafos que escribí en el Prólogo de Y por casa… ¿cómo hablamos?, en la primera edición aparecida a fines de 1996. Pasaron doce años y el tiempo justificó aquel concepto.

Gracias a ustedes, aquella primera edición se agotó, igual que la segunda, la tercera y la cuarta… y hoy, luego de tantos años, a instancias de algunos amigos y con el invalorable estímulo de don Pedro Barcia, presidente de la Academia Argentina de Letras, he decidido volver al ruedo con esta obra remozada, cuya publicación debo agradecer a Gram Editora, que pone a mi disposición su gente, sus ganas y todo su apoyo técnico para que Y por casa… ¿cómo hablamos? Siglo XXI, vea la luz y ocupe en su biblioteca un lugar de preferencia entre los libros cuyo único objetivo es colaborar en el mejoramiento de su expresión.

En esta edición, se han actualizado aquellos términos que sufrieron algún cambio, se han eliminado los que no ameritaban su inclusión y se han agregado otros que antes no aparecían.

Desde la fecha de aparición de la primera edición del libro, nuestro idioma siguió creciendo y evolucionando al ritmo del crecimiento y la evolución de un mundo cada vez más atado a la tecnología y a la informática. Lamentablemente, en gran parte de los medios de comunicación de nuestro país (por suerte, no en todos) se fue perdiendo ese esmero por el cumplimiento de las normas de sintaxis, ortografía y prosodia tan comunes en otros tiempos y que tan brillantes periodistas y comunicadores supieron aplicar. Y se cayó en un profundo pozo de ignorancia donde la vulgaridad, el mal gusto y el desprecio por las normas fueron moneda corriente, escudados por lo general, en una pretendida influencia de la llamada «globalización».

Muchas veces, bajo la excusa de frases como «vos me entendés igual», «la gente habla así, mal», «es lo mismo» y otras de ese estilo, se ha pretendido erradicar del vocabulario general de los argentinos aquellos términos y expresiones que respetaban mínimamente la corrección idiomática, so pretexto de lograr una mejor comprensión entre los hablantes del español, aun cuando se tratara de la variante argentina. Y eso nos llevó al nivel de degradación del lenguaje que hoy padecemos docentes, padres, alumnos, periodistas, público en general…

En el tiempo transcurrido entre la primera aparición de esta obra (1996) y hoy, nuestro idioma ha sufrido notables transformaciones y lo que hace algunas décadas demoraba varios años en divulgarse (recuérdese el lapso que transcurría entre una y otra edición del Diccionario de la RAE hasta los años 80), hoy nos llega por Internet en cuestión de segundos. Así de rápido nos enteramos de los cambios en el idioma. Y así de rápido los incorporamos al léxico general. Y con la misma rapidez, algunos desaparecen y son reemplazados por otros y así sucesivamente.

De todas formas, la intención de este autor no es exigir que cada hablante del castellano sea un erudito de la lengua o un exquisito del decir, simplemente se trata de que cada persona sepa expresarse con claridad, certeza y buen gusto, nada más. Y nada menos.

Palabras de don Pedro Luis Barcia

¿Y por casa…cómo hablamos? Un porteño cincuentón le respondería al título: Maso. Es el acortamiento de más o menos, expresión de acusada indefinición, que va acompañada por el gesto de la mano horizontalmente adelantada, con la palma hacia abajo, y haciéndola oscilar a un lado y al otro. Eso es lo que podría llamarse masomenismo argentino. Idiomáticamente, los nacionales andamos así. En la empresa de hablar es suficiente cumplir con las tres c claves: corrección, claridad y concisión. No se pide más. Ni exquisiteces sintácticas, ni excentricidad léxica, ni fraseos clásicos. Nada de esto. Y es bueno que haya guardianes de la ciudadela del idioma que se mantengan alertas y vigilantes, para asistir a sus compatriotas. En este surco labora hace años el profesor Esteban Giménez, autor de varios libros que giran en torno a la misma preocupación: ¿Y por casa…cómo escribimos? (1997), Del dicho al hecho (1998) y Cómo se destroza el idioma en los medios de comunicación y en la vida cotidiana (1999).

Sus libros recogen una selección del caudaloso conjunto de notas periodísticas y exposiciones radiales que ha ido desgranando en el tiempo, con una voluntad de asistencia a quienes deben manejar correctamente nuestra lengua. Por una parte, a los profesionales que trabajan en los medios: noticieros, columnistas, periodistas, relatores deportivos, comentaristas políticos. Por otra, a todo hablante común, que se preocupe por su propio discurso.

Giménez tiene dos virtudes (sin duda tiene otras que desconozco): trabaja sobre realidades lingüísticas, es decir las cuestiones que aborda y en las que opina y orienta están tomadas del habla cotidiana argentina, no son producto de elucubraciones idiomáticas o inventadas o amañadas, como aquel burro que suponía una piedra para tropezar en ella, y justificar su empeño de explicar la situación. De lo dicho se esclarece la utilidad de sus libros: acuden a salvar dificultades reales o a esclarecer dudas diarias. La segunda virtud es su bienhumorada actitud. En ningún momento hace suya aquello de «la letra con sangre entra», propia del maestro de Siruela, o de Tapalqué o Larroque, que en todas partes salta la especie. Por el contrario, su lema ha sido el de la comedia latina: Castigat ridendo mores, «Corrige, riendo, las costumbres». En estas dos bases radica su éxito de aceptación en los lectores argentinos: realismo y humor. Buenas alas para el vuelo feliz.

La presente obra, como las anteriores del autor, son instrumentos útiles para la mejora de la lengua en los medios escritos y orales. Ordena su contenido vario en tres secciones: una primera, en que esquicia una breve historia del idioma, señala los elementos integrantes del español y adelanta una suerte de taxonomía de errores; la segunda parte está ordenada alfabéticamente, para facilitar la compulsa de su contenido, que es una gruesa gavilla de errores, desvíos e incorrecciones puntuales y bien definidos que cometemos los argentinos, especialmente en el campo de la oralidad, que van desde verbos impresentables (accesar, audicionar), frases recurrentes (de cara a…, decir que…, hoy por hoy), el uso vacío de Y nada… o ¿vos decís?, y así parecidamente, un largo etcétera. La tercera parte aborda cuestiones de dequeísmo o queísmo, extranjerismos, expresiones en otras lenguas, gentilicios y silva de varia lección. Usted, con curiosidad sana y medicinal, puede entrar por cualquiera de estas tres puertas que el libro le propone. No es obra para leerse de una sentada, sino para espigar en ella.

Toda la materia que explicita Giménez está tomada del fluir del habla de los argentinos. El autor se atiene a lo que se verifica cada día, en todas partes. Diría, con Neruda: «Dios me libre de inventar cosas cuando estoy cantando». Y canta muy bien, al menos, las cuarenta.

Su versión del consejo ético: «Se dice el pecado, no el locutor», es expresión de una sana caridad correctiva, que es la pauta de su docencia.

Días pasados una buena comunicadora me apuntaba: «He comprado, por su indicación, y manejo de continuo el Diccionario pánico de dudas». Y cuando le señalé el furcio, se rió a carcajadas. Lo de I>pánico por panhispánico fue un buen trueque involuntario, que abre, por lo menos dos interpretaciones. Lo cierto es que la duda no debe paralizar, como el miedo general asociado al dios griego. La duda debe movilizarlo al hombre, moverlo hacia obras como la que usted tiene en sus manos, para que, con sus explicaciones se le despejen sus incertidumbres y se haga uno cada día más señor de sí mismo, por serlo de la lengua que habla correcta, clara y concisamente.

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