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| La Opinión Rafaela (Rafaela, Santa Fe, Argentina)
Martes, 21 de agosto del 2007

LA PALABRA: DIME CÓMO HABLAS…

En busca de... Esteban Giménez, protagonista


Es un especialista en el buen decir. Su imagen se conoció a partir de sus aportes profesionales sobre nuestro idioma en diversos programas de la televisión argentina. Didáctico y ameno en su forma de manifestarse, accedió de buen grado a conversar con La Palabra.


LP – ¿La culpa de todo la tiene la TV?

E.G. – Ni tanto, ni tan poco… la TV hace lo que puede, que no es mucho, pero no sólo ella es responsable de una sociedad que adolece de tantos defectos… lo que pasa es que… como todo repercute más cuando se refleja en su pantalla, pues… parece que fuera la gran protagonista.

LP – ¿Qué análisis puede hacer de la realidad argentina en lo comunicacional?

E.G. – Los medios en un país son el fiel reflejo de su sociedad. Es decir, una sociedad sin orden, sin respeto por las normas, sin reconocimiento por las trayectorias… pues tendrá una televisión fiel a esas consignas. Y nuestra tele es una muestra. Las radios y los medios gráficos son otra cosa, aun cuando también suelen marcar tendencias políticas, por lo menos tratan de guardar las formas.

LP – ¿Podemos decir que el diálogo «fue»?

E.G. – Tal como lo conocemos los de nuestra generación, sí. Como dicen lo jóvenes «fue» (queriendo decir «ya pasó de moda»). Pero, ojo que nadie pretende que sigamos hablando como se hacía antiguamente… porque… yo no soy enemigo acérrimo de los neologismos que, en muchos casos han hecho un aporte a nuestro lenguaje, sí lo soy de las expresiones traídas de los pelos… para reemplazar términos que ya tiene el español o simplemente porque están de moda… Por otra parte, los argentinos siempre nos vamos a los extremos!! Fijate lo que pasa con los mensajes de texto y el chat: los chicos creen que para que los entiendan hay que hablar (o escribir) mal, poco y rápido. Entonces, trasladan ese estilo al uso del lenguaje en general. Y no es así…

LP – ¿Y que el «bardeo» está a la orden del día?

E.G. – ¡Sin duda!, claro que depende del medio y del programa… lo que pasa es que los más vistos son aquellos en donde el «bardo» tiene supremacía absoluta. El uso de las llamadas malas palabras (para mí, son palabras con cierta carga social), es un ejemplo: prestá atención y la próxima vez que escuches una palabrota, analizá qué pasaría si ese término fuese reemplazado por otro no tan grosero, aunque sí vulgar y comprobarás lo superfluo de su uso.

LP – ¿Es necesario que los medios se nutran de «guarros» para sus equipos de caras (o voces) visibles (o audibles)?

E.G. – Indefectiblemente. Cuanto más vulgar, grosero y superficial (si es rubio/a y de ojos claros, mejor), mayor nivel de audiencia logrará. Hay excepciones, lógicamente, pero… la mayoría responde a las exigencias del mercado.

LP – ¿Hacia dónde vamos?

E.G. – ¿En ese sentido? Hacia abajo… no veo en lo inmediato una solución. Fijate que nos llenamos la boca hablando de la gran cantidad de gente que va todos los años a la Feria del Libro. ¡Genial! Compran libros… y el resto del año… y el resto de la sociedad… y los medios… ¿presentan un proyecto acorde con esa explosión literaria? A mí la gente me recuerda por mis intervenciones en programas de TV: Badía & Cía, Minguito, La noche del domingo con Sofovich… ¡si el público supiera lo mucho que me costó lograr esos espacios!, que fueron conseguidos porque Badía, Gerardo, Fernando Marín, Juan Carlos Mesa y pocos más me dieron una oportunidad. A mí nadie me convoca porque tiene tal o cual proyecto que me involucra. No. Yo siempre tuve que ir a pedir casi como un favor, mi espacio.

LP – ¿Hay responsables de su destrucción?

E.G. – Hay quienes dan nombre y apellido: tal productor, aquel conductor… yo —en cambio— creo que es un conjunto de factores que confluyen en un resultado desastroso para el idioma. La influencia de la televisión, los medios gráficos, los juegos, la electrónica… en fin, son todos elementos que, aunque sin proponérselo directamente, van socavando los cimientos de la lengua en sus formas más básicas: la lengua cotidiana y el lenguaje coloquial.

LP – ¿Qué aportes hizo usted en este tema?

E.G. – Aparte de mis libros publicados, en realidad, mi aporte es muy modesto. Traté siempre —y aún lo hago— de colaborar con la difusión de las normas de corrección idiomática, ya sea dictando cursos, desde la pantalla, como participante o invitado a algún programa o detrás de las cámaras, asesorando a quienes tienen la misión de escribir textos en pantalla.

LP – ¿Cuál es su actividad actual?

E.G. – Bueno… actualmente soy asesor lingüístico en Canal 7 donde me ocupo de la corrección de los avisos gráficos, los textos en pantalla, el lenguaje general de los periodistas y la pronunciación de nombres de origen extranjero. Además, estoy dictando unas clases especiales en el Instituto de Periodismo Deportivo Crónica, este año he sido invitado, como expositor, a la Feria del Libro de la ciudad de Tandil y tengo previstos varios viajes al interior de la Argentina.

LP – ¿Se siente solo en esta lucha?

E.G. – A veces… me siento solo, aislado… sobre todo, cuando presento una idea a algún medio o gerente y recibo objeciones insalvables. Pero me vuelven las fuerzas cuando recibo el llamado de alguna radio o la consulta de algún oyente y pienso que tengo que seguir en lo mío que es lo que mejor sé hacer.

LP – ¿Se le ocurren ideas para volver a que todo tiempo pasado fue mejor en esto del buen decir?

E.G. – No me considero un nostálgico del idioma español… de serlo, estaría proponiendo usar términos y expresiones caídas en desuso. En realidad, me preocupa que no estemos a la altura de las circunstancias. ¿En qué sentido? Y… el español es una de las lenguas más habladas en el mundo (luego del chino y el inglés); en el buscador Google sí es la segunda en importancia… vamos camino a ser una de las pocas lenguas que permanecerán cuando otras desaparezcan… ¿y nosotros… qué…? seguimos escuchando a los chicos de Gran Hermano.

LP – ¿Cómo se desintegra un idioma?

E.G. – Olvidando las fuentes, ignorando las etimologías, descuidando las normas… hay muchas formas de desintegrarlo… pero para hacerle daño al idioma, no hace falta «desintegrarlo»: basta con descuidarlo, avasallarlo, como sucede con algunos medios y ciertos profesionales.

LP – ¿Cree que vale la pena ir a la escuela?

E.G. – ¡Por supuesto!! Nunca hay que bajar los brazos y menos pensar en dejar de asistir a clases. Y no hablo de los casos en los que los chicos van a la escuela porque es el único lugar donde van a comer algo caliente, sino porque es el único lugar donde quienes los reciben son personas que están interesadas en su formación integral.

LP – Alguna anécdota para compartir…

E.G. – Yo estaba dando un curso para todo público y, en determinado momento, una señora me preguntó por la existencia de cierta palabra en el diccionario de la Academia. Con la mayor sinceridad le respondí que más tarde me fijaría en el Diccionario… entonces ella, con la cara de asombro más impresionante que vi en la vida, me respondió: —Pero, cómo… ¿usted tiene que ir al Diccionario?

Por supuesto, le dije que soy uno de los que más lo consulta. Pobre señora, pensaba que a mí no me hacía falta acudir a él.

LP – Sería importante conocer su obra editada y lo que tenga en preparación.

E.G. – Mis libros publicados son Y por casa… ¿cómo hablamos, Y por casa… ¿cómo escribimos, Del dicho al hecho, Cómo se destroza el idioma y ¿Cómo lo pronuncio?. Salvo el último, los otros están agotados y la editorial no tiene pensado reeditarlos, aunque estoy terminando una actualización del primero que se va a llamar Y por casa… ¿cómo hablamos?-siglo XXI, que espero sacar próximamente con otra editorial, por supuesto.

LP – También podemos hablar de sueños por cumplir…

E.G. – Mmmm… mi sueño es poder vivir de lo que escribo, como en los países serios, donde el autor es tenido en cuenta por los editores… escribiría uno o dos libros por años, viajaría por el país dando charlas y cursos… eso… a lo mejor, cuando me retire (no falta mucho). Quién te dice…

LP – ¿Cómo recuperar el buen uso del idioma?

E.G. – Leyendo… leyendo todo… En una época se aconsejaba: leer a los buenos autores. Hoy, yo agrego: leer, leer todo… autores consagrados, novelas de principiantes, diarios, revistas, folletos… todo sirve para ejercitar la lectura. Y escribir… en la computadora o a mano, pero escribir todo lo que se pueda. Y si alguien tiene aspiraciones literarias, que haga leer lo escrito por un profesor de Lengua o Literatura y acepte sus consejos.

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