Noticias del español

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| Alexis Márquez Rodríguez
Últimas Noticias, Venezuela
Domingo, 3 de enero del 2010

LA PALABRA: CORRECTO / INCORRECTO (2)

Vimos en el artículo anterior que la aplicación al lenguaje de los adjetivos correcto e incorrecto plantea el problema de la ambigüedad, pues ambos vocablos son eminentemente subjetivos, y lo que es correcto o incorrecto para algunos puede no serlo para otros.


Si lo correcto se remite a la aproximación de un elemento de lenguaje a un modelo o paradigma, surge entonces la duda acerca de cuál es ese modelo o paradigma. En el caso de nuestro idioma suele pensarse que el modelo es el español de España. Pero en España el español se habla de diversas maneras, según la región o localidad de que se trate. En Castilla, Andalucía, Aragón, Asturias o las Islas Canarias… se habla el mismo idioma, pero este, en cada una de esas regiones tiene modalidades peculiares, que incluso identifican a sus hablantes como oriundos de una determinada región. A don Ángel Rosenblat le oímos, en el viejo Instituto Pedagógico, el famoso chiste del maestro andaluz que les decía a sus alumnos: «Ya saben, niños, que sordao, barcón y mardita sea tu arma se escriben con L».

Si a esto se agrega que en Hispanoamérica hay veinte naciones que hablan el español como lengua nacional, y en cada una de ellas existen también las modalidades que distinguen lingüísticamente a argentinos, venezolanos, cubanos, mexicanos, colombianos, etc., es decir, que en cada una de esas regiones se habla el español con sus peculiaridades propias, llegaremos a la conclusión de que no es posible definir lo lingüísticamente correcto por su aproximación a un modelo que de hecho no existe. De lo contrario, habría que admitir que el español que hablamos en Hispanoamérica es mayoritariamente incorrecto, pues se apartaría en buena medida del hipotético modelo o paradigma español. Pensar de esa manera, además, es un feo resabio de colonialismo trasnochado.

Por otra parte, los vocablos correcto e incorrecto poseen una vocación represiva, que es lo más inconveniente cuando se trata de una actividad educativa o simplemente persuasiva. Son nociones que han subsistido de los tiempos en que se consideraba que «la letra con sangre entra». Yo, en mis clases —cuando estaba activo en la docencia— y escritos sobre el lenguaje he procurado desterrar ambos adjetivos, y reemplazarlos por otros más adecuados, como propio e impropio.

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