Noticias del español

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| Magí Camps
La Vanguaridia, España
Lunes, 23 de agosto del 2010

LA OENEGÉ YA ES LEGAL

Una palabra con cinco años de vida ya tiene pedigrí suficiente para entrar en el diccionario.


Alfa, la primera letra del alfabeto griego, se emplea como elemento compositivo con el significado de letra. De ahí la misma palabra alfabeto y sus derivados, como alfabetización o analfabeto.

También se usa en los códigos informáticos que combinan letras y números: los alfanúmeros, que forman secuencias alfanuméricas. Y luego están los alfónimos, de los que ya hablé en julio: son los sustantivos que se forman a partir del nombre de las letras, históricamente con poca presencia en castellano pero que proliferan con las siglas.

La Academia, antes de irse de vacaciones, anunció la incorporación de otra remesa de palabras a su diccionario: homófobo, sobao, festivalero y, entre otras, un alfónimo reivindicado: oenegé.

Un par de lectores escribieron al respecto, expresando dos consideraciones muy distintas. Con palabras muy elegantes, una profesora de Barcelona me acusaba de tener información privilegiada sobre las novedades de la Academia y de emplear este espacio para marcarme un farol al pedir a la RAE la necesidad de incorporar oenegé al diccionario cuando ya sabía que lo haría en breve. He de decir que es una hipótesis plausible, pero alambicada. De haberlo sabido, hubiera publicado la noticia.

El segundo lector, de l'Hospitalet de l'Infant, aplaudió el artículo por mi «influencia en las decisiones académicas». También nada más lejos de la realidad. La incorporación de nuevas palabras se aprueba con mucha calma. La segunda parte del lema académico, fija, significa justamente que cada voz que entra en el diccionario queda fijada para la posteridad y a disposición de los hablantes.

Una palabra con una vida activa de cinco años tiene pedigrí suficiente para que entre en los debates lexicográficos. Ello significa que ha arraigado y que puede tener larga vida. Es entonces cuando la RAE pone en marcha sus mecanismos y estudia los usos de la nueva voz, sus posibles grafías y su incidencia entre los hablantes. Harta está la Academia de repetir que ella no se inventa palabras; que las palabras las crean los hablantes y que pasan al diccionario cuando su uso está prudentemente asentado. No está la institución para proponer términos nuevos, sino para fijar los que ya circulan. De ahí, precisamente, su ritmo pausado.

Ahora bien, una vez admitido el alfónimo oenegé, no se atisba ni rastro del veterano cedé, que a este paso habrá desaparecido del mercado antes de entrar en el diccionario. Quizá por ello vuelven los elepés, que esos, sí, tienen el visto bueno académico.

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