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| Amando de Miguel
Libertad Digital (Madrid, España)
Martes, 21 de agosto del 2007

LA LENGUA VIVA: PALABRAS Y SIGNIFICADOS DUDOSOS

La idea mostrenca de que los ciegos, sordos, cojos, tullidos, etc. son personas válidas como cualesquiera otras me parece un disparate.


Ignacio Frías aporta toda una lección sobre las acepciones históricas de polacos:

En el Madrid del Siglo de Oro, el teatro se representaba en los corrales de comedia. Dos eran célebres: el del Príncipe, conocido también como el de La Pacheca, que se levantaba en los terrenos que en la actualidad ocupa el Teatro Español, y el de la Cruz, hoy desaparecido. Cada uno de esos corrales tenía su respectiva hinchada: la de los chorizos, el del Príncipe; la de los polacos, el de la Cruz. Y era de ver cómo aquellos infelices artesanos, alistados bajo banderas teatrales enfrentadas, reían y palmoteaban tan contentos como si fundaran su felicidad en que Anfriso dijera bien un romance, Lisi cantara con gracejo una tonadilla o Bato hiciera desplomar el patio a carcajadas.

En segundo lugar, hablo de mamelucos y polacos, denominación con que el pueblo de Madrid conoció a las tropas napoleónicas que en 1808 invadieron la ciudad. Era denominación exacta, pues, junto a la Guardia Imperial, en el ejército francés figuraban soldados procedentes de Egipto y de Polonia.

Por último, hubo, allá por mediados del siglo XIX, un grupo humano al que en España se le dio el sobrenombre de polacos. Era nada menos que el Gobierno de la Nación. El 18 de septiembre de 1853 ocupó la Presidencia del Consejo de Ministros un curioso personaje nacido en Sevilla y llamado Luis José Sartorius, conde de San Luis, uno de los más genuinos representantes del moderantismo español del XIX. La lejana procedencia familiar polaca del presidente motivó que los miembros de su Gabinete fueran popularmente conocidos como los polacos. Con el triunfo en 1854 del levantamiento militar encabezado por O’Donnell cayó el llamado gabinete San Luis. El de las polacadas a que usted alude.

Por último, don Ignacio anota que, a finales del siglo XX, polacos pasaron a ser los partidarios del Barça. Fue, quizá, una denominación despectiva por parte de los castellanoparlantes, dado que el idioma catalán les sonaba extraño. Añado que esa misma explicación está en el origen de gringos (= griegos), los que, para los españoles, hablaban en inglés en Norteamérica.

Miguel de Reyna sigue aportando significados variopintos de la voz cojones o derivados:

  • Acojonante (= estupendo, fantástico)
  • Me descojono (= me desternillo de risa)
  • Se ha descojonado (= se ha roto)
  • Los cojones de plomo (= pánfilo, pasota)
  • De cojón de mico (= frío intenso)
  • Por cojones (= necesariamente)
  • Luis Palomino (Miami, Florida, USA) considera que «los cojones no son una parte molesta de mi anatomía. Son, eso sí, delicados». Añade don Luis la expresión «hinchar o inflar los cojones», que significa algo más que tocarlos. Añado que tocarlos, por ser delicados, con ánimos de molestar.

    Ignacio Salas rechaza la calificación de «inválidos» que se da a las personas que tienen alguna minusvalía física. Su opinión es que se trata de «personas muy válidas». Mi opinión es que el término de inválido y derivados es solo una descripción, no implica ningún tipo de rechazo, desprecio o afrenta. Simplemente un «inválido» es un individuo con alguna deficiencia física o mental que lo incapacita para desempeñar ciertas actividades. Durante el mes pasado yo he sido un inválido por haber tenido un pie fracturado, un huesecillo del pie que me hacía ir renqueando. Es absurdo replicar que yo era una persona «muy válida»; no lo era para andar largos trechos, para subir y bajar escaleras, para conducir, entre otras actividades cotidianas. Me he sentido muy aliviado cuando alguien se ha levantado del asiento en el Metro para que yo lo ocupara.

    La idea mostrenca de que los ciegos, sordos, cojos, tullidos, etc. son personas válidas como cualesquiera otras me parece un disparate. La invalidez no implica ningún demérito y sí un título de privilegio, pero no hasta el punto de considerar que los desiguales son iguales. En lugar de «inválidos», don Ignacio sostiene que deben ser considerados como «disminuidos», «discapacitados» o «minusválidos». Cualquier expresión es buena si sirve para advertir que ciertas personas necesitan diversos tipos de ayudas, de trato excepcional. Esa es la verdadera igualdad.

    José Antonio Martínez Pons dice que no le gusta lo de «estimado» que se emplea en muchos encabezamientos. Don José Antonio prefiere el castizo «muy señor mío». Le alabo el gusto. Estamos ante fórmulas de cortesía que no han de interpretarse literalmente. Obsérvese que el «mi querido amigo» es un tratamiento que se suele dispensar a las personas que no son amigas y que no son especialmente queridas. Claro que la hipocresía del lenguaje está para evitar la violencia.

    José María Navia-Osorio comenta que «los profanos solemos llamar muletas a los bastones ingleses […]. Los traumatólogos y rehabilitadores suelen llamar muletas a las que se apegan bajo los hombros (sobacos) y bastones ingleses a las que se apoyan a la altura del antebrazo o el codo, que suelen ser las más usadas». Añado que, en Albacete, los bastones ingleses son conocidos como garabatas.

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