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| Amando de Miguel
Libertad Digital, Madrid (España)
Jueves, 4 de septiembre del 2008

LA LENGUA VIVA: NÚMEROS Y MEDIDAS

Se podría recordar aquí el comentario de Miguel de Unamuno: «el hábito de jugar al ajedrez desarrolla mucho la inteligencia... para jugar al ajedrez».


Francisco García-Olmedo Domínguez recuerda el equivalente de algunas medidas tradicionales de capacidad de líquidos. Así, una cántara equivale a 16,1 litros, un azumbre es 1/8 de una cántara, un cuartillo 1/32 y una copa 1/128. Esa última viene a ser 128 cc. Por tanto, de una botella de tres cuartos de litro salen media docena de copas. Añado una equivalencia de capacidad de áridos que me resulta muy familiar: un metro cúbico de tierra equivale a 12 carretillas. Cada carretilla viene a ser doce paladas… Don Francisco complementa su aportación con un chiste a propósito de las medidas de capacidad de líquidos, lo transcribo:

    Cuentan que allegóse hasta el mostrador de una bodega de las que despachaban vino para tomar y llevar —al que fuese provisto de recipiente—, un espécimen de «armario ropero de tres cuerpos y luna central», el cual con voz estentórea ordenó:

– Déme una azumbre de blanco.

– ¿El envase? ? inquirió el bodeguero, no sin cierta sorna al reparar que había llegado suelto de manos. A lo que la criaturita le respondió:

– ¡Está usted hablando con él!Son muchos los corresponsales que me hacen llegar la palabra adecuada para indicar el paso de 150 años sobre un acontecimiento: sesquicentenario. Es muy bonita. No es una voz ajena a mi vocabulario: la he empleado algunas veces cuando cumple. Y no digamos sesquipedálico (= pie y medio, palabra con muchas letras) que unas veces puede resultar elegante y otras altisonante. Los romanos tenían esa medida tan curiosa como sesqui, equivalente a una unidad y media, para indicar desmesura. Así, sesquipedalia verba eran las palabras demasiado largas. Para mí que la extraña unidad madrileña que es "cuarto y mitad" responde a esa idea de lo sesqui.

José Antonio Martínez Pons se muestra muy escéptico a una medida tan discutible de la inteligencia humana como es el CI (cociente o coeficiente de inteligencia). Él preferiría una medida más objetiva, algo así como «la densidad de neuronas o la intensidad de sinapsis». La idea es defendible, pero en la ciencia hay que ser modestos; la navaja de Occam, vaya. Es mejor medir mal que no medir. Todas las medidas tienen un margen de error; no digamos si se basan en apreciaciones subjetivas, como suele ser el caso en las ciencias sociales.

Mi impresión es que en estos asuntos de la inteligencia humana resulta muy útil la distinción de sentido común entre «inteligente» y «listo». Para mí, la inteligencia consiste en saber relacionar las cosas con sentido y, por tanto, en aprender. En cambio, la listeza se refiere a la disposición para aprovecharse de las situaciones en beneficio propio. Cómo se mide una y otra cualidad es algo difícil de calcular, pero basta poder establecer algunos grados toscos. Al inteligente no se le escapa una, pero el listo no da puntada sin hilo. Intelligenti, pauca, es decir, «al buen entendedor pocas palabras bastan». Otra cosa es el que pondera al tipo que es «más listo que Cardona». El tal Cardona debía de ser un pájaro de cuenta. Su nombre para la pequeña historia: fray Antonio de Fortch de Cardona, de la época de Felipe IV. El Siglo de Oro también tuvo listos, no solo inteligentes en grado excelso.

Manuel Barro (Madrid) me cuenta que el test de Cociente Intelectual (y no coeficiente) lo inventó Alfred Binet. Precisa: «cualquiera que haya estudiado un poco de matemáticas o física sabrá que un coeficiente es un factor multiplicativo, y un cociente es un resultado de una división. El resultado de un CI no es un número que haya que multiplicar por nada, sino que es el resultado de una serie de divisiones. Por lo tanto es un cociente y nunca un coeficiente». Agradezco mucho la precisión de don Manuel, pero mi experiencia me dice que en las ciencias sociales se dice tanto cociente como coeficiente de inteligencia. Sospecho que, en rigor, no es ni una cosa ni la otra, sino un simple índice estadístico, bastante burdo, por cierto. El DRAE recoge coeficiente intelectual: «cifra que expresa la inteligencia relativa de una persona y que se determina dividiendo su edad mental por su edad física». [Le falta añadir «multiplicado por 100»]. El coeficiente en Física, según el DRAE, expresa «la relación entre dos magnitudes». Ciertamente en inglés se denomina IQ, Intelligence quotient. Su creador fue Lewis M. Terman, profesor de educación en la Universidad de Stanford (Palo Alto, California). Su influyente libro fue The Measurement of Intelligence (1916). Supuso una notable ampliación del test de Binet-Simon, desarrollado en Francia, aunque siguió aplicándose solo para los niños. La conclusión más curiosa de las investigaciones de Terman es que los niños más inteligentes suelen tener mejor salud física y mental que la media. Un sociólogo precisaría que los niños más inteligentes —según el test IQ— suelen provenir de la clase acomodada.

Una ulterior revisión del test de IQ es la propuesta por David Wechsler, que se aplica también a la población adulta y distingue las distintas capacidades o formas de inteligencia. Ese añadido es el fundamental. La doctrina dominante hay es que la inteligencia no es un bloque, un solo índice, sino que hay que distinguir distintas formas. Es fácil sustentar la intuición de que una persona puede ser muy inteligente para las «ciencias» y poco para las «letras» o al revés. Se podría recordar aquí el comentario de Miguel de Unamuno: «el hábito de jugar al ajedrez desarrolla mucho la inteligencia… para jugar al ajedrez». La prueba es que los grandes jugadores de ajedrez no han descollado por su inteligencia en otras instancias de la vida o de la ciencia.

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