Noticias del español

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| Amando de Miguel
libertaddigital.com, España
Jueves, 4 de diciembre del 2008

LA LENGUA VIVA: NUESTRO PATRIMONIO INEMBARGABLE

El acento es lo auténticamente heredado de un idioma, lo que marca de modo eminente la función de distinguirnos de los otros hablantes. Hay personas que tratan de borrar ese acento original, y lo consiguen


Manuel Mateos sostiene que «la denominación de castellano para el español nació hace unos 15 años promovida por algunos catalanes. Fue la primera medida para llegar al caos actual». Su idea es que el origen cuenta poco. El castellano original debe llamarse ahora español y sanseacabó. «Si vamos a los orígenes tendríamos que llamar beréber al vascuence y lengua de Oc al catalán». Creo que don Manuel exagera un poco. Lo de llamar castellano al idioma español no es cosa reciente ni tiene nada que ver con los nacionalistas. El famoso diccionario de Sebastián de Covarrubias se titula Tesoro de la lengua castellana o española (1611). Puestos a hacer justicia con el territorio donde se habla una lengua, el español tendría que llamarse hoy americano. Aun así, en América y en todo el mundo el castellano aparece como español sin más. Pero en España precisamente, al haber otras lenguas, puede ser útil referirse al idioma común como el castellano. Mi impresión es que a los españoles nos gusta mucho la polémica nominalista. Así que no resolveremos nunca esa cuestión de la etiqueta de nuestra lengua común.

Hug Banyeres me recuerda que el idioma catalán lo era ya propiamente en el siglo XI. En el siglo XII, con Ramon Llull, es ya una lengua culta, filosófica y teológica. Concluye: «El caso es que el catalán ya era español un poquito antes que el castellano». En efecto, así es. Como también resulta cierto que el gallego, el portugués y el vasco eran idiomas generalizados en sus respectivos territorios antes que el castellano. Añádase el árabe para la amplia zona dominada por los musulmanes. Pero otro hecho indiscutible es que el castellano se abrió paso desde su cuna (y su cuña) de las Encartaciones, Burgos y la Rioja hasta convertirse al final de la Edad Media en el idioma más hablado de la península Ibérica. Naturalmente, el correlato de esa expansión (acompañada del encogimiento del asturiano, el leonés o el aragonés) fue la creciente capacidad organizativa del reino de Castilla. En la fecha simbólica de 1492, con la Gramática de Nebrija, se puede decir que el castellano ha unificado prácticamente su estructura, antes que los otros idiomas de España o de Europa, la razón estuvo en que la población del reino de Castilla era particularmente móvil y lo iba a ser más en el siglo XVI. Un idioma se expande si se mueven sus hablantes. Por eso el chino no es todavía un idioma de comunicación internacional, aunque el dictador Castro II canturree en él.

Héctor Kotler se pregunta cómo es que los hablantes de uno u otro espacio (país, región, lugar) hablan el idioma con distintas entonaciones, con acentos propios. Está muy claro. Si la lengua fuera sólo para comunicarse, todos los humanos habrían llegado a un acuerdo para hablar un mismo idioma, fuera el esperanto o algún sistema de gruñidos o gestos. Pero es evidente que la lengua sirve no sólo para eso sino para distinguirse, para reafirmarse frente a los «otros».

Esa segunda función es la que dio origen al mito de Babel, la dispersión de lenguas, en verdad extraordinaria. No menos asombroso es el caso de la dispersión de variaciones dialectales dentro de una misma lengua, y de los distintos acentos dentro de un mismo dialecto. Por ejemplo, el español de España es un dialecto distinto al argentino o al mexicano. Pero, dentro de España, se distinguen acentos: gallego, andaluz, aragonés, etc. Un extranjero puede aprender perfectamente el español de España, pero difícilmente podrá llegar a hablarlo con uno u otro acento. Digamos que el acento es lo auténticamente heredado de un idioma, lo que marca de modo eminente la función de distinguirnos de los otros hablantes. Hay personas que tratan de borrar ese acento original, y lo consiguen. Por ejemplo, algunos políticos o presentadores de programas en la radio o en la televisión. En ese caso consideran que su acento heredado no es el estándar ortodoxo. En España ese esfuerzo lo manifiestan sobre todo los procedentes de regiones donde se hablan otros idiomas (vascos, gallegos, catalanes, valencianos, baleáricos). Se cuenta el caso de Antonio Maura, oscuro abogado mallorquín que llegó a Madrid con un reconocible acento de su isla. Se propuso eliminarlo y lo consiguió. Llegó a ser un eminente abogado y diputado con el acento madrileño o castellano que se consideraba estándar y un afamado presidente del Gobierno. Hay en España un acento regional característico —el andaluz (a su vez con variantes provinciales)— cuyos hablantes no suelen hacer esfuerzos para cambiarlo cuando están fuera de Andalucía. Hacen bien. Entre otras cosas, el sonido de los acentos andaluces resulta cautivador para el resto de los españoles.

Obsérvese el equilibrio que supone la diversidad de dialectos y de acentos, compatible con el propósito de entenderse y comunicarse con los que hablan otros dialectos del español y mantienen distintos acentos. Ese equilibrio es notable si lo comparamos con el inglés, en el que la diversidad de dialectos y de acentos ha alcanzado tal grado de dispersión que puede peligrar la función principal de comunicarse.

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