Noticias del español

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| Amando de Miguel
Libertad Digital (Madrid, España)
Lunes, 20 de agoasto del 2007

LA LENGUA VIVA: NEOLOGISMOS Y BARBARISMOS

Desde luego, tengo perdida la partida, pues casi todo el mundo escribe Internet, sin artículo y con mayúscula, como si fuera una institución sacrosanta. Para mí es un nombre común, como la radio, la televisión o la prensa digital.


Un libertario que desea ocultar su nombre (ignoro a qué se debe tanto misterio) me corrige el significado de la voz soporte. Dice así: «No se refiere en ningún caso a la informática sino a cualquier tipo de medio capaz de almacenar información. Por ejemplo, los libros pueden estar en soporte tinta (en papel); soporte electrónico (archivos de ordenador o libros electrónicos), soporte Audio Analógico (cintas de casete), etc.». La opinión del anónimo libertario es que soporte no es un barbarismo o un neologismo, pues proviene del «viejo buen latín».

Vamos a cuentas. El DRAE dice de soporte, aparte de su significado tradicional: «material en cuya superficie se registra información, como el papel, la cinta de vídeo, o el disco compacto». Es evidente que ese significado es un neologismo introducido a partir de la jerga informática. Es claro el origen latino de supportare (= servir de apoyo), pero todo el mundo sabe que el soporte es parte de la jerga informática que nos rodea.

José Manuel Martín Posadas echa su cuarto a espadas en el asunto del neologismo proactivo. Su opinión es que está mal traducido. Proactive tendría que ser preventivo. Se trata de «una prevención muy particular, aquella que, mediante la acción, se anticipa o evita un suceso [desagradable]». Sigue don José Manuel (supongo que militar de carrera): Por eso «en inglés existen varios tipos de guerras preventivas, la preventive war, la preempty war y la proactive war». Me permito el escolio de concluir que, según eso, el carácter proactivo sería distinto al preventivo y al desplazante (preempty).

Pablo Grosschmid (Viena, Austria) entiende que proactivo no es un neologismo, sino un barbarismo que traduce el neologismo inglés proactive. Asegura don Pablo que el dichoso término lo acuñó el psiquiatra Víctor Franki en su libro Man’s Search for Meaning (1946). Según esa interpretación auténtica, el proactivo es «una persona que asume la responsabilidad por su vida, en vez de dejarse llevar por circunstancias externas para después achacarle sus males». Es el antónimo de reactivo, el que simplemente reacciona frente a los hechos. El proactivo anticipa los hechos que se van a producir. Me parece una distinción felicísima.

Son muchos los libertarios que vuelven sobre la batallona cuestión de si se dice internet con mayúscula o con minúscula. Desde luego, tengo perdida la partida, pues casi todo el mundo escribe Internet, sin artículo y con mayúscula, como si fuera una institución sacrosanta. Para mí es un nombre común, como la radio, la televisión o la prensa digital. También en su día la radio fue TSH o Telegrafía Sin Hilos, pero desde hace mucho tiempo es la radio sin más, ni siquiera la radiodifusión (= broadcasting). Por lo mismo la TV o Televisión es ya la humilde y genérica televisión. Cuando Internet llegue a ser «la internet» o incluso «la interné», estaremos alojados definitivamente en la era informática. Lo de las mayúsculas tiene su aquel. Hasta que la TB no pasó a ser «la tuberculosis» no empezó a poder curarse con razonable eficiencia. Lo mismo podríamos decir del SIDA, ahora despojada de estigma con «el sida». El doméstico cáncer es en la jerga médica Ca.

Álvaro Vivar (Madrid) arguye que Internet fue históricamente (en 1972) una red de redes, con el nombre inicial de Arpanet o Darpanet, creada por el Ejército norteamericano. Poco tiempo después, al extenderse a usos civiles, la nueva institución se llamó Internet. Don Álvaro sostiene que «internet, con minúscula es el nombre de una serie de especificaciones que permiten la interconexión de redes, mientras que Internet, con mayúscula, es un nombre propio que designa la red resultante de la interconexión de esas redes más pequeñas». Yo digo que, para millones (o millardos) de usuarios en todo el mundo, la internet es una fórmula de comunicación, como el teléfono o el navegador. Luego habrá compañías —con nombre propio y mayúscula— que cobran por los usos que se hacen de la internet, el teléfono u otros artilugios.

Jordi Mas (Barcelona) escribe con aire compungido: «Me sorprende que a estas alturas sigamos con la variante vulgar de emilios. Si no deseamos interferencias extranjeras de otras lenguas, me parece que lo lógico sea decir correo electrónico». Añade que en catalán se emplea trónic, aunque don Jordi opina que «se ha de decir correu electrónic». Preciso que lo de emilio o ismael no son denominaciones vulgares sino bromas de un lenguaje más bien culto o culterano. Por otro lado, no hay que hacer ascos a las «interferencias extranjeras» en la adopción de nuevas palabras. Precisamente el auge del castellano, frente a otros idiomas peninsulares, estuvo en su alta capacidad para incorporar palabras extranjeras. Eso es así con la voz correo (de origen francés) o la de electrónico (un neologismo inglés de raigambre griega). Si rechazáramos todas las palabras de origen extranjero, nos quedaríamos con onomatopeyas y gruñidos. El nacionalismo lingüístico es un disparate.

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