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| Amando de Miguel
libertaddigital.com, España
Miércoles, 21 de febrero del 2007

LA LENGUA VIVA: LAS HABLAS REGIONALES EN ESPAÑA

José María Navia-Osorio está que se lo llevan los demonios al decirle que se dice chichón y no chinchón, como asegura el asturiano. Mi crítica le parece «una crueldad, pero los precursores estamos acostumbrados a sufrir el martirio por nuestras ideas. La Historia nos juzgará. Dada mi natural generosidad no me daré por aturdido y seguiré escribiéndole». Así me gusta, con sentido del humor.


Gabriel Moncalián (Cantabria) está de acuerdo con el asturiano: «En Cantabria también se dice chinchón, no chichón». Lo de siempre: los localismos no son tales.

Francisco Rodríguez (Houston, Texas, USA), de ascendencia zamorana y salmantino, comenta: «Aquí, a veces, los hispanohablantes se ríen mucho porque yo digo cuidado, vas a caer el libro». Así lo decían mis padres, y, por tanto, bien dicho está. Otra voz que recuerda don Francisco de sus abuelos es empapuciarse (= llenarse de comida). El Diccionario del castellano tradicional, de César Hernández Alonso, recoge empapuciar (= zampar, comer demasiado). Más conocidas son las variaciones de empapuzar o empapujar.

Julio José Alonso Bravo (Cantabria) se refiere a la palabra pindio (= empinado, pino, con una gran pendiente) que proviene de Cantabria. Me comunica que ha sido introducida en la lengua común por el escritor Álvaro Pombo. Pues bien, bienvenida sea. A mí me parece muy expresiva. De todas formas, la voz pindio aparece en el Diccionario del castellano tradicional de César Hernández Alonso, así que tampoco es que sea una exportación exclusiva de Álvaro Pombo y de los montañeses.

Don Julio José aprovecha la comunicación para plantearme si, en palabras como jesuita o excluido, se puede poner la tilde sobre la i. La norma está muy clara. La combinación ui forma un diptongo de dos vocales cerradas. Por tanto jesuita o excluido son palabras trisílabas, llanas terminadas en vocal. En ese caso se sigue la regla general y no deben llevar tilde. Otra cosa es que, en la práctica, se pronuncien con hiato, es decir, se rompa el diptongo y se aumente una sílaba más: jesu-ita, exclu-ido. Al romperse el diptongo, se podría acentuar la i. De todas formas la RAE sigue recomendando que se siga la regla general y, por tanto, no lleven acento ortográfico.

Francisco Cabrera se refiere a las peculiaridades del «dialecto pacense» que aquí relató Moisés Domínguez Núñez (Badajoz). Don Francisco comprueba que algunas de esas palabras se introducen también en el habla canaria. Por ejemplo, fechar (= cerrar), lambiciar (= lamer). Esa convergencia se explica por la influencia del idioma portugués. La observación de don Francisco confirma lo que por todas partes aparece, que los idiomas no se adscriben estrictamente a sus respectivos territorios, sino que penetran en los vecinos.

Josep Burjons me escribe muy atento:

Leo a menudo sus artículos porqué muchas veces hay en ellos algo interesante sobre la lengua castellana. Y los leo a pesar de que, en mi modesta opinión, demasiado a menudo deja traslucir una ideología que no comparto en absoluto; lo considero el peaje que debo pagar para aprender algo más sobre una lengua que no es la mía pero que admiro y disfruto.

Ahora viene la adversativa: «Pero lo que creo que no debería reproducir son inexactitudes tan flagrantes como las afirmaciones de doña Raquel C. Cañellas» sobre los orígenes del catalán. No soy filólogo. Simplemente acojo aquí todas las opiniones que me parecen sinceras e interesantes. Por ejemplo, la de don Josep: «El uso social del castellano es mucho más reciente, y sólo empezó a ser significativo entre las elites políticas e intelectuales cuando la dinastía de los borbones prohibió el catalán por decreto en 1714. Como lengua popular se ha empezado a usar hace cuarenta años con la inmigración masiva de castelllanoparlantes.»

No tengo conocimientos suficientes para dictaminar si la aseveración de don Josep es correcta o no. Con el Quijote en la mano, dudo de que sea verdad que el castellano solo se haya empezado a hablar en Cataluña hace 40 años. ¿Qué decir de la generación de Carlos Barral, de Juan Marsé o de Salvador Pániker? ¿No son bien catalanes? Sospecho que el idioma castellano penetró hace siglos en Cataluña, frente a la escasa penetración del catalán en tierras aragonesas. En la Cataluña moderna ha habido siempre un elenco de buenos escritores que han escrito en castellano. Ese hecho ha sido muy positivo para la cultura de Cataluña.

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