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| Amando de Miguel
Libertad Digital, Madrid (España)
Lunes, 10 de diciembre del 2007

LA LENGUA VIVA: EUTRAPELIAS Y PASATIEMPOS

Eduardo Fungairiño me hace saber que «los cocineros enmiendan sus errores con salsa, las costureras con plancha, los arquitectos con hiedra y los médicos con tierra».


Pedro M. Araúz (Manzanares de la Mancha, Ciudad Real) se maravilla de que la voz alberca designe en México a lo que en España se conoce como piscina (una voz latina). Es sabido que alberca, para los españoles, es el depósito de agua para el riego. Es evidente el origen árabe de esa palabra. A este respecto, don Pedro recoge una de esas comparaciones jocosas que son tan expresivas. Para vituperar a una mujer rechoncha, se dice en tierras del Señorío de Molina: «es más corta que un tapón de alberca». Es fácil imaginar el tapón de alberca como una pella de barro y broza que atasca el sumidero.

Comentábamos aquí el dicho «¡qué tendrán que ver los cojones para comer trigo!», atribuido a un pueblo de Jaén. Ramón Mateo Escobar (natural de Campo de Criptana, Ciudad Real) me asegura que en su pueblo de origen también se puede oír el mismo dicho. Concretamente lo utilizaba mucho su abuela. Lo cual prueba la tesis aquí mantenida de que las expresiones que se consideran peculiares de una localidad suelen desbordar ese límite geográfico. Estamos ante una variante de lo que aquí hemos llamado comparaciones festivas.

Francisco Cabrera argumenta que en Canarias se utiliza mucho lo de «ser un pan» (= ser una persona muy buena) o «estar más buena que el pan» (se aplica a una mujer para señalar que es muy atractiva; también «estar como un queso» o «como un tren»). Entramos, una vez más, en el capítulo de las comparaciones jocosas o simpáticas, una forma popular de metáfora. Las alusiones al pan, al queso, a los garbanzos, entre otros alimentos, en tono ponderativo, son típicas de un pueblo hambriento, como ha sido secularmente el español.

Son muy abundantes y populares los intentos de jugar con las palabras para procurar la eutrapelia u honesta diversión. Santiago Roig me envía una nueva remesa de falsas definiciones, dignas de ingresar en el diccionario de los equívocos:

  • Abadejo: abad despreciable
  • Ábside: serpiente venenosa
  • Acendrado: enterrado en ceniza
  • Acerola: puchero de acero
  • Adherido: favorable al herido
  • Adocenado: contado por docenas
  • Adormidera: cuna con vaivén
  • Agarrotar: golpear con un garrote
  • Aguafiestas: fiestas en las que solo se bebe agua
  • Agüero: vendedor de agua
  • Agujetas: agujas pequeñas
  • Alféizar: grado militar
  • Amatista: la amante del artista
  • Anfiteatro: teatro anfibio
  • Añicos: años muy cortos
  • Apechugar: hacer guiso de pechuga
  • Apicultura: cultivo de apios
  • Apóstata: el que hace apuestas
  • Aquelarre: nostalgia de carretero
  • Areópago: pago del impuesto sobre el aire (que ya lo pondrán)
  • Arroparse: atracarse de arrope
  • Asimétrico: asidero del metro
  • Aspaviento: aspa de un molino de viento
  • Astroso: relativo a los astros
  • Atavismo: tratado de los atavíos
  • Ateneo: club de atenienses
  • Autoclave: la llave del auto
  • Avechucho: perro con alas
  • Avituallar: proveer de toallas.
  • y una en inglés. Homeopath: the path of your home
  • Eduardo Fungairiño me hace saber que:

      los cocineros enmiendan sus errores con salsa,

    las costureras con plancha,

    los arquitectos con hiedra y

    los médicos con tierra. Al final, todos pretendemos enmendar los errores con palabras. Por cierto, he ahí otra de las múltiples funciones del lenguaje.

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