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| Amando de Miguel
Libertad Digital, Madrid (España)
Martes, 15 de enero del 2008

LA LENGUA VIVA: EL OSCURO ORIGEN DE LAS PALABRAS

Aparicio razona que la extensión de muchos términos por toda la península Ibérica se debe a los soldados beréberes del ejército cartaginés. Muchos de ellos se escondieron en las fragosidades de lo que hoy es el País Vasco, la alta Navarra y el Pirineo.


A propósito de la distinción entre oír y escuchar, Rafael de Olaiz (Alcorcón, Madrid) me asegura que su abuela, natural de Cadalso de los Vidrios (Madrid), decía «entender la radio». Seguramente la abuela de don Rafael respiraba por el latín milenario. Porque en latín intelligentia es también percibir con todos los sentidos. No creo que entender venga de intendere (= extender) sino de intelligere (= comprender, aplicar el intelecto). Recordemos la divisa escolástica: Quidquid est in intellecto, praesse debet in sensu (= todo lo que hay en la mente, estuvo antes en los sentidos).

Anna Sptizmesser desea saber qué significa «en puridad», expresión que he utilizado yo en algún artículo anterior. Sostiene doña Anna que no viene de «puro» y que en la Edad Media darle su poritat significaba confiar en alguien. Ignoro lo que quería decir en la Edad Media, pero está claro que puridad sí viene de puro y de pureza (puritas). Para Covarrubias «puridad vale secreto», pero porque así conserva la pureza del mensaje primordial. Para mí y seguramente para mis contemporáneos «en puridad» equivale a «de forma más clara». Puede que traduzca la muletilla inglesa de «de hecho».

Juan Manuel Martínez tiene una curiosidad: «por qué a esas máquinas que existen en las verbenas, que son de forma circular, con caballitos de madera y coches en su superficie, que dan vueltas y vueltas para el deleite de los niños y mayores, se llama tío vivo». Muy fácil. Es una expresión coyuntural y madrileña que luego ha tenido un gran éxito. El carrusel es un invento francés, como indica su nombre. (En inglés se dice merry-go-round, algo así como «volteretas felices» o «rotonda divertida»). En 1834 hubo una epidemia de cólera en Madrid. Una de las víctimas fue Esteban Fernández, que había instalado un carrusel (también llamado caballitos) en el paseo de las Delicias. Fallecido el tío Esteban, los amigos llevaron el cadáver al cementerio sobre unas andas. El cortejo pasó delante del carrusel como homenaje al muerto. En ese momento, el que creían cadáver, se levantó y gritó: ¡Estoy vivo!». El susto se trocó en alegría colectiva. El tío Esteban pasó a ser el «tío vivo» y así se rebautizó a su carrusel. El tiovivo pasó a ser un genérico, aunque no lo reconozca el vocabulario Deonomástica hispánica de las hermanas García Gallarín.

Julián Aparicio razona que la extensión de muchos términos por toda la península Ibérica se debe a los soldados beréberes del ejército cartaginés. Muchos de ellos desertaron y se escondieron en las fragosidades de lo que hoy es el País Vasco, la alta Navarra y el Pirineo. La interpretación es ingeniosa; no sé si los historiadores la aprueban. Por lo menos se puede registrar el parentesco entre muchas voces beréberes y vascas. No puede ser casual la semejanza entre bárbaro, barbollar, bramar, beréber, Ebro e Iberia. Puede que ese sonido br sea para catalogar a los que hablan una lengua extranjera, por tanto, confusa. No olvidemos el bable. Naturalmente se trata de una consideración etnocéntrica, pero ahí está cristalizada en el lenguaje.

Javier Vicuña Ruiz (San Sebastián, Guipúzcoa) da una curiosa interpretación de esa figura legendaria que es Aitor para los vascos. Don Javier sostiene que en otras culturas se ha dado esa misma obsesión por encontrar algunos antepasados ilustres y míticos. Así, en Grecia los eupátridas y en Roma los patricios. Quizá los vascos empezaron a hablar de los aitonen semeak (= hidalgos hijos de padres buenos), que derivó en aitorren semeak (= hijos de Aitor). Se me ocurre que Aitor en vasco se parece mucho a Aita (= Padre), esto es, el originario, un poco como el Adán bíblico. Es fácil comprender que prendiera la leyenda de un hipotético Aitor, padre de los vascos.

Eloy González (Palma de Mallorca) no está conforme con mi afirmación de que mix o mixar viene del inglés. La opinión de don Eloy es que la procedencia es latina. Bien, es evidente que mixtio, mixtus o mixtura son voces latinas que han llegado al español. Seguramente, el sonido mix (y no digamos la acción de mixar) se ha derivado del inglés. Es evidente la satisfacción que produce una palabra exótica que, además, complace el espíritu prevaleciente de consenso sincretismo ni mestizaje. Cuando una empresa consultora ofrece un «mix de estudios» a un cliente, seguro que cobra más. El arte coquinario supone mezclar sabores.

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