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| Amando de Miguel
libertaddigital.com, España
Lunes, 25 de junio del 2007

LA LENGUA VIVA: COMPARANZAS, INVENTOS Y MALEDICENCIAS

Por esas fechas el Quijote era el best seller. Shakespeare acababa de estrenar Hamlet. Resultaría muy raro que los dos gigantes de la Literatura no se hubieran visto. Para mí que se entendieron en latín.


José María Navia-Osorio, en su corresponsalía diaria, se apunta como proveedor de «comparanzas», que él dice:

Más chupado [flaco] que la pipa de un indio

Más hambre que el perro de un comediante

Más moral que Pepe, el del Alcoyano (su equipo perdía por 15-0 y él quería rematar un córner de cabeza).

María Dolores Muyor (León) confirma que en su tierra se han dicho siempre «comparanzas». De paso me envía una sugerencia. «¿Por qué no se matricula en cualquier carrera y así sigue en contacto con el mundo universitario, aunque [ese mundo] ahora esté hecho una birria?». Gracias por el consejo. Tengo pensado lo de matricularme en Filología, pero es que no me queda tiempo. Entre las clases, las conferencias, los emilios y demás mi agenda está a rebosar. Extraña jubilación. Curiosa decisión legal, la de considerarme inactivo o pensionista. Alguna vez se entenderá la jubilación forzosa como una forma retorcida de esclavitud.

Rafael Pernett y Morales (Panamá) me envía algunas comparanzas de su tierra. Casi todas se entienden en el habla popular de España y, desde luego, son admirables:

Más feo que mear de noche.

Más flaca que un silbido.

No come hierba porque no le alcanza el cuello.

Más rápido de lo que se persigna un ñato (un individuo sin nariz).

Corre como mojón con diarrea.

Al avión le traquea hasta la pintura (traquear=crujir).

Corría como alma que lleva el diablo.

Como quien te debe y no te paga.

Como para hacerlo padre y no ponerle pensión.

Está tan salao que se cae de espaldas y se rompe la nariz.

Está tan de malas que se cae de espalda y se rompe el pirigayo (clítoris).

Rafael Palacios Velasco (asturiano, residente en Almería) comenta lo interesante que es la noción de «sequedad» como algo disgustante. Para expresar esa sensación circulan algunas comparanzas muy expresivas:

Está más seco que el alma de Judas.

Está más seco que el ojo de una tuerta.

Está más seco que la mojama.

La antología de comparanzas se enriquece todos los días. Melchor Sánchez de Toca recuerda algunas dichas en la mili por su querido teniente Cesáreo:

Eso tiene más mierda que el macuto de un emigrante.

Está más sucio que la funda de un jamón.

Es más puntual que una novia fea (de Antioquia, Colombia).

Está más enredado que un bulto de anzuelos.

Está más tocada que el himno nacional.

Suda más que una puta haciendo la confesión general.

El concurso de comparanzas jocosas sigue adelante. Son un alarde de ingenio popular. Enriquecen todavía más el repertorio de adjetivos sobre el estado físico o de ánimo del hablante o de sus interlocutores. Acumulo la lista que me envía Daniel Gutiérrez Corbacho:

Tengo más hambre que el lagarto de la catedral.

Apestas más que un pollo en un canasto.

Apestas más que la poza del sanatorio.

Te lavas menos que un recién operado.

Tienes menos detalles que el salpicadero de un Panda.

Follas menos que el perro de Don Juan Lara (Aquí siempre cuenta la historia del perro de don Juan Lara: un perro que se llevó 20 años en una azotea y cuando salió a la calle lo atropelló un coche).

Tengo menos dinero que el que se está duchando.

Daniel Jiménez añade: Trabajas menos que el sastre de Tarzán.

Esa comparancia me recuerda otra: Gastas menos que Tarzán en corbatas.

Raúl de Gasteiz me envía una ristra de comparanzas festivas:

Tengo más hambre que el perro de un ciego (que se lo digan a Lázaro de Tormes).

Estoy más quemado que la pipa de un indio.

Está más triste que Marco el día de la madre.

Es más seco que un bocadillo de polvorones.

Ya de paso, duda don Raúl de mi sospecha de que Shakespeare y Cervantes se vieran en Madrid en 1605. Afirma: «todas las referencias indican que jamás se vieron». Bueno, es difícil probar algo negativo. Pero está documentado que don Guillermo estuvo en Madrid en la primavera de 1605 con el séquito del embajador de Inglaterra. La ocasión fue el bautizo del infante don Felipe. El evento —como ahora se dice— consistió en numerosos festejos. Precisamente Cervantes fue —lo que hoy diríamos— empleado de la oficina de prensa para ese acontecimiento. Por esas fechas el Quijote era el best seller. Shakespeare acababa de estrenar Hamlet. Resultaría muy raro que los dos gigantes de la Literatura no se hubieran visto. Para mí que se entendieron en latín. Me remito a mi libro Sociología del Quijote (Madrid, CIS, 2005).

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