Noticias del español

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| José María Merino
El País, España
Sábado, 27 de febrero del 2010

LA LENGUA POLIFÓNICA

Nadie habla ya «el mejor español». El idioma de ambas orillas del Atlántico está lleno de vasos comunicantes por los que la lengua va y viene. Un escritor español que se ha pateado América Latina y un narrador colombiano asentado en Barcelona reflexionan sobre esos viajes constantes de una lengua en perpetuo movimiento.


La anciana está tejiendo en un pequeño telar, sentada en una sillita, en uno de los extremos del enorme bohío de suelo de madera brillante —al parecer, el salón de baile de la pequeña localidad inmersa en la frondosa selva— en una de las orillas del canal, o mejor los canales, del Tortuguero, en Costa Rica. De esto hace más de veinte años. Es uno de mis primeros viajes a la América que habla español, y estoy charlando con esa mujer, que me cuenta algunas cosas a propósito del lugar, de los huevos de tortuga, tan sabrosos, de los pequeños caimanes que llevan a su cría sobre el lomo, de los monos aulladores, del tráfico fluvial que convierte los canales en imprescindibles vías de comunicación.

Me sorprende su español, en el que la riqueza léxica muestra palabras para mí castizas, y hasta arcaicas —me trata de vos— junto a otros vocablos cuyo sentido tengo que adivinar —llama lagartos a los pequeños caimanes— igual que me sorprende la música que hace resonar su discurso, el modo de pronunciar las erres, las cadencias del fraseo. El momento, el esplendor solar convertido en una luz suave gracias al gigantesco arbolado y remansado en la solemne penumbra del bohío, la humedad que enaltece los aromas, quedan en mi recuerdo envolviendo ese español nuevo, diferente, que fluye de la boca de la mujer.

Ya por entonces, tanto en España como en América, he escuchado hablar mi lengua con otros tonos, y me he encontrado con vocablos desconocidos y estructuras lingüísticas extrañas a las de mi costumbre, sin detenerme a reflexionar sobre ello; pero es ahora, conversando con esta anciana, cuando se me revela que lo que ella habla no es un español secundario, alterado por la distancia de un supuesto núcleo canónico, sino mi propio español, mi lengua segura, aunque con otra melodía y algunos rasgos que, en la diferencia, muestran precisamente su personalidad y su autenticidad.

En la época de la que hablo he leído con atención y gusto a los escritores de lo que conocimos como boom latinoamericano —varios acabarán convirtiéndose en clásicos vivos de nuestro idioma— y he advertido las peculiaridades que le dan a su prosa su inconfundible identidad. Pero es a través de las palabras de esta mujer del pueblo cuando comprendo que mi lengua ya no tiene un único lugar de referencia, que puede ser la misma y presentar otra melodía, e incluso un léxico donde convivan pacíficamente lo habitual y lo ajeno, en tierras para mí muy lejanas. La revelación de que la anciana no habla una lengua segundona de la mía es, en cierto modo, similar a otra: la que, al leer a los cronistas y escritores de Indias, a raíz de mi primer descubrimiento americano, tuve al comprender que, en los Comentarios Reales, el Inca Garcilaso realiza un genial injerto, al contarnos la historia de sus antepasados a la luz de la cultura grecolatina.

Con los años he recorrido muchos lugares de Iberoamérica, he vuelto a tener gustosas conversaciones con hablantes populares, y me sigue asombrando, con el deleite de compartir lo más hondo de ese patrimonio, la variedad de registros melódicos y la riqueza de los vocabularios. Los hispanohablantes nunca seremos capaces de abarcar todas las músicas de nuestro idioma, ni todo el léxico que lo enriquece. La fragmentación comunitaria ha favorecido la existencia de muchos reductos regionales, y en ellos surgen espacios verbales donde la intimidad, la familiaridad, ofrecen nuevos registros de un al parecer infinito panorama de modulaciones del español.

Es una fecunda historia de hibridaciones, que van haciendo nacer nuevos retoños sobre el tronco firme de unas estructuras lingüísticas compartidas por todos. Por eso me gusta referirme a las melodías y los frutos de nuestra lengua. Hoy ya nadie puede presumir de hablar eso que antes se llamaba «el mejor español», porque el mejor español, ya polifónico, está disperso por el ancho mundo.

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