Noticias del español

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| Jorge Urrutia
elimparcial.es, España
Lunes, 21 de diciembre del 2009

LA LENGUA INMIGRANTE

La inmigración motiva reflexiones de muy diversos tipo. Levanta opiniones a favor o en contra, muchas veces desde la insolidaridad y la falta de reflexión. O bien se justifica con estimaciones económicas.


Suele olvidarse una conocida décima de Calderón de la Barca. Claro que era conocida cuando en los colegios se aprendían poemas para desarrollar el gusto lingüístico y la memoria. Pero a algún malhadado pedagogo de pocas luces se le ocurrió aquella majadería de que la memoria es la inteligencia de los tontos y varios políticos ignaros decidieron aplicarlo a nuestra enseñanza. ¡Como si a un listo le viniera mal la memoria! Del gusto lingüístico nunca más se supo, y no hay sino que pasar unos minutos ante las pantallas españolas de televisión.

Decía que suele olvidarse, al hablar de la inmigración, aquella décima calderoniana referida a un sabio tan pobre y mísero que únicamente se sustentaba «de unas yerbas que cogía». Pero, muchas veces, poder contar con esas hierbas ya es un seguro de vida y, del mismo modo a como nuestro sabio, al volver el rostro, descubrió «que iba otro sabio cogiendo / las hojas que él arrojó», el inmigrante llega para recoger nuestros desechos laborales. Entrega, a cambio, el fruto de ese trabajo imprescindible aunque minusvalorado, aportaciones a la seguridad social, incremento del índice de natalidad y otras riquezas que valoran los economistas.

En los últimos años hemos ido despreciando ciertos usos idiomáticos, lo que va empobreciendo nuestra lengua coloquial y desquiciando las normas de convivencia. Amplias capas de población han perdido el uso del usted (y gran parte de la responsabilidad recae en el erróneo «coleguismo» que buscaron imponer los maestros de escuela) y de las fórmulas de cortesía. Los estudiantes universitarios, por ejemplo, se dirigen muchas veces a un enseñante de prestigio internacional, y a quien en todo el mundo tratan de profesor o de maestro, con un rechinante que no deja de sorprender a los colegas extranjeros.

Todo viajero español sabe hasta qué punto en Hispanoamérica se mantienen las fórmulas de respeto y cortesía, que hacen tan agradable la relación. La inmigración ecuatoriana y colombiana, con sus modales tranquilos y respetuosos mantiene sus modos de dirigirse al otro, cualquiera que sea su relación con él (y no me detengo en la elegancia del español colombiano). Como en las grandes ciudades españolas esa emigración se asienta, en gran número, sobre negocios de hostelería y en contacto con el público, empieza a ser delicioso conversar con esos trabajadores que siempre tienen una expresión amable, un buen deseo y un saludo adecuado. Lo más importante es que, en lugar de verse arrastrados por el uso local, los inmigrantes, que han interiorizado desde niños dicho comportamiento, comienzan a contagiar a los usuarios españoles que se ven obligados a responder con fórmulas de agradecimiento casi olvidadas o apenas si aprendidas.

Max Henríquez Ureña escribió un libro sobre el Modernismo que tituló El retorno de los galeones, entendiendo con cierta inexactitud que dicho movimiento poético significaba una suerte de camino de vuelta de la cultura. Pero no era verdad. El verdadero retorno de los galeones está aquí, en esos miles de trabajadores inmigrantes americanos que, desde su pobreza originaria, cruzan el océano para traernos la rica matriz de relaciones de aquella lengua que un día hizo el camino hacia el oeste y que, en su fuente, parece perder el brillo de sus cristales.

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