Noticias del español

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| Juan Carlos Pérez Salazar (BBC mundo)
www.cubaperiodistas.cu, Cuba
Martes, 27 de marzo del 2007

LA LENGUA ES DE QUIENES LA HABLAN

Desde este lunes, y durante cuatro días, el idioma español será la excusa para que escritores, cantautores, académicos, gobernantes y ciudadanos comunes y corrientes de toda Hispanoamérica discutan, canten y hablen. Incesantemente.


Como un abrebocas a este congreso, hablamos con el periodista, escritor y académico colombiano Daniel Samper Pizano. Con el abundamos sobre lenguaje, imperialismo, espanglish y «chatarrismo».

La primera edición del diccionario se publicó en octubre deL 2005.

¿Por qué son importantes esta clase de congresos?

-Cuando hay una lengua que es hablada en 22 países resulta importante reunir no sólo a los académicos, sino a los escritores, a los investigadores de la lengua, y finalmente que esto sea un certamen de carácter popular.

Los verdaderos dueños de la lengua no son ni los académicos ni los escritores, sino quienes la hablan.

De modo que mientras más amplio, mientras más bochinchero sea el certamen, mejor, porque la gente se entera de que ésa es su lengua. Quienes están ahí trabajando no son más que representantes suyos.

Tiene razón en lo de bochinchero. Veo que están invitados músicos como Fito Páez y Carlos Vives. Es interesante que estén abriendo de esa manera el congreso.

-Claro, es que la gente tiende a olvidar que la poesía no nace sola, de repente. La poesía nace con la música y los primeros trovadores fueron realmente sus forjadores.

Cuando uno piensa en la Provenza de hace diez y once siglos, en el castellano de El Cid, del siglo XI, se da cuenta de que esto fue cantado. Como fueron cantadas la Iliada y la Odisea. Durante siglos se olvidó que quienes cantan y hacen poesía son poetas.

En esta época hay unos cantautores que son al mismo tiempo extraordinarios letristas, como Serrat o los que usted mencionó… Sabina, etcétera. Es una recuperación del viejo origen trovadoresco de la poesía.

Uno de los temas que los convoca a ustedes en Cartagena es el de los retos del idioma español. Desde su punto de vista, ¿cuáles cree que son esos retos?

-Hombre, el español tiene como su gran tesoro la unidad. Cualquier persona que hable español, en cualquier lugar del mundo, puede defenderse en cualquier país (donde se hable español).

Yo desafío a cualquiera a que tome a un campesino de Castilla y lo lleve a la pampa argentina o lo traiga a los Andes de Colombia y estoy seguro de que se entenderá con los campesinos que allí viven.

Al mismo tiempo, la diversidad —que es otro tesoro del español— presenta algunos flancos débiles, como el de la tecnología.

El español, porque refleja un poco las sociedades subdesarrolladas donde estamos quienes lo hablamos, es poco fuerte en materia de léxico tecnológico.

El español no inventa, entonces tiene que adoptar lo que han inventado otras lenguas, particularmente el inglés. Y esto supone la introducción de vocablos que llegan por diversas fuentes y se modifican totalmente.

Una misma cosa puede tener un nombre en Argentina, como la computadora; otro en Colombia, computador, y otro en España, ordenador.

Esto ofrece un peligro y a mi modo de ver —y de esto hablaré en el congreso— también el hecho de que se quiera golpear al español de manera deliberada con el inglés como lengua de prestigio comercial.

Claro, pero es que el inglés es el lenguaje del «imperio», que es siempre el que más crece, el que de alguna manera se convierte en «lingua franca». ¿Tiene el español las herramientas para competir con eso? Porque no es sólo por el poderío económico de Estados Unidos, sino por el poderío militar y el que tiene a nivel de los medios de comunicación y de la industria del entretenimiento.

-Hombre, la lengua siempre ha ido con el imperio y quienes mejor lo podemos decir somos los americanos, que hablamos en español y no en quechua o en chibcha.

Pero el problema con el español y el inglés es que se pretende excluir el uno por el otro.

Yo soy partidario del español pero todas las lenguas me interesan. Ya quisiera yo que los escolares en todos nuestros países aprendan muy buen español y muy buen inglés. Y ojalá se pudiera muy buen francés… o alguna otra lengua como el portugués. En la medida en que tengamos gente que hable muy buen inglés y muy buen español, no se va a presentar el problema de fundir en una sola varias lenguas.

El inglés es el idioma universal. Bueno, vamos a aprender el inglés en vez de deformar el español. Lo que yo critico es que con una lengua se golpee a otra.

Es decir, que palabras que han sido cómodamente utilizadas en español para expresar algo, sean desplazadas con un criterio exclusivo de prestigio de una lengua sobre otra. Esto lo vemos sobre todo en materia comercial.

En este tema del crecimiento del inglés es está dando el fenómeno del «espanglish», con el aumento de los latinos en Estados Unidos, que pronto podrían convertirse en la primera minoría en ese país. ¿Le preocupa ese fenómeno?

-Existe el «espanglish» porque el español ha librado una batalla extraordinaria frente al inglés.

El inglés subsumió todas las lenguas que allí llegaron… Es posible que subsistan un barrio italiano y un barrio chino, pero ninguno realmente —ni el chino ni el italiano ni el alemán— sirvieron como lengua de expresión más o menos general en determinadas comunidades.

Esto no ha sido así con el español, que es realmente la lengua que se habla ampliamente en muchas partes de Florida y el sur de Estados Unidos.

Y en ese roce de las dos lenguas obviamente se producen palabras que son híbridas, con lo cual no hay ningún problema.

Mucho más que el léxico me preocupa la morfología, hasta qué punto el inglés logra modificar la estructura del español, con algunos cambios por ejemplo en la manera de poner los adjetivos que se ofrece en inglés: «the red car», «el rojo carro». Eso se empieza a ver en algunas partes y me parece mucho más grave.

Hablando del tema de la dinámica del idioma, ¿usted cree que el español es suficientemente flexible para adaptarse a todo esto? No sólo como idioma, sino por las estructuras de las academias que lo vigilan. El inglés no tiene algo así. Está el diccionario de Oxford, que no está hecho por académicos sino por personas que le incorporan nuevas palabras. El argumento es que ese poder tan vertical que tiene la Real Academia hace que el español sea poco dinámico. ¿Que piensa usted?

-Yo creo que cada vez es menor el poder que ejerce desde la cumbre la Academia o las academias, mejor, porque hay 22 academias de la lengua.

Y cada vez más la academia española entiende que el español de España sólo lo hablan el 10% de quienes hablamos esta lengua.

Como consecuencia de ella cada vez no sólo acepta sino que gozosamente incorpora a las demás academias.

El español hoy no se rige por la norma peninsular. Tiene un foco múltiple.

Y así se lo refleja la academia española en sus últimos trabajos. El Diccionario panhispánico, por ejemplo, evidentemente refleja el mundo hispánico.

Y la nueva gramática que se lanzó en Medellín es la gran gramática panhispánica, que refleja el modo de sentir el español y el modo de hablarlo desde la Argentina a Estados Unidos y desde allí hasta España, Filipinas.

Cada vez más las academias recogen lo que la gente habla.

Finalmente, si usted pudiera incorporar alguna palabra que se utiliza en América Latina y que no está en el diccionario, ¿cuál podría ser?

-Yo creo que cada vez se incorporan más palabras al diccionario.

Si uno busca, por ejemplo, una palabra que a mi me encanta que es de origen nahuatl, que es cuate, que usan los mexicanos para designar a un amigo muy cercano, ya está incorporada.

Peor hay una sobre la que he discutido mucho: en Colombia existe una modalidad para fomentar la modernización del transporte que se llama la «chatarrización».

Consiste en vender buses viejos y, a cambio del dinero que se recibe por ellos, comprar buses nuevos. De modo que el Estado compra buses viejos y el empresario con el dinero que recibe los compra nuevos.

Esa palabra ha sido muy discutida. A mí me parece estupenda. Creo que algún día llegará como verbo —yo chatarrizo, tu chatarrizas, él…— y también, por supuesto, como sustantivo.

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