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| Pablo Ramos Méndez
eluniversal.com, Venezuela
Viernes, 8 de junio del 2007

LA LENGUA EN SALSA: LOS MEDIOS (II)

El autor sugiere considerar la existencia de un vocabulario general


En columna anterior decía que es imperdonable que se pronuncie [premié], por una razón sencilla y obvia: porque si constantemente están anunciando premières, lo más sensato es que se averigüe la pronunciación antes de introducir la patricia. Seguramente la confusión proseguirá con vestiaire, [vestiér], aguda, donde también suena la r final. El hecho es que debemos considerar que hay un vocabulario general: el de tutti li mundi, para decirlo en italiano macarrónico, y el especializado, según la profesión que se desempeñe. Por ejemplo, como lo malo es lo que se pega, es posible que después de haber oído hablar a algún médico, chimbo en cuestiones del lenguaje, usted diga sindrome y diábetes. A usted se lo perdono; a un médico no. Un galeno preocupado debe estar consciente de que lo más adecuado es hablar de síndrome, palabra esdrújula y de diabetes, palabra no esdrújula. Los cadetes, por ejemplo, hablan de alfereces, pronunciado [alferéces], lo cual como lo anterior, es un disparate fonético. Debe pronunciarse alféreces. Un periodista o cualquier individuo preocupado por la excelencia en la expresión, si tiene que utilizar un término para él desconocido, lo más sensato es que lo busque en un diccionario o que pregunte.

Si usted oye novelas mexicanas se habrá dado cuenta de dos términos que se usan en México. Ellos son: recámara y profesionista. La recámara es el dormitorio. En otros países usan la alcoba, nosotros en Venezuela decimos el dormitorio. Profesionista es el profesional. Gorgonio es un profesionista. Ambos términos son de uso exclusivo de los mexicanos. Habrá usted observado que México y mexicano se pronuncian Méjico y mejicano. La Academia registra ambos términos, sin embargo, los mexicanos prefieren la x.

En inglés, shoulder (hombro), aquí hombrillo, en España: arcén. Un periodista es un egresado de una universidad, donde el lenguaje es o debe ser un santuario y debe cultivarlo por el resto de su vida. Por esto, me indigna cuando escriben o pronuncian mal un término de su propia jerga. Estoy cansado de oír los disparates: de acuerdo a y en relación a, un millón de veces diarias. Tantas, que comenté con alguien de la Academia que tendrían que terminar aceptando estos disparates, ya que casi todo el mundo los dice y repite ad náuseam, a porrillo o a tutiplén, como usted prefiera.

Como antes dije, no soy un cómitre del lenguaje, sino un intermediario que señala la trocha o que lleva humildemente el pendingue para quienes deseen ver la luz. No como el intermediario que se buscó el banquero para que le preguntara, mediante señas, al empleado, que era sordomudo, dónde había escondido el millón de dólares que se había robado. Después de largo interrogatorio y proclamaciones de inocencia, de parte del mudo, el gerente sacó un revólver e instruyó al intérprete:

Dígale al desgraciado este que más vale mi reputación y la de mi familia que su vida. Si no me dice dónde escondió el dinero le voy a meter un tiro entre las cejas. Aterrorizado el mudito confesó, pero el intérprete tradujo lo siguiente:

-Dice el sordomudo que usted no es hombre, y que le falta guáramo para meterle un tiro. Ya está.

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