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| Agencia Efe

La jerga del narcotráfico pasa de ser críptica a popular

La terminología asociada en México con el mundo del crimen organizado y el narcotráfico ha pasado de ser un lenguaje críptico a estar cada vez más extendido en una nación que en el 2008 ronda los 5.400 asesinatos, una cifra récord en el país.

Palabras como levantón (secuestro de un rival para torturarle y asesinarle), encajuelado (cadáver hallado en la cajuela o maletero de un automóvil) o tiendita (lugar de venta de droga al por menor) son ya comunes entre la gente, que las escucha o lee de manera recurrente en los medios de comunicación.

«La cultura del narcotráfico y del crimen organizado es vieja, desde la época de (Carlos) Salinas (1988-1994). En las últimas fechas, como detonó esto hasta convertirse en un problema de primer orden, salió a la luz pública todos los días y se volvió cotidiana», explicó a Efe el antropólogo Luis Fernando Roldán Quiñones.

Periodista y autor de libros como El sexenio me da pena, (2000) considera que los medios de comunicación han jugado un papel clave en esta mayor exposición del público en general a estas palabras.

Desde hace años esto ha sucedido con los narcocorridos, un género musical que narra y glorifica las hazañas y amoríos de los personajes del mundo de tráfico de drogas y cuya difusión llegó a estar prohibida.

En Chihuahua, norte de México, el congreso estatal llegó a decir que los mismos provocaban «entre los niños y jóvenes la pérdida de interés en el estudio, trabajo y valores familiares, para ambicionar el dinero fácil, la depravación y los vicios», según el Diccionario irreverente de política mexicana (2006), del propio Roldán Quiñones.

El autor llama la atención sobre términos como borrado, usado para decir ‘estás muerto’, o manchado, con la que se alude en el mundo del hampa ‘al que está señalado para que lo ejecuten’.

El pozole es un guiso con maíz típico mexicano con carne de puerco pero en la jerga de la delincuencia ya hace referencia a aquellas muertes en las que los sicarios tiran un cadáver «en un tambo (bidón) de ácido muriático o con cal» para hacerlo desaparecer.

Otras palabras del mundo del hampa aparecen en el glosario que sobre el asunto publicó el Almanaque Mexicano 2008.

Ahí se encuentran términos como el de encostalado (cadáver metido en un saco), el narcomenudista o burrero (traficante callejero o a pequeña escala), el dedo (delator), y el cuerno de chivo (fusil AK-47), entre muchos otros.

Cantar es delatar, generalmente bajo tortura; entambar, llevar a alguien a la cárcel, plomear, acribillar a un rival, y dedicarse al vicariato consiste en el ejercicio de la violencia por parte de los sicarios.

A la marihuana se le llama por lo menos de cuatro maneras (yerba, gallo, mois, café). Perico y polvo son términos alusivos a la cocaína, la piedra equivale al crack y la nieve es una manera eufemística de referirse a la heroína.

Para Roldán Quiñones el fenómeno de la popularización de la jerga de la delincuencia, a menudo en narcomensajes que les dejan al lado de los cadáveres unos sicarios a sus rivales, se da en un Estado mexicano «sobornado, infiltrado, penetrado por las organizaciones criminales».

También es consecuencia «de nuevos fenómenos sociales que antes no estaban dentro de la agenda cotidiana».

«Ahora la inseguridad está presente», añadió, una situación que, además de en infinidad de artículos en los medios de comunicación, se está percibiendo en ensayos, novelas o relatos inspirados o ambientados en el mundo del narcotráfico.

Sólo en el 2008 se han publicado libros como La reina del Pacífico y otras mujeres del narco (Planeta), de Víctor Ronquillo, Balas de plata (Tusquets), de Élmer Mendoza, El vuelo (Mondadori), de Sergio González Rodríguez, y La voluntad y la fortuna (Alfaguara), de Carlos Fuentes, quien eligió como narrador de su novela a un recién decapitado.

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