Noticias del español

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| María Dolores Rojo López
diariodeleon.es
Jueves, 13 de septiembre del 2007

LA INUTILIDAD DE LO NECESARIO

NINGÚN ESPAÑOL que se precie puede dudar de la riqueza gramatical y semántica de nuestra lengua.


La abundancia de matices y giros lingüísticos es tal que podemos, con seguridad, contar con un verdadero caudal de posibilidades a la hora de expresarnos. La gran multitud de obras literarias del pasado y del presente que usan nuestra lengua, han conseguido elevarla, con frecuencia, a la categoría de idioma excelso por su flexibilidad y capacidad de comunicación fuera de nuestros límites geográficos. No sólo contamos con un verbo para cada acción, sino con gran cantidad de sinónimos que amplían y permiten contornear adecuadamente cualquier acto realizado. Sustantivos innumerables que permiten aludir a lo existente y cosificar lo imaginado; adjetivos que peculiarizan, matizan y logran transmitir aspectos, sensaciones y emociones enriqueciendo cada descripción, relato o acto conversacional. A todo ello se une el uso de un habla que debería mantener un equilibrado y coherente estilo acorde con la excelencia de nuestro lenguaje escrito. Pero la circunstancia no es ésta cuando cada vez con más frecuencia se emplea un indiscriminado y jocoso uso de expresiones malsonantes, tacos y otros improperios con los cuales determinadas personas pretenden ser «modernas», «estar al día» o «parecer más jóvenes y joviales». Esta manifestación hablada y aún más la escrita, merece cuando menos un punto de reflexión.

Los tacos nunca deben estar ligados a una consideración ética de la expresión oral, más bien habría que apelar a la dimensión estética del idioma hablado. Y digo hablado porque su uso escrito es más raro y también más desafortunado. Si la armonía sonora del lenguaje se descompone con ellos, ni que decir tiene que el equilibrio gráfico se destruye por completo. «Hablar mal» como comúnmente se alude para referirnos a quienes los emplean, es menos condenable que escribir con el mismo descuido. «Las palabras se las lleva el viento», reza un pensamiento popular, pero «lo que está escrito, se le siempre», dice otro de ellos. Efectivamente, leer los tacos es mucho peor que escucharlos ya que el oído inmoviliza menos que la retina; es más inmediato en la comprensión pero menos definitivo en la permanencia. Por eso, la defensa del uso de un castellano limpio y rico debe ser aún más entusiasta ante lo gráfico que ante lo sonoro.

La sensación de que las personas que abusan de los tacos quieren con ellos revestirse de cualidades a las que conceden una importancia que no tienen, cobra efecto cuando observamos que están ligados, en su contenido cada vez más irrelevante y absurdo, a mensajes de tipo sexual (todos los referidos a los órganos, actos o condiciones sexuales; que nunca he comprendido bien por qué deben aludir a situaciones de contrariedad, molestia o perjuicio), a relaciones de tipo familiar, o a aspectos religiosos, en su mayoría. Sexo, familia y religión; ámbitos todos ellos clave para el desenvolvimiento de la sociedad. Emplear tacos es tirar piedras a nuestro propio tejado tanto por su sonoridad inútil como por su contenido inapropiado.

Lo más curioso de todo esto son las paradojas que se dan precisamente con los defensores del taco por doquier. Frecuentemente son el colmo del egoísmo y la señera imagen del feminismo. Estas personas, en general, no quieren oír éstos en boca de sus hijos, alumnos, parejas o aquellas personas que tengan relaciones familiares, afectivas o de dependencia reconociendo implícitamente lo inconveniente de su uso. Por otra parte, tampoco les suenan bien en boca de mujeres o jovencitas. «Que lo diga un tío como yo¿vale, pero oír esas conversaciones en muchachas que no tienen más de doce años, dónde se ha visto», «en clase no se me escapa ni uno, ni quiero oírlos a mis alumnos¿fuera ya es otra cosa», «en mi casa sólo digo los tacos yo». Estas y otras muchas expresiones son habituales entre las personas que suelen emplearlos con frecuencia.

Debemos ser coherentes al menos con el lenguaje ya que éste es la clave de la materialización de nuestros pensamientos, emociones y sentimientos y por tanto, de nuestra conducta. Usando tacos, expresiones malsonantes o palabras inadecuadas solamente estaremos contribuyendo a la pérdida de la riqueza de un afortunado idioma que cada vez es peor usado y más selectivamente economizado. Posiblemente, algún lector, ante estas líneas defensoras de una expresión clara, adecuada y exacta, pueda pensar que la única forma de que nos entendamos bien sea con el uso del taco puntual y gracioso. Está equivocado si de esta creencia hace su lema. Podemos entendernos muy bien explicándonos correctamente. Sin cursilerías, sin caer en la pedantería de hablar como si escribiésemos un poema, sin desbordar la simple circunstancia de expresarnos como sabemos sin necesidad de apoyarnos en muletillas que más que apoyos parecen bastones capaces de ser arrojados con tanta fuerza como se emplea al decirlos. En muchas ocasiones, el taco prolonga un puño que quisiera ser usado contra algo o contra alguien; aspecto violento que le hace perder la poca gracia que tiene pero que permite a quien lo utiliza ejecutar sin actuar.

A lo largo de toda esta defensa del lenguaje inteligente, esto es, del lenguaje operativo, directo, simple y de un habla llana y natural no puedo por menos de advertir que no se trata de evitar absolutamente toda expresión de sorpresa, miedo, asombro, duda, queja o descontento. Posiblemente un taco a tiempo sea conveniente. Pero lo que sin duda no es admisible es el taco indiscriminado e inoportuno, la competición de tacos en las conversaciones, el taco inútil e innecesario y sobre todo, el taco hiriente, agresivo o destructor.

Algunos de nuestros literatos más prestigiosos han hecho gala del «taco campechano» en su boca. Personalmente nunca me ha parecido que les haya aportado nada interesante ni tampoco que haya mejorado su persona o sus cualidades, más bien creo que se han valido de una cortina popularizante tras la que han pretendido unirse al pueblo. Craso error. El pueblo siempre es soberano y sabe muy bien donde está la norma que el mismo ejecuta y hace válida, así como también conoce cómo debe expresarse cuando habla o cuando escribe. Ningún famoso literato, actor, pensador¿ debe erigirse en maestro de todos en cuestión de tacos, porque ellos nunca están de moda. A nadie le gustaría que su idioma fuese reconocido en otras esferas de la cultura, la ciencia o el arte internacional por el variopinto y singular diccionario de tacos del lugar. Nuestro idioma, tanto hablado como escrito, es suficientemente versátil, elegante, selecto y rico como para gozar de unas conversaciones espléndidas sin usar y menos aún abusar de palabras vacías, inadecuadas, inexpresivas y planas. Una propuesta para todos aquellos que abusen del vicio lingüístico de la expresión innecesaria: eliminar por un tiempo todo aquello que en palabras no tenga ningún sentido para la ocasión que se utiliza o pueda ser sustituido por vocablos, términos o interjecciones propias de la circunstancia o contenido al que se refieren. Los tacos nunca son una obligación que nos ayuda a crecer unas veces o a rejuvenecer otras. El idioma del que gozamos si es, sin embargo, un privilegio inestimable al que debemos hacer honor. Y que mejor tributo que su uso básico sin aditivos. Decirlos, puede suponer una falta de estética comunicativa; escribirlos, se convierte en una patología que sin duda hace enfermar lo que se lee e indigna a quien lo lee.

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