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| Alí Medina Machado
Diario el Tiempo (Venezuela)
Viernes, 7 de agosto del 2009

LA INTERJECCIÓN, ¿CATEGORÍA O QUE? (Y. II)

A veces, gramaticalmente enfrentados a una clase de palabra o construcción, la vemos muy superficialmente, hasta con desdén, sin saber, ¡oh! pobre de nosotros, que toda forma gramatical tiene una superficie, es cierto, pero tiene a su vez una profundidad infinita, como en el caso de la Interjección, a la que solemos soslayar sin comprender la nutrida biografía que tiene como hija que es de la Señora Gramática. Tan es así, que inclusive, algunos tratadistas la dejan de lado y no la tratan, no por su complejidad sino porque la consideran débil e inconsistente como forma.


Nuestra apreciada Interjección tiene un gran valor expresivo como producto sentimental que es. Es enteramente interior, a veces nos sale del alma, aunque otras veces viene desde los riñones. En el primer caso cuando la genera el amor o la alegría (¡Oh! te amo); en el segundo, la rabia o el dolor (¡Ay! Mi madre).

Y hasta clasificación estructural tiene. Primero, por su razón de ser semántica. En este caso, «las interjecciones propias más que un significado objetivo y fijo, poseen un significado subjetivo de acuerdo con el momento de su emisión». En los ejemplos que acabamos de dar vemos la utilización de la interjección (¡Ay!) con un doble valor semántico de amor y de dolor, respectivamente.

En su estructuración morfológica si es verdad que permanecen rígidas, porque su mamá Gramática no les permite mirar para ninguna parte, ni ponerse ningún tipo de adorno, es decir, no admite cambio alguno en su conformación material. Por eso nos dicen que son invariables, tanto las propias, directas; como las impropias, indirectas; que ambas maneras de titularlas podemos emplear. Usted dice ¡Paf! y es ¡Paf! Usted dice ¡Bravo! Y es ¡Bravo!

Y podríamos preguntarnos ¿Cómo funcionan sintácticamente? No funcionan, justamente por no constituir una parte de la oración, sino que ya de por sí ellas son oraciones unimembres. Ellas son un único miembro. Son incidentales, ocurre, sin embargo, que en este aspecto sintáctico si pudiéramos hacer algunas disquisiciones con las interjecciones para ponerlas a funcionar. Podríamos decir: Ayes lastimeros se oyeron. Y ya, cambiamos Ay por Ayes, pluralizamos la interjección y rompimos con lo que acabamos de escribir. Pero no es así, porque en esta oración en la que Ayes aparece en plural, resulta que la palabrita ya no es interjección sino sustantivo. Y sin necesidad de haberla pluralizado, si la mantuviéramos como ¡Ay! En singular, pues también la podemos poner a funcionar sintácticamente, bien como sujeto o como cualesquiera otras funciones: Un ¡ay! profundo se oyó en el recinto. La niña pronunció un ¡ay! profundo. Es sujeto en el primer caso y complemento directo en el segundo, por ser sustantivos.

Si miramos el libro de otro autor, muy calificado por cierto (por eso tenemos que trabajar con varios libros abiertos para preparar las clases), nos encontramos ahora con que, «La Interjección es un signo que puede contradecir las leyes fonológicas de la lengua» (cualquier – pelusa) Y son precisamente las propias las que pueden cometer este «fonologicidio», por ser la mayoría de ellas esencialmente agramaticales como ¡puf!, ¡pss! ¡chist!, aunque, es verdad, algunas «poseen una estructura fonológica correcta, como en el caso de ¡Ok! ¡Ay!». Este autor refiere que nuestras amigas —las interjecciones— de las que venimos hablando con tanto empeño, no tienen valor gramatical, y que actúan, las pobres, de un modo elemental. Las clasifica en apelativas, expresivas y representativas. Y a éstas últimas, como ¡zaf! ¡paf! ¡pun! Las considera verdaderas onomatopeyas, por lo que entonces son figuras reproductoras de sonidos. Y viene luego a pasearlas por la historia de la lengua universal para decirnos que fueron adverbios para los griegos, parte de la oración para los latinos, como equivalente de frase, aunque esto último no fue muy aceptado, ya que la frase admite ser enunciada en estilo indirecto, en tanto que la interjección es de estructura fija siempre: ¡hurra! es hurra siempre, y no ¡rrahu!

Finalmente, queremos expresar que la Interjección, a nuestro modo de ver, es muy hermosa, por ser afectiva, por su riqueza de este tipo de contenido. Además, tiene su distinción y prosapia, por su exclusividad gramatical, así sus medio-hermanos morfológicos no la quieran mucho ni la acepten como miembro de la familia. Ella es desenfadada y le luce mucho ese carácter de improvisación y de espontaneidad que tiene. Quiérase o no, es una clase de palabra. Exige que las convenciones de la lengua la acepten y la empleen con esa carga de afectividad y emotividad que es capaz de generar.

Y cerramos nuestro comentario sobre la Interjección, con esto que la define y le da carácter. Nos dice un autor que las notas léxicas de las interjecciones son siempre emocionales, como predicaciones de los sentimientos del hablante. Por eso, «ese mismo contenido emotivo hace que vaya, indefectiblemente acompañada de un sintonema exclamativo, que se representa en el lenguaje escrito con los signos de admiración».

«¡Cómo no vamos a admirar a estas pequeñas criaturas gramaticales vestidas siempre con signos de admiración!».

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