Noticias del español

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| Ernesto Sábato
El Diario del Otún, Colombia (radional.gob.pa)
Viernes, 28 de julio del 2006

LA INDOMABLE ENERGÍA DEL IDIOMA

En medio de la catástrofe que vivimos, el rescate del hombre deberá tener en cuenta y promover, a su vez, la recuperación del lenguaje viviente.


Como la vida, el camino de las lenguas es tortuoso e irracional, excepto, claro, el idioma de la ciencia, en que «hipotenusa» tendrá la eternidad de los objetos ideales. Sólo la platónica lengua de la matemática será, siempre, para toda la eternidad lo mismo, pero no el habla de los seres humanos, lleno de impurezas que, lejos de ser una calamidad, como sostenían ciertos inspectores de la moralidad lingüística de otros tiempos, constituyen la afirmación de la vida sobre la muerte.

Con su indomable energía, Isabel la Católica quiso que el habla de Castilla, ya consolidada, se convirtiese en la de los territorios conquistados, en el convencimiento de que el lenguaje podía aligar pueblos muy diferentes. El intento era políticamente comprensible, pero sicológicamente impracticable, porque los idiomas terminan rechazando siempre las imposiciones, aún las imperiales. Y así el español siguió cambiando. La vida, las infinitas novedades, la descomunal aventura, fueron alterándolo, y en medio de semejante epopeya fue probando su vigor y su invencible resistencia. La fuerza expansiva que ha demostrado tener el idioma español confirma, a su vez, que la Conquista fue algo infinitamente complejo que convirtió en una unidad espiritual a una veintena de naciones de diferentes razas.

Desde sus comienzos hasta nuestro días, la ilustre lengua sigue cambiando y enriqueciéndose con la vida y las vicisitudes de sus hablantes, tanto en las grandes metrópolis como en las descomunales selvas y cordilleras de nuestro continente, y en todos los sitios del mundo en que se lo habla; probando en semejante epopeya su vigor y su invencible resistencia, manteniendo su cohesión en las irrefrenables mutaciones, según esa dialéctica entre la tradición y la renovación que rige los grandes fenómenos culturales.

Aún dentro de una misma nación hay inevitables diferencias, en una misma ciudad hay distintos idiolectos, con diferencias notables entre un hombre cultivado y un cargador del puerto, entre un hombre y una mujer. Y aún en la misma clase, según el temperamento, la cultura, los inevitables personalismos; de modo que hay tantos españoles como integrantes de nuestro ámbito lingüístico y hasta en un mismo lugar y época. Y así Cervantes, en algún momento dice por boca de su escudero «Que no hay razón para que el sayagués hable como el toledano». Reivindico el idioma como expresión libre; profunda y sutil radiografía de la personalidad de un pueblo. Reivindico el derecho a las particularidades y características propias, única posibilidad de abrir nuevos mundos en el mundo.

A diferencia de ciertos académicos, siempre he sido partidario de la lengua viva, cuya valoración y respeto supo transmitirme Don Pedro Henríquez Ureña. Aquel humilde profesor de literatura de mi colegio secundario rechazaba todo intento de cristalización de la lengua, lo que paradójicamente le permitía su continuo crecimiento. El adhería a la afirmación de Vossler cuando sostiene que una literatura fuera de lo común, para lograrse, requiere cierta tirantez entre las categorías gramaticales y los arranques psicológicos.

Muchos académicos imaginaban que una lengua sin codificación terminaba en el desorden, pretendiendo ignorar que las obras maestras de la literatura griega se escribieron sin ninguna especie de gramática. Como tampoco se hicieron con preceptivas el Cantar de los Nibelungos, la Canción de Rolando, el Cantar del Mio Cid, los poemas religiosos, el romancero español, la Divina Comedia y los sonetos de Petrarca. Y aunque el Renacimiento trató de imponer las normas latinas y en parte lo consiguió, los escritores poderosos fueron siempre rebeldes, de modo que importantísimas obras se levantaron sin esas ordenanzas: el teatro de Shakespeare, el de Lope y Calderón, y toda la novelística, desde El Lazarillo de Tormes hasta el Quijote.

El idioma lo hace la comunidad lingüística toda, de modo misterioso, disparatado pero vivo. Y Dante, que manejaba admirablemente el latín, en el que escribió el tratado de la monarquía, usó para su obra maestra la lengua del pueblo, la que se denominaba lengua vulgar, porque esas obras que tratan de seres humanos, vivientes y sufrientes, se hacen con sangre y con tinta, con las palabras en que se ama, se vive, se sufre, se quiere, se enfurece y se muere.

Apasionadamente celebro la enorme expansión de nuestro idioma y me apresuro a alentar su permanente transformación dada la riqueza generadora de arte que su propia matriz alberga. Cada hombre, cada mujer, cada niño, seguirán nutriendo el idioma español al expresar su visión del mundo, con su propia entonación, con ese elemento inmaterial pero constituye, a mi entender, el matiz espiritual de una lengua. Prefiero, por lo tanto, el habla española de los seres vivientes, amo su autenticidad cuando narran sus luchas, sus dolores, sus esperanzas y anhelos.

Esta época que vivimos es un durísimo momento de la historia, pero también una encrucijada plena de promesas. En medio de la catástrofe que vivimos, el rescate del hombre deberá tener en cuenta y promover, a su vez, la recuperación del lenguaje viviente.

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