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| Angélica Gallón Salazar (Elespectador.com)

La historia detrás del Diccionario de americanismos

Agarradera, agarrón, berrinche, bochinche, bonche, bululú, burileo, buya, chamusca, cachimbeo… Estos son sólo diez de los ochenta sinónimos que tiene la palabra ‘pelea’ en todos los países de Latinoamérica.

Esas palabras coloquiales, esos usos populares que parecen estar vaciados de todo sentido cuando se les saca de su contexto geográfico de uso, fueron la obsesión del cubano Humberto López Morales, secretario general de la Asociación de Academias de la Lengua Española, por más de 14 años.

El académico se empeñó en configurar el primer diccionario de americanismos.

El gran libro de significados de la Real Academia Española sólo integra entre sus páginas palabras generales que se usan en todas los países en donde se habla el español, pero por décadas quedó por fuera de esa selección toda la riqueza que tejen los pueblos latinoamericanos al inventar palabras para decir algo de una forma más cercana .

López Morales sabía que si algún lector encontraba, por ejemplo, la palabra fregado en una novela o en un folletín e intentaba ir al diccionario en busca de su significado, no lo encontraría. Nadie le diría así que la palabra fregado, dependiendo de si se usa en México, Colombia o Nicaragua, tiene acepciones distintas: ‘una persona que está en mala situación ’, ‘algo que es difícil de solucionar’ o alguien que simplemente ‘es inquieto’.

«Revisamos lo que había en el mercado de diccionarios de uso del español y lo más reciente tenía cuarenta años. Para mí era una vergüenza, cómo era posible que el español hablado en América, que es tan riquísimo, no estuviera recogido y registrado en ningún documento», explica el secretario.

Que ¡chite! es la forma con la que se espantan los perros, que tatuco es cualquier tipo de vasija y que ¡épale! era a la vez una advertencia de peligro o una expresión de alegría y fiesta, fueron algunos de los más de 60.000 registros de palabras y 200.000 acepciones que López Morales y todas las academias de la lengua fueron recogiendo. «Esta obra constituye un nuevo fruto de la política lingüística de las academias, comprometidas en su trabajo por la unidad del español sin menoscabo de su rica y fecunda variedad», explica este apasionado por la lengua.

El resultado consignado en un solo tomo de 2.400 páginas excluyó, por tanto, el léxico común a todos los hispanohablantes y acercó, con detalle, la riqueza de vocablos propios del uso de los distintos países de América.

Además, en las páginas finales aparecen unos índices en donde están registradas todas las palabras que tengan más de 10 sinónimos. «Están palabras sexuales como pene, que tienen más de 250 sinónimos. Todo lo relacionado con frutas, vegetales, lo metafórico, escatológico», asegura entre risas el académico, quien añade: «De hecho, una académica me dijo que este diccionario estaba lleno de malas palabras. Yo le respondí que era un diccionario de usos y los únicos requisitos que tenía para considerar una palabra era justamente que se usara y que además apareciera en alguna documentación escrita».

Morales López incluyó así sin ningún pudor palabras que a muchos pueden sonrojar. Una convicción lo alentaba: «Las palabras no son buenas ni malas, somos nosotros quienes decidimos qué son, pero ellas genuinamente no tienen la culpa».

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