Noticias del español

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| Daniel Samper (eltiempo.com, Colombia)

La guerra (gramatical) de los sexos

Un simposio en el lugar donde nació la lengua española reunió a feministas, lingüistas y periodistas para hablar acerca de sus discordias. Estuvieron juntos tres días. Y todo acabó bien

Empezó mal, pero terminó bien. Víctor García de la Concha, el activísimo director de la Real Academia Española, quiso explicar a las mujeres que lo escuchaban que la institución que ellas consideran discriminatoria no lo es. La evidencia iba en su contra, pues de 40 académicos solo tres son mujeres y la Academia llevaba 266 años de vida sin una sola dama a bordo cuando fue por fin elegida, en 1979, la primera académica. A María Moliner, autora de uno de los más famosos diccionarios de nuestra lengua, la candidatizaron con sobra de méritos en 1972 y resultó derrotada.

«La Academia no desea ser ni feminista ni machista, sino estar en el medio», dijo García de la Concha en su discurso.

La frase no gustó, y las mujeres se sintieron ofendidas. «Lo opuesto al machismo no es el feminismo —comentó una—. El machismo es un abuso que implica violencia y atropello; el feminismo es un movimiento que lucha contra el injusto lugar de la mujer en la sociedad y revindica derechos conculcados. Enfrentar los dos conceptos es como afirmar que el delincuente y el fiscal están en los extremos y la Justicia en la mitad.»

Así de mal empezaban las cosas.

Aquí nació el español

Lugar: monasterio de San Millán en La Rioja, España.

Fecha: mayo de 2009.

Asistentes: un grupo de lingüistas y periodistas de América y España.

Ocasión: un simposio de tres días inaugurado por el director de la Real Academia Española y otros personajes.

Título oficial del simposio: «Mujer y lenguaje en el periodismo en español».

Título que debería haber tenido: «La guerra (gramatical) de los sexos».

Hace algo más de mil años, un monje del monasterio de San Millán de Suso, que se dedicaba a copiar manuscritos en pergamino, escribió al margen de ciertos textos el significado de algunas palabras latinas en la lengua de los lugareños de La Rioja. Fueron más de mil glosas traducidas al que ya era un idioma nuevo y diferente del latín y el romance. Ese idioma, transformado por los siglos, es el español que hoy hablan más de 400 millones de personas. El monasterio levantó otro edificio (San Millán de Yuso) en el siglo XVI, y este habilitó en enero de 1995 una de sus alas como hospedería.

Fundéu BBVA, entidad dedicada a fomentar el uso correcto del español, consideró que no había escenario más adecuado para montar un encuentro entre dos grupos unidos por la pasión del idioma pero separados por mutuas recriminaciones. De un lado, una selección de filólogas y del otro, un puñado de periodistas. Aquellas se quejan de que la prensa y el diccionario de la Real Academia (DRAE) padecen un sesgo machista que hace invisibles a las mujeres en el proceso de la comunicación. Los periodistas aducen que las feministas, asfixiadas por los gases tóxicos de lo políticamente correcto, pretenden imponer un lenguaje artificial, gramaticalmente retorcido e inadecuado como herramienta para entenderse con los lectores.

Aunque este debate se da desde hace algunos años, era esta una de las primeras veces en que los dos grupos se reunían cara a cara dispuestos a airear sus diferencias.

Dispárenle al Diccionario

El primer objeto de ataque fue el Diccionario. Según las lingüistas, este libro, biblia de los hispanohablantes, recoge miles de ejemplos de la discriminación milenaria que ha ejercido el hombre sobre la mujer.

En el 2001 la Academia encargó a un grupo de profesoras de gramática que descubrieran sesgos machistas en las definiciones del DRAE. Hallaron 51.000, de las cuales solo 17.000 han sido modificadas. Hay 397 profesiones u oficios que solo tienen o tenían sustantivo masculino, como si las mujeres no pudieran ser dramaturgas, yunteras, obispas, banderilleras o soldadoras. En cambio, 69 registraban únicamente el sustantivo femenino, como si se reservara el oficio a las mujeres. Entre ellos, azafata, costurera, violetera y zurcidera.

El alegato básico es que la sociedad ha cambiado y el diccionario se resiste a hacerlo: la mujer ahora tiene acceso a cargos y profesiones que antes se le negaban, y muchos otros oficios que fueron exclusivamente femeninos hoy los ejercen también hombres. ¿No hay acaso costureros y azafatos?

Dispárenles a las mujeres

Decía Hobbes que «el hombre es lobo del hombre», y seguramente la cónyuge de Hobbes se habría atrevido a agregar que «la mujer es loba de la mujer».

Así lo demuestra el caso de mujeres que no toleran la extensión a la mujer de sustantivos tradicionalmente masculinos cuando se trata de profesiones de prestigio. Aceptan sin problemas la panadera, la lavandera, la cocinera y la planchadora, que corresponden a oficios humildes típicos desde antaño en el mundo femenino. Pero prefieren llamar la médico y no la médica a la mujer que ejerce la medicina, o la ingeniero, la arquitecto, la abogado a las que ostentan un grado en estas profesiones.

Pero esta no es culpa del Diccionario sino de quienes emplean la lengua. El Diccionario, subrayan los académicos, se limita a recoger el habla de la gente.

Si el lenguaje refleja la realidad, aquel debería haber cambiado hace rato, porque hace mucho tiempo las universidades gradúan miles de mujeres cada año. Aquellas mujeres que se encrespan e irritan cuando no les dicen médico o abogado perpetúan en el lenguaje una desigualdad que se está corrigiendo. No opera mejor una cirujano que una cirujana, ni rinden menos los maizales de una ingeniera agrónoma que los de una ingeniero agrónomo.

Las filólogas alegan que el hombre conspira contra su visibilidad cuando se niega a aceptar, por considerarlo extraño, un sustantivo raro pero gramaticalmente correcto. ¿Por qué debe decirse juez y no jueza, si se acepta marqués/marquesa, guardés/guardesa, danés/danesa? ¿Qué impide llamar concejala a la mujer que acude al concejo municipal, si hasta los colegiales y colegialas cantan en Navidad Los zagales y zagalas? ¿Qué razón hay para que quien gobierna un avión no sea una pilota sino una piloto?

(Tengo una querida amiga que considera una barbaridad hablar de presidenta, jueza o detectiva. Pero no hay que ponerle muchas bolas, porque también dice que soy mal columnista.)

Dispárenles a las ministras

Ignorante de estas normas que se aprenden en la escuela y se olvidan en la oficina, la secretaria de Relaciones Internacionales de un partido español hizo en abril del año pasado un llamamiento a «los jóvenes y jóvenas socialistas».

En la reunión de San Millán nadie llegó al extremo de apoyar semejante exabrupto, porque todos estaban de acuerdo en que no es posible ahorcar el cuello a la gramática para dar visibilidad a las mujeres. Las jóvenes, de todos modos, están incluidas en los jóvenes, pues en español, por tradición convertida en regla, el género masculino abarca en muchos casos al femenino.

Empezamos con jóvenes y jóvenas, y pronto aterrizaremos en mártir y mártira, virgen y vírgena, adalid y adalida, feroz y feroza, cruel y cruela (como la bruja de los dálmatas), miembro y miembra

Bueno: a esta última ya llegamos. Hace pocos meses, la ministra de Igualdad española habló en el Parlamento de miembros y miembras.

Dispárenles a los desdoblamientos

En el simposio de San Millán fue fácil encontrar acuerdos entre las partes acerca de los sustantivos femeninos que, aunque de raro uso, obedecen a una lógica y un respeto general por la gramática. El punto crítico, el que realmente divide a los periodistas y a las defensoras de la visibilidad femenina, fue el de los desdoblamientos absurdos.

Es una modalidad de lenguaje que se ha impuesto en los círculos políticos, y consiste en reiterar siempre, sin necesidad y a modo de estribillo, la correspondencia femenina de menciones masculinas. Como se dijo, en muchas lenguas el género masculino implica, según el contexto, también al género femenino. Podría ser al revés, pero, por razones históricas, es así. Esto significa que cuando Antonio Nariño traduce los Derechos del Hombre no está dejando de lado los derechos de la mujer, y que cuando la Constitución dice que «todo colombiano tiene derecho a circular libremente» no está negando este derecho a las colombianas.

Bueno: las feministas creen que esto tiene que cambiar. Y han logrado que las oigan en algunos foros. El siguiente, por ejemplo, es el artículo 41 de la nueva Constitución de Venezuela:

«Sólo los venezolanos y venezolanas por nacimiento y sin otra nacionalidad podrán ejercer los cargos de Presidente o Presidenta de la República, Vicepresidente Ejecutivo o Vicepresidenta Ejecutiva, Presidente o Presidenta y Vicepresidentes o Vicepresidentas de la Asamblea Nacional, Magistrados o Magistradas del Tribunal Supremo de Justicia… (y así durante muchos renglones más)».

¿Es preciso hundirse en semejante pantano para decir lo que podría expresarse con toda claridad en pocas palabras? ¿El hombre y la mujer son lobo y loba para el hombre y la mujer? ¿Emplea los mismos procedimientos farragosos Hugo Chávez en su vida cotidiana? ¿Acaso dice en casa, cuando lleva a sus hijos de paseo: «Salgo con los niños y las niñas para que pasen un día contentos y contentas»? Si lo hace es para ganar electores. Y electoras.

(Mi admirada Piedad Córdoba es partidaria de estas simetrías insufribles, y por eso el grupo que ella orienta se llama «Colombianos y colombianas por la paz». En sus discursos suele referirse a «los compañeros y compañeras esperanzados y esperanzadas de salir triunfadores y triunfadoras en este proceso».

– ¿Te has dado cuenta —le pregunté alguna vez— que cualquiera de tus discursos ocuparía dos páginas en inglés y veinte en español, por culpa de esa repetidera innecesaria y cansona?

Pero ella y muchas de las mujeres admirables que la acompañan piensan que, aunque resulte cansona, no es innecesaria, porque les otorga visibilidad).

Dispárenle a la abstracción

Visibilidad. Ese es el primer argumento para llevarse de calle el sano principio de la economía en la expresión, pilar de cualquier lengua que se precie de servir para cosas mejores que folletos de instrucciones. El segundo son los sustantivos abstractos. Hay palabras que pueden emplearse sin problemas para abarcar los dos géneros. En vez de «todo colombiano tiene derecho a circular libremente», la Constitución podría decir «todo ciudadano». En vez de «Los derechos del hombre» cabrían «Los derechos humanos».

Pero el lenguaje periodístico, como bien dijo Ernest Hemingway, debe emplear palabras concretas, tangibles, que huelan, que tengan sabor. Cambiar «los médicos operaron a los heridos» por «el personal médico intervino quirúrgicamente a las víctimas» o sustituir «los basuriegos» por «el colectivo de reciclaje de deshechos» es atentar contra el relato periodístico y literario.

Si se exige a los medios de comunicación que desconozcan la norma de género gramatical, ¿por qué no pedirles también a los escritores que hagan visible a la mujer en sus obras? Que Vargas Llosa reescriba «La ciudad y los perros y las perras» o, incluso, «La ciudad y los grupos caninos».

En este punto los periodistas rechazaron las propuestas de las feministas que desde el otro lado de la mesa habían dialogado en inesperada armonía y compañerismo con ellos durante tres días primaverales. Los entiendo. No hay quien escriba un periódico así sin provocar el tedio más absoluto entre sus estimados lectores y estimadas lectoras.

Estoy por pensar que, íntimamente, ellas también estaban de acuerdo. Al final, las cosas terminaron bien.

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