Noticias del español

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| Hugo de Lara
elfaroceutamelilla, España
Jueves, 16 de abril del 2009

LA GUERRA DE LAS CIFRAS

Cada cierto tiempo, cuando toca, los hablantes de determinadas lenguas sacan a relucir el cómputo general de personas que comparten su elongación lingüística a nivel internacional queriendo alcanzar con ello, aparentemente, notoriedad.


Se piensa, se cree y así se demuestra a menudo que cuanto mayor número de personas hablen una lengua, más importancia ha de tener esta por el mero hecho de abarcar una cantidad superior, haciéndose un hueco en el amplio espectro que supone el dominio lingüístico mundial. Sin embargo es una manera simplista y poco cabal de medir la importancia de cualquier lengua que se exponga a una observación pormenorizada, pues desde el momento en que comienza un análisis más crítico y profundo se revela un factor importantísimo: el peso cultural de aquellas personas que hablan una misma lengua en el conjunto mundial. Y esto, precisamente, se desdeña en pro de argumentos poco consistentes respecto a la hegemonía lingüística en nuestro planeta, lo cual ensucia y distorsiona la imagen de las lenguas más importantes.

En particular el español ha estado recreándose en su buena posición internacional intentando rivalizar con el rey del mundo, el inglés, que sin duda va a continuar imperando durante muchísimo tiempo pues se ha convertido en un idioma estándar útil y, más importante aún, eficaz. Pese a que «la Guerra de las cifras» imponga una relativa cercanía entre estas dos lenguas —esencialmente basada en la cantidad de hablantes, de ahí su nombre— lo cierto es que el factor relativo a la importancia cultural de aquellos que lo practican en la actualidad es determinante, pues separa ambas lenguas tajantemente.

El español se nutre en una medida considerable de los países del centro y, sobre todo, del sur de América, cuya población, si bien es numerosa, no posee una capacidad de influencia tan amplia como para poder incidir a través de su lenguaje en términos culturales de alcance internacional. El lastre que arrastran estos países, en buena medida asfixiado por regímenes autoritarios comandado por auténticos caciques, impiden que el peso que pudiera tener toda esta población realmente cuente como tal, pues a pesar de los números se desvanece la importancia en el mundo que una población sin una amplitud cultural adecuada a la actualidad pudiera ofrecer en otras condiciones.

No obstante, sin irnos más lejos, en Norteamérica nos encontramos con una de las principales piezas del famoso idioma que otrora balbuceó Poe, EE. UU., cuya posición actual y su insistente preparación y desarrollo cultural confluyen en un enriquecimiento pleno de la lengua que practican para transmitirlo. Ante las dificultades en el plano cultural que tienen los yanquis debido a la sucinta historia que poseen en comparación con la del viejo continente, éstos han intentado paliar su particular vacío a base de un excesivo interés en todo lo que signifique cultura, reinventando concepto existentes y creando otros tantos de mano de sus propios hijos o de inmigrantes que buscan el indescriptible sueño americano.

Realmente y siendo sinceros, ¿es posible comparar la expectación cultural de la América de habla hispana en comparación con la de habla inglesa? Cuanto menos es un tema que merece una reflexión más pausada, con menos precipitaciones, pues de poco puede servir que cien millones de personas hablen un determinado idioma si la mitad —aun no siendo el caso— habla otro distinto y supera a estos cien en su incidencia en el mundo a través de una cultura y unas relaciones socioeconómicas de calado considerable. Cantidad no es igual a calidad pero quizá esto sea demasiado difícil de hacer entender a una sociedad plenamente capitalista como la nuestra que incluso en temas como estos únicamente responde ante números, cifras, mediante las cuales mostrar, como sea, su superioridad.

El problema es que, en primer lugar, el inglés continúa superando en número al español, además de controlar las principales vías de influencia a la sociedad internacional. ¿De qué sirve, pues, esta guerra sin aparente objetivo más que para el falso enaltecimiento? Personalmente desconozco si algún día esta pregunta obtendrá su respuesta o si es más sencillo que todo y esto y ya la tiene: la mera publicidad del lenguaje sin aspiraciones más profundas. De cualquier modo, dudo que el español pueda alcanzar la hegemonía mundial ya que el arraigo del inglés es total y los chinos crecen a una velocidad de vértigo.

Pero puedo apostar lo que sea a que el chino, que se presenta como la lengua del futuro, poco podrá hacer por muchos hablantes que consiga, pues es un país que ha olvidado el plano cultural y sólo se preocupa por lo económico, y la economía, a pesar de ser el principal motor de la historia, es simplemente economía.

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