Noticias del español

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| R. Pérez Barredo
diariodeburgos.es, España
Lunes, 13 de diciembre del 2010

«LA GRAN AMENAZA PARA EL IDIOMA SON ESOS PROGRAMAS QUE NO QUIERO NOMBRAR»

Gabino Ramos. Filólogo y coautor del Diccionario del español actual.


Nació en Villafruela y estudió en Madrid. Reputado filólogo, es uno de los autores de una obra excepcional de la que pronto habrá una reedición ampliada: el Diccionario del español actual, fruto del trabajo de tres décadas.

Para construir una obra monumental y con vocación de permanencia hay que ser tan soñador como sacrificado. Gabino Ramos, nacido en Villafruela, lo sabe bien. Hace casi cuatro décadas se propuso, junto a Manuel Seco y Olimpia Andrés, confeccionar un diccionario con las palabras que usa la gente. Creyeron que podrían hacerlo en seis años.

Tardaron treinta en conseguirlo porque partieron de cero. Lo esencial de tan titánico esfuerzo es que esa obra, el Diccionario del español actual, no está basada en lo que han hecho otros diccionarios, sino en lo que ellos indagaron de su uso real. El resultado son 75.000 palabras, 141.000 acepciones y 200.000 citas de usos vivos de nuestro tiempo.

Su publicación tuvo una enorme repercusión, llegando a traspasar las fronteras nacionales, donde recibió halagos por doquier. Aunque todavía no hay fecha de publicación, los tres ‘valientes’ se hallan inmersos en una reedición de esta catedral de la lengua con más palabras, más aceptaciones y más citas de usos. Este filólogo y catedrático de francés desentraña las claves de una obra memorable.

Puesto que se ha pasado medio vida definiendo términos, defíname ‘su’ diccionario…

El Diccionario del español actual es el primer diccionario de nueva planta que se hace en España desde que, en el siglo XVIII, la Real Academia Española publicó su Diccionario de Autoridades, cuyo primer volumen apareció en 1726; y el último, el sexto, en 1739.

Cada palabra y, dentro de cada palabra, sus diferentes acepciones, llevaban uno o varios textos literarios. Estos textos son las «autoridades» que avalan las definiciones de las palabras y acepciones registradas. Ésta es la razón por la que se dio a este diccionario el nombre de Diccionario de Autoridades —pues se llamaba Diccionario de la lengua castellana—.

Que nada tiene que ver con que sea autoritario…

El título de Diccionario de Autoridades no se debe, pues, como alguien ha dicho, a que la obra tuviera una orientación autoritaria. Nuestro Diccionario vuelve a la concepción lexicográfica de los académicos del siglo XVIII. Todas las palabras y sus diferentes acepciones, salvo contadísimos casos, van acompañadas de la correspondiente «autoridad» o «autoridades», pues en muchas ocasiones son varios los ejemplos. Es, pues, el primer diccionario que se hace sin tener en cuenta otros diccionarios.

¿Cómo se aborda una obra de tamaña magnitud?

Se requiere una paciencia y una minuciosidad benedictinas.

¿Pensaron, cuando se propusieron el reto, que nuestra lengua no tenía un inventario léxico de garantías?

El punto de partida del Diccionario del español actual fue la necesidad de hacer un inventario del léxico español de nuestra época. Ningún diccionario se había propuesto nunca hacer ese inventario. Para llevarlo a cabo, era indispensable realizar un ‘despojamiento’ de muchas obras. Eso fue lo que hicimos en una primera fase, antes de iniciar la redacción. Al comenzar a redactar, nos dimos cuenta de que era necesario que uno de nosotros tres se dedicase exclusivamente a la documentación. Por diversos motivos, se estimó que yo era la persona adecuada, corriendo, desde entonces, de mi cuenta esta laboriosa tarea.

¿Cómo se realizó el proceso?

En una primera fase, la papeletización de los diferentes textos se hizo de forma exhaustiva. Luego, para que el excesivo acopio de material no frenara la redacción, se impuso un ‘despojamiento’ selectivo, con continuas consultas de los ficheros para sacar únicamente lo que era necesario y deseable de las numerosas ofertas emanadas de una lectura atenta, pues sólo hemos utilizado fuentes escritas. La gran ventaja que tienen estos testimonios escritos es que el lector puede comprobar, si lo desea, la realidad de estas citas. Se ha procurado la riqueza y variedad de la documentación, que incluye desde el gran escritor hasta el más humilde colaborador de un modesto periódico de provincias, pasando por los discursos de Su Majestad El Rey, las páginas amarillas de las guías telefónicas, el Boletín Oficial del Estado, prospectos, envases de productos, etc. El Diario de Burgos está muy bien representado en esta documentación.

Tres décadas dedicado a una labor que parece inabarcable son muchos. ¿Ha tenido que renunciar a demasiadas cosas?

En un principio, nuestra ingenuidad nos hizo creer que íbamos a terminar el Diccionario en 1976, como rezaba nuestro primer contrato. Si me hubieran dicho que iba a necesitar treinta años, a lo mejor no lo hubiera iniciado. He tenido que renunciar prácticamente a todo, resintiéndose la vida familiar en muchos momentos. Mi familia ha considerado el Diccionario como su enemigo. Ha sido casi como una amante acaparadora y absorbente. Y las relaciones, como con la amante. He tenido momentos de gran entusiasmo; pero también muy malos, cuando ves que no sale adelante. Afortunadamente, coronamos la obra, y la coronamos con bien, y ha tenido un éxito que nosotros ni habíamos soñado.

A este respecto, ¿se le pasó alguna vez por la cabeza desistir?

A pesar de muchos momentos muy malos, nunca se me pasó por la cabeza abandonar el barco.

Una empresa de tal magnitud tiene mucho de revolucionario, novedoso y de profunda actualidad. ¿Lo considera así?

La contestación la tiene en la pregunta que usted se hace. La gran riqueza y variedad de los materiales hacen de nuestro Diccionario, como alguien ha dicho, una auténtica catedral del léxico español de la segunda mitad del siglo XX, a pesar de las lagunas que pueda tener; pues no hay obra perfecta, y menos un diccionario; por naturaleza, todo diccionario nace incompleto. No creo pecar de inmodestia si digo que el Diccionario del español actual representa una contribución única —al menos por hoy— para conocer el vocabulario de la segunda mitad del siglo XX. Así fue saludado por la crítica y hasta el diario Le Monde se hacía eco, el 5 de noviembre de 1999, de la unánime aceptación de la obra en España.

En este sentido, ¿cree que se habla y se escribe bien en España?

No se puede generalizar. Hay personas que hablan y escriben bien, pero la mayoría deja mucho que desear.

¿El español que se habla en la actualidad es más pobre que el que se empleaba hace cincuenta o cien años?

Es bastante diferente en muchos aspectos, pues todo evoluciona muy rápidamente. La lengua se está renovando continuamente con la aparición de neologismos. Muchas palabras que eran muy frecuentes en los años cincuenta han caído en desuso.

¿Son los extranjerismos y los vulgarismos una amenaza?

Los extranjerismos contribuyen a enriquecer nuestra lengua, siempre que no se abuse de ellos. Frecuentemente recurrimos a un extranjerismo cuando tenemos en español una palabra que expresa lo mismo. Esto es lo que no debemos hacer. En cuanto a los vulgarismos, hay que evitarlos.

¿Y formatos como internet o los móviles, soportes que parecen regirse por un idioma propio, son también un riesgo para el buen uso del idioma?

No podemos renunciar al progreso. Tanto Internet como los teléfonos móviles son muy útiles. El problema es el de siempre, que a menudo no sabemos usarlos. Lo que me asusta es el lenguaje con que se comunican nuestros jóvenes por medio de los móviles. Ésta sí que es una amenaza para nuestro idioma.

El Diccionario del español actual está al cabo de la calle. Hay que tener mucha atención y buen oído. ¿Es también la calle la fuente principal, además de los libros y los periódicos?

Nuestro Diccionario sólo recoge textos escritos.

Supongo que de los políticos no habrán tomado demasiada nota. No parece que corran buenos tiempos para la oratoria política… Escuchándoles da la impresión de que no suelen recurrir mucho al diccionario.

No se puede generalizar, pero hay que reconocer que muchos de nuestros políticos son ‘semianalfabetos lingüísticos’. No creo que consulten muchos diccionarios.

¿Qué me dice de los medios de comunicación?

Creo que son aceptables, nada más. Deberían procurar hacerlo mejor, esforzarse por acercarse lo más posible al nivel de las personas cultas. Todos merecemos un tirón de orejas. Reconozco que es muy difícil ponerse delante de un micrófono y hacerlo siempre bien. Hay que ser indulgentes. La gran amenaza para nuestro idioma son esos programas que no quiero nombrar y que son el escaparate más espantoso de la zafiedad y de múltiples coces al diccionario. Pocos consultan esta clase de obras, pero me consta que hay una minoría que sí lo hace.

¿Qué diferencias hay entre su diccionario y el de la RAE?

El DRAE no aporta textos que demuestren la existencia de las diferentes palabras y acepciones que recoge, como hace nuestro Diccionario. En cuanto a las definiciones, también es muy novedoso nuestro Diccionario, porque da mucha información sobre cómo funciona la palabra en su contexto. Esto es muy útil para escritores, traductores, profesores, periodistas y, en general, para el que tenga que manejar el idioma.

En este sentido, ¿cómo valora la labor de la Academia y sus honorables miembros?

Perdóneme, pero prefiero reservarme mi opinión. Sólo le diré que respeto y valoro la obra de la Academia.

¿Y de sus últimas decisiones como la de la i griega/ye o la del solo sin tilde?

Hace mucho tiempo que la Academia admite la supresión de la tilde cuando ‘solo’ es adverbio, salvo cuando haya que evitar una ambigüedad. Yo, que soy muy tradicional, prefiero poner la tilde. En cuanto a la ‘ye’, quiero recordarle que nuestro Diccionario tiene la siguiente entrada: «Ye f I griega. Tb el fonema representado por esta letra». La Real Academia Española tiene muy en cuenta lo que se dice en el mundo hispanohablante y mantiene una relación muy estrecha con las academias de todos los países de habla española. Muchas de las decisiones que toma son fruto de un consenso con estas academias. De todas formas, yo soy partidario de que la ‘i griega’ y la ‘ye’ convivan en pacífica armonía, que no se nos imponga la ‘ye’.

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