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| Editorial
La Razón, Bolivia
Sábado 28 de octubre del 2006

LA EVOCACIÓN DEL PODER DEL LENGUAJE

Los etnólogos y los lingüistas sostienen que en el planeta existen unas veinte mil lenguas. Pese a tanta diversidad, los seres humanos tienen el privilegio de comunicarse entre sí gracias al prodigio de la palabra. Además, sin ella no se podría articular el pensamiento, que es el forjador de la grandeza del hombre. De ahí que el evocar su poder será siempre una tarea necesaria y gratificante.


Con este propósito, se realiza en la ciudad de Cochabamba el IV Encuentro Iberoamericano de Escritores. El debate abordará la temática de Los usos y desusos del lenguaje. La primera jornada estuvo precisamente dedicada a recordar el lenguaje añejo y a efectuar una relectura de los códigos lingüísticos, que son los fundamentos de su existencia.

Esfuerzos de esta índole estarán siempre justificados, con mayor razón en el caso del castellano o español, debido a que las actuales generaciones son las responsables de conservar su buen uso, enriquecerlo con los avances de la ciencia y la tecnología, y darle el brillo que se merece con una correcta pronunciación.

Sobre la base de la palabra el hombre ha construido el lenguaje, hace miles de años. Desde entonces hasta ahora la palabra está en todos los momentos de la vida humana. Es la mágica criatura que permite la comunicación a más de 6.000 millones de personas que habitan el mundo.

En contraste con esta valoración de la palabra, se está dando también, con mucha frecuencia, su decadencia e incluso su humillación. En vez de usarse las palabras que implican el goce del arte verbal, se emplean términos vulgares y sucios. Por estas circunstancias, alguien ha dicho que la palabra está bajo fuego enemigo. El recurso de apelar a las imprecaciones, a las malas palabras, desfigura el lenguaje, lesiona su capacidad de expresarse con elegancia y el buen decir. Empobrece el idioma y le quita el encanto de la comunicación entre personas y pueblos.

Este deterioro del lenguaje tiene que ser frenado en las escuelas y los colegios, por ser éstos los lugares en que los niños y jóvenes adquieren el conocimiento y la formación cultural. En los tiempos que corren, se puede observar, con enorme pesar, que el lenguaje, la palabra, sufren el mayor daño. Los chicos apenas egresan con el lenguaje básico, peor aún con una lacerante incapacidad para la lectura.

A los medios de comunicación les corresponde jugar un papel decisivo en el manejo de la palabra y, por ende, del lenguaje. Aquella tendencia de innovar términos se agudizó tremendamente en los jóvenes profesionales. Pareciera que se sienten más cómodos, más modernos, el dejar de utilizar palabras que suponen que son arcaicas y que, por tanto, hay que desecharlas.

A los medios de comunicación se los ubica «por debajo de la línea de pobreza lingüística», ya que sólo estarían empleando un conjunto de 600 palabras, cuando lo ideal es que sea entre 15.000 y 20.000. Tal como lo hacen los escritores, que son los más respetables usuarios de la palabra, correspondería que las organizaciones gremiales de periodistas procedan de igual manera. Hace falta realizar una autocrítica del uso del idioma en los medios. El poder de la palabra es inmenso, por tanto hay que ocuparse de él.

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