Noticias del español

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| Rafael Mir
Diario Córdoba - Córdoba,Andalucía,España
Martes, 4 de julio del 2006

LA ENFERMEDAD DEL IDIOMA

He tenido la suerte de asistir en la Real Academia Española a la recepción pública de José Manuel Blecua , ilustre filólogo.


Mientras esperábamos el comienzo del acto, lleno el salón, miraba yo atentamente las dos vidrieras principales que se encuentran a ambos lados del dosel presidencial y que representan la Poesía y la Elocuencia, y a las que curiosamente se referiría el nuevo académico al final de su discurso, señalando su enlace temático con el grabado del cordobés Palomino que ilustra el Diccionario de Autoridades (1726, 1739), así llamado porque apoyaba sus entradas en citas de autores. Sobre sus principios versó el discurso.

Cuando el nuevo académico fue conducido al estrado por los dos académicos más modernos, como es tradicional en todas las Reales Academias, los tres vistiendo frac, como los que ya esperaban en el estrado, y puestos en pie los asistentes, pensé al verlo pasar a mi altura, escrutando su delgada y espigada figura y su considerable edad —no demasiada, desde luego— en cómo pasa el tiempo. Porque este mayor que publica y enseña desde hace años, no es el autor de los textos que los de mi generación estudiamos en Bachillerato: José Manuel Blecua Teijero . Este de hoy es su hijo; dichosa la rama que al tronco se parece.

Ojalá hubiera muchas sagas familiares como ésta, empeñadas en la defensa de nuestra maravillosa lengua española, tan agredida en estos tiempos por las simplezas y barbaridades de muchos medios de comunicación (destructores del idioma podrían llamarse decenas de locutores de radio y televisión, y presentadores y presentadoras, con más armarios de procedencia y escotes y entrepiernas enfocados por las cámaras, que preparación seria) y de personas que se dicen cultas y hasta se atreven a escribir para publicar. Los anglicismos, las faltas de ortografía y la cortedad del léxico son enfermedades de nuestra época.

Blecua dice en entrevista, cuidando de no mostrarse superior y demasiado exigente, que el español que se escribe en los medios es tan bueno y tan malo como el utilizado por los universitarios, añadiendo en seguida que «lo que ocurre es que falta una enseñanza firme y segura de las dimensiones orales y escritas de la lengua».

Por sus frutos los conocemos: a un jurado de premio nacional de novela nos han llegado originales con faltas de ortografía gravísimas, con las que nadie sobrepasaba el examen de ingreso a bachillerato, que se realizaba con nueve años, en 1940.

Pero no se crea que en la orilla buena solo hay viejos de otro tiempo, agarrados a las formas y a la exigencia, ajenos a los avances de la técnica. En el Departamento de Lengua Española de la Universidad Autónoma de Barcelona, que este Blecua de hoy puso en marcha, se aplican avanzadas técnicas informáticas al trabajo filológico.

A quienes amamos la palabra sobre casi todas las cosas, aunque algunos la amemos desde una poquedad lingüística considerable, nos congratula la llegada al quehacer académico de filólogos y escritores.

Acaba de entrar un filólogo y está ya a la puerta de la Real Academia Española, elegido por una mayoría que no es frecuente, un escritor como Javier Marías , artista de la palabra —sus novelas no están dictadas por el piloto automático— que acaba de resaltar su orgullo por acceder a una institución que será tricentenaria en pocos años, y que es y siempre ha sido laica e independiente. En tiempos de Franco , cuando los colegios profesionales y las universidades cubrían las ausencias de los no adictos al llamado movimiento nacional (muchas veces exiliados, cuando no presos o fusilados) con prisa y obedeciendo directrices ministeriales, la Real Academia Española mantuvo desocupados los sillones académicos de los ausentes Salvador de Madariaga y Francisco Ayala , ilustre exiliado de ayer e ilustre centenario de hoy.

El mismo Franco, que quitaba y ponía a quien le daba la gana en cualquier puesto o misión, respondió al ser informado de que Julián Marías era candidato a la R.A.E.: «No me gusta, pero no puedo hacer nada».

Hoy a todos nos gusta que su hijo Javier acceda al respetable lugar en que se lucha afanosamente en defensa de la palabra justa.

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