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| Agencia EFE

La eñe prevalece en Filipinas como parte de su legado hispano

Los más de tres siglos de presencia española en Filipinas no sirvieron para incorporar el archipiélago a la comunidad de naciones de habla hispana, pero sí sembraron una identidad cultural donde no falta la emblemática letra eñe.

Sin embargo, la supervivencia de la eñe en la nación asiática ha estado plagada de obstáculos, puesto que siempre fue vista como un fonema extraño al tagalo, el principal idioma de Filipinas.

Así lo vieron los padres del «pilipino», el lenguaje nacional establecido en la década de los años treinta del siglo pasado con ánimo de unificar el habla de un archipiélago con más de un centenar de idiomas y dialectos.

En consecuencia, la eñe no fue incluida entre las 20 letras del nuevo alfabeto «pilipino», cuya base es el tagalo, por lo que quedó oficialmente desterrada tras perder su rango lingüístico.

Pero pronto se hizo evidente que dicha exclusión implicaba ignorar una realidad cultural forjada por tres siglos y medio de contacto hispano-filipino.

Y es que sin la vilipendiada letra quedaban mutilados símbolos religiosos tan importantes como el «Santo Niño», la imagen católica más importante del país, o la Virgen de Peñafrancia, venerada en la multitudinaria procesión fluvial que cada mes de septiembre se celebra en la región de Bicol.

Ocurría lo mismo con enclaves tan populares como Las Piñas, donde se encuentra el único órgano del mundo construido en bambú, o Los Baños, localidad así bautizada por las aguas termales descubiertas por los franciscanos españoles.

Además de estratégicos lugares en el devenir del país como Malacañang, el Palacio de la época española que aloja a los presidentes filipinos, o Parañaque, el área donde se ubica el aeropuerto internacional de Manila.

La eñe está además presente en apellidos como Muñoz, Marañón, Cañizares, Fariñas, Nuñez y otros patronímicos comunes a los de las guías telefónicas de cualquier país hispanoamericano.

Y esto fue así porqué en 1849 el gobernador general Narciso Clavería decretó que los filipinos asumieran apellidos para un futuro empadronamiento, algo que hicieron eligiendo entre una lista de más de 60.000 patronímicos españoles.

Estas circunstancias acabaron imponiéndose por la fuerza de la lógica y sin necesidad de una «batalla» como la que tuvo lugar en España cuando la Unión Europea aprobó el proyecto de comercializar teclados de ordenador sin la eñe.

Fue la Constitución de 1987, surgida tras la caída del dictador Ferdinand Marcos, la que rescató la eñe como una de las 28 letras del «filipino», una versión modernizada del «pilipino».

«Se incluyó porque era evidente que sin la eñe los filipinos perdían su identidad, la cual está basada tanto en el componente malayo como en el español», dijo a Efe Salvador Malig, miembro de la Academia Filipina.

No obstante, Malig cree que las bases creadas en 1987 por el Instituto Nacional de la Lengua Nacional Filipina no han contribuido a fijar las normas del idioma, sino a convertirlo en un cajón de sastre invadido por las expresiones anglosajonas.

«Asumiendo que el tagalo tenía deficiencias en áreas técnicas, se permitió que se acuñaran términos en otros idiomas, principalmente en inglés, lo que va en detrimento de los miles de hispanismos que hay en nuestro idioma», explica Malig, traductor al filipino de La Familia de Pascual Duarte.

Para Malig, el remedio fue peor que la enfermedad, puesto que hoy el «filipino» es una especie de pidgin (lengua mixta usada como lengua franca entre hablantes de diferente origen lingüístico) tan esquizofrénico como la propia identidad de sus hablantes.

«Lo que hoy se habla en Filipinas no es filipino, sino taglish, una anárquica mezcla de tagalo e inglés», comentó Malig, embarcado en la actualidad en la traducción filipina de El Quijote.

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