Noticias del español

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| Jerónimo Gallego
nortedecastilla.es, España
Martes, 29 de septiembre del 2009

LA DEGRADACIÓN SOCIAL DEL LENGUAJE

Ha sorprendido, y ha dado lugar a muchos comentarios, una sentencia judicial que define no ser motivo de despido el que un empleado se enfrente al gerente de la empresa en la que trabaja y le llame «hijo de puta».


De la lectura de la resolución se deduce que el juzgador se basa en que lo sucedido fue un hecho aislado, es decir que el empleado no insultaba al patrón todos los días, ni varias veces al día; también analiza el contexto en el que se pronuncia el exabrupto, durante una discusión sobre la procedencia o no del despido; y por fin apunta a la «degradación social del lenguaje», que nos obliga a admitir que durante un debate el hecho de mentar a la madre de nuestro interlocutor es en nuestros días solución normal y correcta.

El razonamiento de la sentencia termina pareciendo lógico, porque si uno se atemoriza ante la amenaza de perder el puesto de trabajo, tal como está el patio, es natural que reaccione dirigiéndose al jefe con una mención a su santa madre, dicho a lo bestia, aunque sin deliberado propósito de ofender; o sea, que la referencia materno-filial no tenga nada que ver con las izas y las colipoterras, eliminando de este modo lo que los juristas han llamado siempre 'animus injuriandi', que es el dolo específico de este delito.

En cuanto a la «degradación social del lenguaje» está más claro todavía porque es una verdad como un templo: en los tiempos que vivimos efectivamente el lenguaje coloquial está formado por una amalgama de groserías, tacos, palabras normalmente tenidas por afrentosas pero que hoy son utilizadas constantemente por jovencitas con aspecto candoroso, por mozalbetes que andan en su primer botellón y, desde luego, por quienes acuden a los programas de radio y de televisión: muchos locutores y presentadores que se dedican a azuzar a los 'invitados' para que se insulten, ya utilizan el lenguaje de burdel; y no digamos los que quieren ganarse un puesto en los platós, o cumplir una venganza, o lanzar una insidia…

Vuelan las palabrotas, las injurias, las maldiciones, la porquería hecha frase, y todo ello lo recogen los micrófonos y lo trasladan a millones de hogares donde 'el pueblo' aprende el 'lenguaje degradado' y se familiariza con esa forma de expresarse; es decir, que la ausencia constante de la falta de respeto socializa los comportamientos ciudadanos y por eso cualquiera se siente autorizado ya a enfrentarse groseramente con su patrón, o con la cajera del supermercado, o con la profesora de sus niños; y quién sabe si por la misma regla de tres los jóvenes están amenazando y agrediendo a padres y maestros…

Bueno, pues que nadie se moleste en querellarse (la persecución de un delito de injuria requiere el ejercicio de la acción penal por medio de querella) porque la Justicia generalmente le va a responder que todo sucedió en momentos de nerviosismo, que la intención del autor de las expresiones no estaba dirigida a menoscabar su dignidad o su fama y, sobre todo, que eso que le dijeron es lo que se gritan en televisión unas guapas señoritas antes de tirarse del moño. Y que, precisamente, esto es lo que hace crecer las audiencias.

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