Noticias del español

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| David Felipe Arranz
iberarte.com
Viernes, 22 de febrero del 2008

LA DEFENSA DE LA LENGUA ESPAÑOLA EN LA EDAD DE ORO

La Antología en defensa de la lengua y la literatura españolas saca a la luz, para disfrute de todos los públicos, una apasionada gavilla de textos en defensa de nuestro idioma.


Quizá nunca se habló mejor ni con más propiedad y elegancia que en el Renacimiento; la lengua española alcanzó por primera vez su categoría de factor fundamental para las acciones políticas, económicas y sociales emprendidas por los Reyes Católicos. El castellano, de la mano del latín y del griego, fijaba su estructura, su sintaxis, su morfología, su fonética y su ortografía de la mano de Lebrija, que en 1492 publicó en Salamanca la primera Gramática de la lengua castellana.

Para muestra, un botón; diríase que los humanistas paladeaban las palabras, torneaban el léxico de manera casi artesanal y daban carta oficial a un sistema que servía –y sirve– para dar cohesión a la política hispánica. El primero en darse cuenta de que su reino se entendía mejor en la lengua vulgar que en el latín fue Alfonso X, que puso a su Escuela de traductores a trabajar en las primeras reflexiones teóricas del castellano. La cancillería real fue la primera en notar que el léxico había sufrido en la Edad Media notables influencias del árabe, del francés y, por supuesto, del latín, si bien se apreciaban pocos cambios en la morfosintaxis –razón por la cual hoy se entienden perfectamente los documentos medievales–. También entonces el castellano sirvió a los fines políticos unificadores del monarca, que veía en el idioma un instrumento de uso común para cristianos, mozárabes, judíos y musulmanes.

En el Renacimiento, el español estaba promoviendo el interés por la ciencia: aquellos libros latinos comenzaron a estar al alcance de los no iniciados. Fue la reina Isabel la Católica, fémina avanzada en su época, quien pidió a Nebrija que las farragosas Introducciones latinae (1481) fueran vertidas en romance, y así ocurrió cinco años después. Junto a Nebrija, otros dos personajes resultaron fundamentales para dar a la lengua este primer impulso: Hernando de Talavera y el Cardenal Cisneros, que consideraron que el castellano era una lengua de vanguardia, una importante novedad de entre las muchas que asombraban, entre hallazgo y descubrimiento, a la comunidad humanista.

La intención de Nebrija era «reduzir en artifizio este nuestro lenguaje castellano» para provecho de los cronistas e historiadores futuros, de modo que la lengua no anduviera «peregrinando por las naciones estrangeras, pues que no tiene propia casa en que pueda morar». La lengua era considerada una herramienta indispensable, de la que habían de auxiliarse los políticos y monarcas si querían llevar a buen puerto sus empresas, todo ello expuesto de una forma exquisita y para que «todos los pueblos tengan trato y conversación con España y necesidad de la lengua castellana, si no quieren venir a la aprender por uso de niños a España».

Ante este panorama de apoyo colectivo de la alta cultura a nuestra lengua, a nadie ha de extrañar que, ante el Papa Paulo III, el emperador Carlos V dijera en Roma en 1536 al embajador francés que se empeñaba en hablar en latín a propósito de un quítame allá esas pajas del Ducado de Milán: «Señor obispo, entiéndame si quiere, y no espere de mí otras palabras que de mi lengua española, la cual es tan noble que merece ser sabida y entendida de toda la gente cristiana».

Completan la antología fragmentos de gramáticas de escribientes, escribanos, religiosos y tratadistas, e incluso algunos textos extraídos de clásicos como Gracilaso de la Vega, Cristóbal de Villalón, fray Luis de León, Cervantes, Mateo Alemán y Lope de Vega, aunque se echa en falta La España defendida de Francisco de Quevedo. En cualquier caso, resulta una delicia leer estos fragmentos que retrataron con un estilo impecable las primeras etapas de la fijación del español.

Antología en defensa de la lengua y la literatura españolas (siglos XVI y XVII), ed. de Encarnación García Dini, Madrid, Cátedra, 2007.

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