Noticias del español

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| Diego Marín A.
larioja.com, Logroño (España)
Lunes, 13 de octubre del 2008

¿LA CUNA DEL CASTELLANO?

A pesar de ser considerada el origen de la lengua castellana, La Rioja practica un deporte de dudoso prestigio: la patada al diccionario.


El vino y la lengua son las señas de identidad de La Rioja. Al menos institucionalmente, porque tal y como maltratamos el castellano, y de la forma que nos declaramos devotos del vino, más lógico parece tener de bandera el Rioja que nuestro idioma. Si Miguel Ángel Revilla diera un paseo por La Rioja se frotaría las manos en favor de su teoría sobre que «el idioma español nace en Valderredible». Al fin y al cabo, ¿qué riojano no se confiesa autor en alguna ocasión del «habría» en lugar de «hubiera» o «hubiese»? Esa sustituta conjugación verbal del pretérito pluscuamperfecto de subjuntivo es tan riojana como el sufijo '-eta' (pantaloneta, camioneta, cebolleta) y habla tanto de nosotros como los picaos de San Vicente de la Sonsierra o los zancos de Anguiano.

Pero las peculiaridades idiomáticas, cuando se pronuncian, ya se sabe: las palabras se las lleva el viento. El problema viene cuando hay que dejar constancia escrita de lo dicho. Entonces aparecen más vergüenzas que en una playa nudista. Un rápido vistazo a algunos carteles destinados, precisamente, a ser leídos ofrece reveladoras conclusiones. Y es que somos nosotros mismos, y no el inglés, los principales enemigos del español. Las tildes, por ejemplo, son una batalla perdida. A veces es mejor olvidarse de ellas o apelar a la antigua norma de no tildar las mayúsculas que colocarla donde no se debe.

El Club Náutico El Rasillo recibía hasta hace poco a sus visitantes con una enorme tilde colocada en la 'u' en lugar de en la 'a' de la palabra «náutico» del anagrama de su entrada. Media Markt, por otra parte, daba dos opciones en la última y siempre agresiva campaña publicitaria para anunciar sus electrodomésticos, y la mala -según ellos- decía «No, soy una marioneta y no me importa que elijan por mi». El ahorro en tinta por la ausente tilde del pronombre 'mí' -se supone- valdrá el descuento.

Sin embargo, son los carteles más sencillos los que más errores ortográficos contienen. Anuncios de animales extraviados, de venta de coches y pisos u ofertas en tiendas o bares son lugar común para las 'pifias lingüísticas'. Sobre todo, las cartas de los restaurantes, en las que, como si no nos valiésemos por nosotros solos para dinamitar el castellano, en ocasiones usamos de aliadas a las lenguas extranjeras. En vez de utilizar la palabra castellana «panceta», intentando escribir la inglesa «bacon», la transcribimos fonéticamente y creamos el préstamo-neologismo «beicon». Este híbrido entre la palabra castellana y la inglesa es un auténtico 'palabro', aunque bien es cierto que la Real Academia Española se ha rendido y ha aceptado esta forma, como antes aceptó «almóndiga». Lo mismo sucede con las francesas «foie» y «mousse», que se escriben de todos los modos posibles excepto el correcto. En alguna ocasión, haciendo alarde de un riojanidad exacerbada, incluso se ha llegado a leer en las cartas de postres que hay «Mus de chocolate». Esta podría considerarte una 'falta de órdago a la grande'.

Otros errores están tan arraigados que se han convertido en parte de marcas comerciales registradas. A empresas como Cajarioja o Prorioja parece sobrarles una erre, a pesar de que cuando ésta se sitúa en posición intervocálica debe duplicarse. Más que economía del lenguaje parece tacañería, aunque de tanto ver la palabra mal escrita parece correcta. Ya lo aclararon González Bachiller y Mangado Martínez en la estupenda sección 'En Román Paladino' que publicaron en estas mismas páginas: Cajarioja debiera escribirse con dos erres, de la misma forma que Casalarreina.

Anarquía lingüística

Muchos de los atentados ortográficos que se cometen son fruto voluntario de la estética punk, excusa perfecta para quienes desconocen cuándo usar ce, zeta o ka. Este tipo de 'anarkía' lingüística no busca sino enfatizar algunos fonemas y se ven con frecuencia en pintadas de váteres y grafitis. ¿Cuántos maestros habrán maldecido a Juan Ramón Jiménez por su defensa del uso libre de la ortografía en el que tantos alumnos se han escudado para cometer sus aberraciones del lenguaje? Así, letras con el mismo valor fonético como ge y jota o be y uve bailaban sin ton ni son en redacciones escolares sólo con el antecedente del Nobel como vana justificación.

En plena carretera LR-250 (dirección Soto de Cameros) se puede leer sin contemplaciones «Emilio Havitacione Cuadros». ¿Quién se atrevería a pasar la noche en semejante hostal? El error, para más gloria del autor, no acaba ahí, ya que también se ha perpetrado la misma falta de poner en infinitivo un imperativo que se lee en la entrada y salida de infinidad de comercios: «Entrar», «Salir», «Dejar el restauro en paz». Una auténtica reivindicación sin complejos en la que el ruego o mandato pasa a ser tan sólo posibilidad.

Los letretos de los vehículos son fuente inagotable. En ellos se puede leer desde un llamativo «Se bende» hasta un extraordinario «Con levaduras eléctricos». Para finalizar, por desconocimiento del idioma se consiguen originales aproximaciones al habla castellana. En estas ocasiones la razón, al menos, no es la desidia, aunque la falta ortográfica duele igual. No es difícil leer un «Se arquila habitacion», «Solicito trabajo para época de mendimia» o «Chica estranjera se ofrece para trabajar» en carteles de ciudadanos extranjeros en pleno aprendizaje del idioma español.

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