Noticias del español

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| Alberto Albertengo
eldia.com.ar, Argentina
Viernes, 6 de noviembre del 2009

LA CULPA DE LOS CHABONES

«Una de las sorpresas agradables con las que me encontré durante una visita a España es lo que está ocurriendo en el campo de la modernización del idioma español para hacerlo más fácil de leer y escribir».


Esto lo estampaba días atrás en su habitual columna en un matutino porteño, un conocido periodista, corresponsal en Estados Unidos. Los adolescentes de hoy no aprendieron a leer con placer, y como no leen no aprendena escribir

Después de explicar que pronto se podrá escribir marquetin, parquin, o sexapil y se simplificará la ortografía, desechando algunas tildes —acentos, que le decimos nosotros— a solo, este, ese,… etc., el columnista descubre que «hasta ahora, siempre creí que la Academia era un anacronismo que mantenía a la lengua española presa en una camisa de fuerza. Pero después de visitar esta institución, empiezo a pensar que cumple una buena función al unificar y simplificar la lengua española en todo el mundo, asegurando así su supervivencia». ¡Menos mal!

EL QUIJOTE Y EL IDIOMA

Tal vez tenga razón el periodista en cuestión, y seguramente es por eso que Cervantes (1547-1616) se apresuró a escribir el Quijote (1605, la primera parte; 1615, la segunda). Así evitó que esa molestia que iba a ser la Real Academia Española se metiera con el idioma y le complicara la vida. Más complicada de lo que la tenía: con una mano mutilada en la batalla naval de Lepanto contra los turcos; deudas múltiples y cárceles varias.

Así y todo, Miguel de Cervantes Saavedra dio al mundo la obra fundacional del idioma.

A ver —como se dice ahora—, que se entienda bien: la Academia (fundada en 1713), analiza el idioma; estudia la evolución de las palabras y el significado con que se las usa, tanto en las distintas provincias de España, como en los países hispanohablantes. Ordena lo que llama diccionario, aprueba, rechaza y propone. Pero no enseña a leer y escribir; esto corre por cuenta de cada uno y, quizás, del maestro que le toque en suerte.

BUSCAR EN OTRO LADO

El problema del periodista al que nos referimos —que tituló su nota «El Español del futuro, más simple y moderno»— se origina en errar el planteo del tema y haber desconocido lo que realmente hace la Academia. Respecto a lo segundo, en su descargo —si es que lo necesita— debe argumentarse que ha pasado casi toda su vida entre angloparlantes y el idioma inglés, preferentemente el inglés norteamericano, que no tiene academias que lo reglen y suma todos los neologismos que le vengan bien.

Más grave es errar el planteo. Los jóvenes de hoy se manejan con unas 200 palabras —hay quien dice menos—, no porque este o ese lleve o no tilde (acento escrito), o porque marquetin se escriba como lo escribí o tenga una k y termine en ing.

Ya se escribe fútbol (no football) o tenis (simplificando la doble n) y nadie por eso leyó más o escribió mejor.

Los adolescentes de hoy no aprendieron a leer con placer (pienso que mucho tiene que ver en esto esa materia que se llama «comprensión de textos») y como no leen no aprenden a escribir.

DE ANTES Y AHORA

Loco, chabón, obvio, bolú…, cuando no naaa…, integran la mayor parte del vocabulario de los jóvenes. Según estudios, ya son sólo 200 las palabras que hoy por hoy utilizan, contra 350 que manejaban los de la misma edad un lustro atrás, y 1.000 que integraban el acervo de la generación de 1980. Caudal que hoy mantienen, porque los análisis que mencionamos señalan que el argentino medio, de entre 30 y 40 años emplea habitualmente de 1.000 a 2.000 palabras.

Lo que obliga a la urgencia son también otras circunstancias que integran la realidad. Por un lado, está estudiado que en general el vocabulario de los 16 o 17 años es el que será de la adultez. Por otra parte, las jergas crípticas de los estudiantes, los mensajes de texto y el uso de la computadora para comunicarse tienden a un uniforme empobrecimiento del habla, la escritura y, peor, del pensamiento.

¡Y pensar que el diccionario registra 90.000 palabras!

LA LECTURA SALVADORA

¿Qué queda, entonces, por hacer? La escuela debe asumir su obligación y en medio de los frustrados cambios del pasado, el presente de transición y la incógnita del futuro, los maestros y profesores tienen que volver a enseñar a leer —¡menudo tema!—, pero, como ya dijimos, a insuflar el placer de leer. Porque, y es lo importante, con la lectura se aprende a escribir y a pensar.

«A lo largo del tiempo —escribió alguna vez Borges—, nuestra memoria va formando una biblioteca dispar, hecha de libros, o de páginas, cuya lectura fue una dicha… Que otros se jacten de los libros que les ha sido dado escribir, yo me jacto de aquellos que me fue dado leer».

Este párrafo de Borges no es un alarde de falsa modestia, es toda una lección. Los primeros que deben aprenderla son los docentes, ¿no será que el aburrimiento y no sólo la indolencia sea una de las causas del desinterés de los chabones?

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