Noticias del español

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| Inés Izquierdo Miller
laprensa.com.ni, Nicaragua
Martes, 13 de febrero del 2007

LA BOTICA DE BOACO

En algún momento se comenzó a hablar de farmacia y la botica de los abuelos quedó como un recuerdo lejano.


Caminando por el parque de Boaco fui a parar frente a un rótulo muy pintoresco donde decía Botica. Con mucha curiosidad entré, porque casi nunca en Nicaragua veo que le llamen así a una farmacia.

Mi sorpresa fue mayor al encontrarme que el establecimiento, además de ofrecer medicamentos era una especie de museo, donde se conservaban las estanterías, los envases y miles de detalles que me hicieron evocar mi infancia y las boticas con sus aromas espectaculares.

Sin querer, había arribado al orgullo de la familia Incer, donde doña Carmen conversa con ternura sobre el nombre de su botica, y las discusiones que tiene con quienes ignoran el verdadero sentido de esta palabra.

Y tiene razón doña Carmen, porque botica viene del griego y significa almacén; bodega. Así se le llamaba a la farmacia, laboratorio y al despacho de medicamentos.

Farmacia es un término más académico, procede del latín pharmacia, y alude a la ciencia que enseña a preparar y combinar productos naturales o artificiales como remedios de las enfermedades, o para conservar la salud. También se le llama así a la profesión de esta ciencia y al laboratorio y despacho del farmacéutico.

La botica no era la farmacia de nuestros tiempos. Lo que sucedió fue que en la primera mitad del siglo XIX la labor del boticario comenzó a modificarse bajo el influjo de la Química moderna, a lo que se añadía el nacimiento de la Farmacología, el conocimiento de los principios activos de las plantas y la elaboración de medicamentos sintéticos que provocaron una auténtica revolución terapéutica.

Entonces, la elaboración de medicamentos individualizados dio lugar a la producción en gran escala y la transformación de las formas farmacéuticas del siglo XIX, que trajo un nuevo aspecto externo que no se parecía en nada a los medicamentos tradicionales (cápsulas de todo tipo, comprimidos y ampollas inyectables).

La costumbre de utilizar preferentemente el término botica para designar a las farmacias se mantuvo en muchos países latinoamericanos. La raíz griega de botica que significa almacenar, depositar, sirvió en el español para llamar así al lugar donde se hacían y vendían las medicinas, pero a la vez era la tienda del mercader, allí podían encontrar cualquier cosa, de ahí la popular frase «De todo como en botica».

Los árabes, que habían incorporado la química, e introdujeron términos como alcohol, alcanfor, jarabe, entre otros influyeron en la faena de los boticarios, quienes tenían una autoridad de valor en las ciudades hispanoamericanas, donde la carencia de medicamentos era grande y las farmacias además se convirtieron en una especie de sala de emergencias, porque curaban a un herido, un enfermo, etc.

Como un recuerdo de lo que era una botica, les traigo una lista de artículos de venta en una de ellas: aguas medicinales destiladas mensualmente en el mismo establecimiento, aparatos de goma, orinales para enfermos de ambos sexos, orinales portátiles para los que padecen de incontinencia, fajas para viajeros, pezoneras, tiraleche con tubo y sin él, inyectadores para oídos y vagina, ventosas, pesarios, gorras para hielo, tubos de goma, biberones, cojines de viento, jeringas de diversos sistemas y bragueros, sin faltar su cafecito y cualquier otro artículo que ni se imagina.

De todas estas remembranzas sólo nos queda el botiquín como palabra que aún se emplea en nuestros días para designar al objeto donde se guardan las medicinas, y la hermosa botica de doña Carmen, allá en Boaco.

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