Noticias del español

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| Beatriz Arbasetti
eldiariodeparana.com.ar, Argentina
Lunes, 29 de noviembre del 2010

LA ACADEMIA Y LAS MUJERES

Azoramiento y asombro experimentamos leyendo el artículo que Juana Vázquez publicara en la edición del 20 de noviembre pasado del diario El País.


En tierras donde otrora Isabel de Castilla encarara la empresa imperialista de colonizar la América del Sur, y a cuya hija Juana le fueran cercenados los derechos sucesorios al trono por sus propios padre, marido e hijo, catalogándola de «Loca», no resulta extraño que, desde la creación de la Real Academia Española, transcurrieran casi trescientos años para que una mujer ocupara un sitial académico.

Hagamos un poco de historia para explicarnos esta ignorancia del sujeto femenino en la institución rectora de la normativa y los cambios que la lengua española ha experimentado desde su origen. Real se vincula a reino. La RAE se fundó en 1713 bajo la dinastía de los Borbones. Aunque el estado español siga subvencionando a la familia real, la monarquía como tal es una forma de gobierno arbitraria, agotada y obsoleta. El adjetivo por tanto, debiera ser dado de baja. El término academia, por su parte, proviene de la Atenas del siglo IV y denominaba a la escuela de filosofía de Platón. Por ello, y en cuanto congrega a quienes compendian múltiples saberes acerca de este romance derivado del latín, es ciertamente pertinente.

Ahora bien, los hispanoparlantes estamos diseminados en el mundo entero: en Turquía, Israel y Grecia desde la diáspora; en el Caribe y casi toda la América del Sur por efecto de la colonización imperial; incluso en las costas oceánicas y en los estados sureños de EE. UU. el español compite con el inglés de forma preocupante para los nacionalistas nativos.

Aunque la RAE tiene su sede en Madrid, existen corresponsales en el mundo de habla hispana. Sin embargo, la institución va incorporando con extrema parsimonia los regionalismos, sociolectos, cronolectos, etc.

Pareciera que cuesta desempolvar y romper con esquemas arcaicos en aras de una modernización que alcance, no ya la digitalización que exhibe como trofeo, sino la incorporación franca y equitativa de las mujeres en sus escaños. Tan cristalizada está la RAE que desde 1713 ha admitido esporádicamente sólo a siete miembros femeninos.

¿Qué diría Lysístrata, que presume con genuino orgullo en el ágora y ante nutrido público, de poseer nous (espíritu) y logos (discurso), ante esta Academia en donde hasta hace pocas décadas, sólo han opinado y discutido los varones? Seguramente se preguntaría horrorizada desde cuándo el conocimiento es un patrimonio exclusivamente masculino. Habiendo investigadoras y especialistas entre los hablantes de la lengua en todo el mundo, ¿por qué no se ha incorporado a María Moliner o a Violeta Demonte?

A propósito: la RAE ha invisibilizado la ingente producción de investigadoras, lingüistas y filósofas que vinculan el habla y la lengua literaria con los Estudios de Género, como Milagros Aleza Izquierdo, Juana Santana Marrero, Victoria Camacho Taboada, Marina Villalba Álvarez o Amelia Valcárcel. Recordemos de paso, que en los últimos años visitaron la Universidad Autónoma de Entre Ríos (Uader) las doctoras López Martínez y Marimón Llorca, de la Universidad de Alicante, filóloga y especialista en Retórica, respectivamente.

La RAE no sólo ha soslayado la exuberante riqueza de matices regionales del español, sino que ha ignorado la más importante revolución del siglo XX: la de las mujeres. A 35 años del «destape» cultural, ideológico y político de España, la Academia de la Lengua deberá reconocer y merituar públicamente los innumerables aportes femeninos a su estudio, disponiendo de sus sitiales con equidad.

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