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| Roberto G. Méndez -Esta boca es mía-
El Correo Gallego, España
Viernes, 6 de agosto del 2010

«LA ACADEMIA NO INVENTA EL IDIOMA NI LAS CONDUCTAS, RECOGE LA LENGUA TAL CUAL ES»

Darío Villanueva, secretario de la Real Academia Española (RAE).


Y la lengua ya saben ustedes cómo es, no creo que haya ni que decírselo: larga, voluble, burlona, malhablada. Polivalente, pero para decir sonetos no hubiésemos aprendido a hablar, estoy casi seguro.


Aprendimos para decir mamá, papá, Pirri, yo, mío, idioto, me cago en tu estampa, cosas así, y no, con Garcilaso, «yo no nací sino para quereros, / mi alma os ha cortado a su medida, / por hábito del alma misma os quiero», o bien: «cuanto tengo confieso yo deberos; / por vos nací, por vos tengo la vida, / por vos he de morir y por vos muero». Esto se aprende después, si hay suerte y algún libro en las estanterías, valga la redundancia. Tampoco me malinterpreten. Está muy bien que Garcilaso utilice la herramienta con este gusto, pero como los hay que solo la cogen, la herramienta, la lengua, la chisma, para tirársela al prójimo a la cabeza, los diccionarios y las academias y los profesores de instituto tendrán, también, que contarlo.

Contar que una palabra, bien tirada, hace más daño en la cabeza que unos alicates, porque las hay más duras, más graves, más de plomo. Contar que abrazar a un morito no puede nunca ser más ofensivo que vaciarse a patadas en el hígado de un africano septentrional. Contar, en fin, que quitarle a 'mesa' la acepción «mueble, por lo común de madera, que se compone de una o varias tablas lisas sostenidas por uno o varios pies, y que sirve para comer, escribir, jugar u otros usos», no hace que de pronto mi teclado esté posado sobre una caratospinleda, que es la palabra sustituta que me acabo de inventar para ese uso. La mesa será mesa hasta que ustedes digan. La mesa será mesa hasta que ustedes no digan, mesa, nunca más, no sé si me estoy explicando, aunque si me estuviese explicando lo sabría, me da la sensación.

Por ejemplo, idioto. Idioto es como uno llama idiota a un amigo la primera vez que lo llama. Que lo llama idiota, quiero decir. Idioto, en este caso. Después uno aprende que las lenguas tienen su lógica interna, y no como la bellísima Margot, que estaba interna contra toda lógica, y que tienen también sus políticas de ahorro, las lenguas, así que entiende que tampoco pasa nada, que está bien, que se puede ser idiota y masculino al mismo tiempo con total tranquilidad. Incluso que ser idiota, siendo masculino, es mucho más probable que no siéndolo. Que se juega con más números. Que hay otra aptitud. Pues bien: nada es tan fácil. Todo se complica. Siempre hay personajes de cuento de Jorge M. Reverte:

-¿Se llama usted Julio Gálvez?

-Sí, señora juez.

-Jueza. ¿Cuál es su profesión?

-Periodisto.

-Querrá decir periodista.

Y todo así. Lo de que la lengua es inocente, vaya, pero nadie más.

Viene todo esto, a lo mejor mal traído, a que la RAE aceptó el otro día como tres mil enmiendas y adiciones al Diccionario y Darío Villanueva (Vilalba, 1950), su secretario, lo comentó aquí, aquí es este periódico, partiendo de lo que les decía: ellos recogen, no inventan. Se incorporan abducir, alcaldable, buñueliano, cultureta, monoparental, oenegé, tsunami o, ay, muslamen, para regocijo, como comprenderán, de Umbral, donde quiera que esté, y cabreo de la jueza del cuento de Reverte. Que una cosa es que Cristiano tenga también muslamen, y otra que seamos imbécilas.

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