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| J. López-Lago (hoy.es)

José Miguel, el último tipógrafo

Este pacense se resiste a jubilar su vieja imprenta, que todavía funciona. «No conozco a nadie que aún haga esto, cuando lo deje no quedará ninguno».

El taller de José Miguel Gómez parece una máquina del tiempo. Vestido con una bata azul y manejando tipos (letras y caracteres de plomo) es como si nos adentráramos en los ochenta, justo el año en que adquirió su máquina automática de aspas Heidelberg, un armatoste que pesa más de una tonelada, de color negro, fabricación alemana y que parecía enterrado por las nuevas técnicas de impresión, primero el offset y después los programas digitales. Pero no, en su pequeño local de la calle San Isidro él aún se coloca cada letra, cada punto, cada acento, … a mano.

José Miguel no vive ajeno a los avances en el mundo de la impresión y el negocio que comparte con su socio en El Nevero cuenta con los últimos adelantos. Pero nunca pudo resistirse a jubilar su vieja máquina, con la que todavía realiza tarjetas de pequeño formato a amigos que se lo piden. De paso, él mantiene los dedos y la vista en forma para enlazar letras y signos a una velocidad de vértigo antes de ensamblarlas en el componedor.

Un argot en extinción

Una vieja imprenta como la suya es un mundo aparte. Y para algunos incomprensible pues el argot para entenderse en este oficio lo entienden muy pocos. «Ahora se me está olvidando un poco porque antes éramos un cajista y un maquinista y al estar hablando el uno con el otro llamas a las cosas por su nombre, ¡pero como llevo tantos años solo!». Cada tipo móvil es una aleación de plomo, que puede ser de distintos tamaños y formas según la letra (inglesa, cursiva, redonda, alta si es mayúscula, baja la minúscula, …). El lingote es el interlineado; la regleta es para que no se caigan las líneas; el azuré son los puntitos que llevan las facturas. La unidad métrica no es el centímetro sino el punto didot.

Pero lo peor, la pesadilla de cualquier tipógrafo, se llama pastel. José Miguel tiene bajo la mesa de trabajo, desde los tobillos al ombligo, 48 cajones. Y en cada uno decenas de celdas que guardan miles de tipos móviles. «A mano derecha siempre están las minúsculas y las letras que más se usan, que son la a, la o, la e, la s y la i. Más arriba están las mayúsculas por orden alfabético. Cuando alguna de las cajas se cae se llama pastel y tardas un mes en ponerlas en orden. ¿La arroba?, aquí no existe».

Dice este tipógrafo que sólo ha tenido una vez un pastel, hace quince años. «Pero averías en la máquina ni una», declara orgulloso mientras muestra las partes de su inseparable compañera de acero. «Aquí va la tinta, aquí se coloca el papel, esto es un producto secante, esto el contador …». Desde la Hoja del Lunes a tarjetas de visita que elabora en quince minutos o las participaciones de lotería con las que en 1997 tocó un tercer premio de 2.200 millones de pesetas en una charcutería cercana, José Miguel ha visto pasar de todo por su Heidelberg, «sobre todo tarjetas de comunión en primavera». Este pacense no conoce a otro tipógrafo con una máquina similar aún activa. «Tengo 49 años y cuando me jubile no creo que quede ninguno en la ciudad».

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