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| Jesús Hernández
La Opinión de Zamora , Zamora, Castilla y León (España)
Domingo,8 de octubre del 2006

JOSÉ ANTONIO PASCUAL, CATEDRÁTICO, LINGÜISTA Y ACADÉMICO DE LA REAL DE LA LENGUA: «HEMOS PASADO DE UNA SOCIEDAD DE VALORES A UNA SOCIEDAD DE POSESIÓN»

«La Real Academia no es el sancta sanctorum; no existe uniformidad, ni ideológica ni intelectual, y los egos se dejan fuera»


Es el rigor expresado con llaneza. José Antonio Pascual (Salamanca, 1942), catedrático en la Universidad Carlos III de Madrid y académico de la Real de la Lengua, acaba de obtener el Premio Nacional «Menéndez Pidal». En la conversación, habla del Diccionario Histórico y de la Docta Casa, de la Universidad y de los maestros aquellos, de los clásicos redivivos y de los intelectuales de estos días, de los nacionalismos y de la guerra de lenguas, de la creatividad y del escaparatismo… Y, por primera vez, el lingüista relata algunas circunstancias de su etapa como director del Colegio Universitario de Zamora.

— Premio Nacional «Ramón Menéndez Pidal» (Humanidades)… ¿Sentando cátedra?

— Yo no. Sólo puedo aspirar a transmitir la cátedra de don Ramón.

— José Antonio Pascual es el responsable del Diccionario Histórico de la RAE.

—Sin embargo, ¿cómo será ese Diccionario Esencial que aparecerá en el otoño?

— Será el mismo de la Real Academia. Podado, quitadas las palabras más raras. Y pensando en un lector que tiene que acudir con urgencia para consultar los vocablos más comunes. Se reducirá a la mitad, para que sea más cómodo.

— Colegio Universitario de Zamora: años 80. ¿Un Colegio de bolsillo y una gran ilusión?

— Sí. Hubiéramos podido dar la mejor formación de cualquier lugar de España. Existió una posibilidad de ser los mejores. Puse toda la ilusión, pero, como tú sabes, duré poco. Creo que fueron veinte o treinta días como director. Mostré un gran interés en imponer un modelo eficaz. Yo tenía unas ideas y notaba que la gente, en lugar de empujar, tiraba para atrás. Si el proyecto no era viable, yo no estaba allí para ser un funcionario.

— ¿Y todo eso dejó en usted…?

— Una huella muy grande. Fui, después, vicerrector de la Universidad de Salamanca, y no se me ocurrió pensar en la experiencia de Zamora. No obstante, para aceptar la propuesta de ser candidato, me lo tuve que pensar, visto lo visto.. Porque o metes un poco de utopía o un cargo en sí mismo no sirve. Lo harás bien o mal. Pero se trata de realizar un cambio de cosas.

— En la gestión del cargo académico hay que meter una dosis de utopía, dice.

— Sí. De lo contrario no merece la pena. Por lo que te pagan, no vale. Si es para hacer carrera… En mi caso, es la investigación. Por lo tanto, son pequeños desvíos de ese camino.

— Real Academia: ¿es el sancta sanctorum de la Lengua?

— No. El santa sanctorum somos todos. El pastor del pueblo que se esmera hablando, el maestro de escuela, el locutor que quiere expresarse bien, el periodista… No es el sancta sanctorum, pero sí un centro importante que forma —con la escuela, con el instituto, con la universidad, con la prensa— un engranaje, en el que algo tenemos que hacer.

— ¿Y aquélla es el lugar de los bienpensantes?

— Qué va. No, no. Es el lugar, sí, de la concordia y de la cordialidad. Hay una palabra: decoro. Nuestro trato es el más decoroso que yo haya visto. Y, sin embargo, cada uno opina con total libertad. Yo no podría decir que la Real Academia fuera de tal partido, de tal idea. Ante cualquier palabra, hay una discusión franca y abierta. No existe una especie de uniformidad, ni ideológica ni intelectual. Por tanto, ni de bien pensantes.

— En esa Casa, ¿los egos se dejan a la puerta?

— Bastante. Si hay decoro, es que dejas el ego fuera.

— Los cainismos se dan en las mejores familias. ¿También entre los académicos?

— No. Somos sutiles, eso sí. Es una maldad muy bonita: para cainismo, hay que perder la sutileza. Aquí, a veces, tú no sacas adelante una cosa, pero sonríes. Sonríes cuando ves que te han ganado.

— Dice Caballero Bonald, reciente Premio Nacional de Poesía, que «el intelectual debe ser por norma un crítico del poder». ¿Es así?

— Sí. Porque para aplaudir ya estamos todos los demás. Los intelectuales deben poner medidas a las cosas. Porque, de otra manera, cómo van a contribuir a mejorar la realidad… Ni siquiera merece la pena que un intelectual se adhiera al poder por los privilegios. Cualquier forma de humillarte a aquél tampoco tiene consecuencias importantes. Ni por altura de miras ni por pragmatismo.

— Hablan de «paridad», qué vocablo, en las listas electorales. ¿Se imagina que alguien pidiese lo mismo para la Real Academia?

— Sí… Yo aprendí mucho con los 64 años que he vivido. Pasas de cierta forma extrema de ver la realidad a una manera de contemplarla como tengo ahora… Huyo de los extremos. Claro que tiene que haber mujeres en la Real Academia. Y habrá cada vez más. Pero de repente y por decreto, no tendría ningún sentido. No ganaríamos nada. Sin embargo, puede ser que dentro de treinta años se dé tal cosa. En mi departamento, hay más mujeres que hombres, y con tanto prestigio… Por decreto, y con «ordeno y mando», estaríamos locos. Tenemos que convivir. Hemos de realizar las cosas poco a poco.

— Dicen, colegas suyos, que esta Universidad es una caricatura de lo que fue no hace tanto. Que los jóvenes estudiantes no tratan con las ideas… como antes.

— Yo creo que soy el profesor más optimista, y siempre alabo lo bien que vienen preparados los jóvenes. Pero empiezo a estar muy preocupado. Defiendo a la juventud por una razón: tengo excelentes colaboradores. Yo he hablado muy bien de mis maestros. He reconocido siempre e magisterio. Y ahora me doy cuenta que debo hablar muy bien de mis discípulos. Son excepcionales, y no llegan a los treinta años. Tengo una realidad, que me rodea, de gente realmente buena. Pero comienza a existir un clasismo muy fuerte. Son muy pocos los que entran refinadamente en la universidad. Ha existido una falta de lectura. Y hay algo fundamental: la familia. La gente no se da cuenta de ese tesoro que es la cultura familiar.

«Las barricadas no pueden estar en las lenguas»

— Se nota la falta de lecturas.

— Muchísimo. Y se venden libros. Dentro de algunos años lo visual va a ser tan normal que se encontrará el placer del texto… El gran problema es éste: cómo lograr que los jóvenes lean. Es clave. Se trata de una forma de conocimiento muy distinta. Mucho más profunda. Te permite ir para atrás.

— ¿Por qué, en estos días, algunos confunden cultura con informática?

— Es triste. Y resulta tan triste como confundir los zapatos del deporte con el deporte. La informática es un soporte, un mero soporte… Es confundir el tocino con la velocidad, la ortopedia —aunque magnífica— con el cerebro.

— En eso de la cultura clásica, ¿las nuevas generaciones son anoréxicas?

— Sí. Se ha producido un corte total… Para mí, la ruptura con la Biblia y con el pensamiento clásico es un suicidio.

— Qué pena… Que los clásicos todavía necesiten defensa y reivindicación.

— Reivindicación y facilitar su lectura. Yo he visto, ahora, una serie de experiencias magníficas sobre El Quijote, El Lazarillo de Tormes y El Tirante el Blanco, Hay unas versiones de Rosa Navarro para los niños que son una maravilla. Y están vendiéndose muy bien. Tenemos que dejar de ser tan creídos como para pensar que los textos no se pueden adaptar. Si quieres, ya lo leerás, después, muy bien. He visto que, a partir de su lectura, los niños se enganchan. Y la lectura es un vicio que merece la pena.

— ¿Lo de Franco con la Universidad española fue un «atroz desmoche»?

— Yo creo que fue una de las páginas más brutales del régimen de Franco: la destrucción de la universidad. Aquí te hablo con la experiencia de quienes son mis maestros. Corominas, en la Argentina. Quería venir y no podía entrar. Rafael Lapesa, largado a un instituto. Aníbal Otero, saliendo de la cárcel y diciendo que no quería volver a trabajar porque pensaba que iba a venir un desastre universal… Yo no me fijaría exactamente en eso, sino en la capacidad de este país para, a partir de ahí, crear una Universidad que, con todos sus problemas, es comparable a las europeas, donde se hace ciencia, se investiga y se aprende.

— ¿Hay tanta creatividad como se dice…o sólo es «escaparatismo cultural», como afirma Argullol?

— Yo veo cosas muy bonitas. Pero asisto, también, perplejo ante mucho escaparate. Eso hace que rara vez lea un libro que cuente menos de diez años. Tiene que ser un volumen que me haya regalado un amigo, y que leo por la deferencia hacia él. Sin embargo, dejo pasar el tiempo. Es curioso. Eso me sucede como a un antiguo Jefe del Estado, que tenía unos papeles en la mesa e iba dejando pasar el tiempo… y se resolvían los asuntos. De repente, me dicen: «Esa novela no merecía la pena». Es una medida prudentísima. Eso hace que, si me encuentro con un periodista, no pueda estar en vanguardia. Si se trataba de un amigo o de una persona a la que estoy siguiendo particularmente, como me sucede con Luis Mateo Díez, cambian las cosas. De lo contrario, es raro que yo no deje pasar diez años.

— El intelectual ha perdido la aureola y el prestigio de antaño.

— Hemos pasado de una sociedad de valores a una sociedad de posesión… Lo hemos perdido, sí.

— ¿La cultura actual cada vez es más decorativa, recreativa y festiva?

— Sí. Pero siempre hay una veta, unas elites, grupos concretos que salen adelante. Y ésa es la esperanza.

— ¿Por qué esa manía de algunos políticos y periodistas de generar una guerra de lenguas?

— Es un suicidio, sí. Las barricadas no pueden estar en las lenguas. Estas son para la comunicación, y no para trazar parapetos… Si tú y yo hablásemos ahora dos lenguas distintas, inglés y español, estaríamos remitiéndonos a culturas muy parecidas. Es la misma cultura.

— ¿El nacionalismo, éste o aquél, es adoctrinamiento y pasión?

— Es incapacidad de ver un presente solidario. El nacionalismo tiene una gran parte egoísta, de poner bien tu negocio pero despreocupándote de quien está al lado. Detrás de cada nacionalismo hay una serie de decorados. Pero detrás de cada nacionalismo existen, también, otras cosas: mejores carreteras., mejor Seguridad Social, mejor nivel de vida. No obstante, sucede que, a veces, criticamos a los nacionalismos y somos poco inteligentes con lo nuestro. Yo no logro entender cómo salmantinos y zamoranos estamos tan tranquilos con nuestras comunicaciones. Vamos a dejar de criticar a los nacionalistas, que crean infraestructuras. ¿Qué hacemos nosotros? No me vale criticarlos. Me vale criticarnos a nosotros. Por eso no debemos refugiarnos sólo en lo que tiene de perverso un nacionalismo, sino en lo que posee de absurdo en una complacencia que no se mantiene.

— ¿Castilla y León carece de «orgullo de país», como dicen los catalanes?

— Sí. Y me parece bien. Yo no tengo ningún orgullo por mi apellido, por la casa en la que he nacido… Me parece bien que los castellanos y leoneses carezcamos de orgullo. Otra cosa es que no dispongamos de ganas de mejorar.

— Hay una especie de miedo, en algunos sectores, para no molestar a violentos, fundamentalistas y otros tales.

— Lo has dicho tú: por miedo. Y es grave. El miedo es el peor instrumento que tenemos para nuestro comportamiento. Vivir de rodillas siempre es malo.

— ¿El prestigio intelectual del pesimismo es falso?

— El pesimismo es como morder el alma e impedirte andar. Es malo. Una de las condiciones de un jefe de un grupo de investigación consiste en implicar, todas las mañanas, con un pensamiento positivo a la gente. Porque nosotros somos los protagonistas de nuestra historia. Y las cosas pueden ser difíciles, pero si miro para atrás hay mucho andado. El pesimismo es, en muchos casos, una justificación.

— ¿Y define el lenguaje de Rodríguez Zapatero…?

— Me gustaría que se bajara más a la realidad de los hechos tangibles y todos abandonaran los hechos de tipo general, donde no existen matices… En el ámbito de las grandes ideas hay, podemos decir, lo que queramos. Hay algo que exhibe la prensa y la televisión: esas grandes ideas donde no aparecen matices. Resulta difícil que un presidente del Gobierno pueda bajar a eso, pero los políticos deberían descender al matiz, porque hay algo a lo que nos tenemos que acostumbrar: las cosas no son ni blancas ni negras. Para mí, el problema es esa falta.

— Bono, Ibarra, Paco Vázquez, Nicolás Redondo… ¿ZP ha reeditado un nuevo Valle de los Caídos?

— Ja, ja, ja… Vemos que es muy listo ¿Tú te supones, cuando ganó las elecciones, el peso que tenía ahí con toda esa gente? La habilidad resulta espectacular.

— ¿Hay que pedirle a la Memoria Histórica que se desarme, que olvide?

— Yo creo que no se debe olvidar. No hay que odiarse, pero tampoco hay que olvidar. Existe un artículo muy bonito de Gregorio Salvador, donde contaba que, de diez hermanos, dos no se hablaban porque estaban cada uno en un bando. No se trata de enconar a nadie, pero no puede ser que hayamos perdido la memoria de una persona decente, como el alcalde de Salamanca durante la República. Ha pasado el tiempo de que podamos pedir cuentas a nadie. No se trata de eso. Sin embargo, no hay que olvidar. Eso es malo… Yo soy lo contrario de los cristianos buenos: ellos perdonan, pero no olvidan. Yo, como olvido, no puedo perdonar. El perdón es la cosa más hermosa que hay, pero no olvidemos.

– A partir de los 60, en la vida de las personas, ¿hay más noches que días?

– Sí. Y diríamos que hay más tristeza que alegría, pero la tristeza de la juventud es inmoderada y la propia de los mayores es mitigada y nos permite vivir.

«La literatura añade mundo al mundo»

— ¿Qué es peor: la «Davincimanía» o la telepasión?

— La telepasión. Y mira que no he logrado leer El Código Da Vinci, pero dénme lo que quieran en libro.

— Dice Gustavo Martín Garzo que «la literatura tiene un poder de fascinación». ¿Eso no es, tal vez, una forma de idealización?

— No. Al contrario. Es un nuevo mundo que está ahí. Añadimos mundo al mundo. ¿Cómo no va a fascinarnos?

— Para el mocerío, ¿el humanista será una especie de dinosaurio?

— No. El humanista va a emerger, en breve, porque se verá su gran valor.

— Que los creyentes paguen religiosamente a sus curas. ¿Es justo y necesario?

— Sí… Y si quieren pagar a los ajenos, también pueden contribuir. Desde luego, a los suyos.

— ZP sataniza a Rajoy y éste demoniza a aquél. ¿Los dos al infierno?

— No. A uno lo dejaría en la tierra y el otro, como creo que no existe el infierno, debería buscar otros compañeros.

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