Noticias del español

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Javier Ors  

La Razón.es

Lunes, 30 de julio del 2012

INÉS FERNÁNDEZ-ORDÓÑEZ: VIVIMOS LA GRAN ÉPOCA DE LOS EUFEMISMOS


Entrevista con la académica de la RAE



Ocupa el sillón P de la Real Academia Española y es la primera filóloga en tener un puesto en esta institución. Dedicó el discurso de ingreso a «La lengua de Castilla y la formación del español». Es catedrática en la Universidad Autónoma de Madrid.  


Inés Fernández-Ordóñez aparenta una timidez que es falsa, que se desmiente en el tú a tú, como si en las palabras y los argumentos que van surgiendo en la conversación se encontrara en su terreno, libre de ataduras. Sentada en uno de los salones de la RAE, mientras aguarda para la clausura de un curso, habla de lo que ocurre en la lengua y en la sociedad.

 

–¿Se habla mejor en los pueblos o en las ciudades?

–¿Qué es hablar mejor? Si es hablar según la lengua estándar, la norma, las ciudades tienen más acceso a la educación y por eso se habla mejor en ellas. Se puede decir, en realidad, que se habla de forma más prestigiosa en las ciudades, no que se hable mejor.

 

–¿Se habla bien y mal?

–Los lingüistas consideramos que cualquier forma de hablar es correcta, porque es comunicativamente competente, pero hay formas más prestigiosas que otras. Tiene que ver con los valores sociales que como colectivo humano añadimos a la lengua. Lo que identificamos como hablar mejor es hablar de acuerdo con esos valores prestigiosos.

 

–¿El léxico de la ciudad es más uniforme?

–Sí, definitivamente, es más uniforme. Lo que hace la uniformidad es la comunicación; y lo que hace la diferencia es el aislamiento. Cuanto mejores son las comunicaciones, más tendencia a uniformar comportamientos sociales y lingüísticos.

 

–¿Cuáles son las consecuencias del empobrecimiento léxico?

–Tiene que ver con la decadencia de la cultura escrita entre las generaciones sucesivas. Cuando yo era niña apenas dedicaba tiempo a las pantallas. A lo mejor una hora para la televisión. Hoy, los chicos están con el Twitter y Facebook. El tiempo que nosotros invertíamos en leer, ellos lo dedican a las pantallas. Es una cultura diferente, en la que también se lee, pero no textos elevados o abstractos. No tiene sentido lamentarse. Cada sociedad tiene sus necesidades y condicionantes. Y tiene sus ventajas.

 

–Condicionalidad bancaria, no rescate; desaceleración económica, no crisis.

–Y no hay atascos, existen retenciones; y los enfermeros son ATS. Vivimos en la gran época de los eufemismos. Estamos rodeados. El eufemismo pretende suavizar una realidad que no nos gusta. No es negativo. Todos los usamos. Aunque los políticos los usan muy a menudo.

 

–¿Pretenden ocultar la realidad?

–Lo observo más como una necesidad de crear denominaciones, igual que existen modas. Vivimos en una sociedad que exige novedades, que le gusta la inmediatez. Hay una necesidad formal de cambio y los políticos crean palabras para enmascarar realidades que no nos complacen, pero también por otras causas, por ejemplo, cuando cambian el nombre de un ministerio.

 

–¿Se habla en verano de otra forma?

–En verano hay una relajación general. Unos sociolingüistas canadienses crearon el concepto de mercado lingüístico. Demostraron que las personas están mas presionadas por la lengua estándar durante su vida laboral. En su juventud están muy relajadas y usan formas menos correctas. Al llegar a la madurez, con la responsabilidad laboral y familiar, eso disminuye. Y cuando se jubilan y se van los hijos, se comportan como en su juventud. Ellos lo llamaron el efecto del mercado lingüístico. En la etapa central de la vida estás más influido por la corrección lingüística que en las etapas de juventud y vejez. Entonces haces lo que te da la gana con la vida y con la lengua. Se puede decir que con corbata hablamos de forma más prestigiosa, más atenidos a la norma.

 

–Todos/as, amigos/as, compañeros/as… ¿Hay un feminismo lingüístico?

–Hay mujeres que dicen que la lengua presenta una sociedad androcéntrica y que hay que cambiarla. Pero eso no sucede de la noche a la mañana. Es posible que siglos atrás hubiera una motivación semántica para el masculino como género no marcado. Pero una vez que una estructura se convencionaliza y se convierte en gramática, también se desemantiza en gran medida. Y la permanencia de esa estructura no es una discriminación. Sería sacar las cosa de quicio. No tiene sentido ver una discriminación en el masculino singular, por ejemplo. Decimos: «He venido». Para acabar con la discriminación deberíamos decir también: «He venida». Pero también es importante decir que si hay grupos que quieren proponer formas alternativas de hablar, y los hablantes las adoptan, debemos respetarlo.

[…] 

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