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Agencia Efe

Inés Fdez. Ordóñez siente «el peso» de ser la primera filóloga en la RAE


Inés Fernández OrdónezInés Fernández Ordóñez ingresa el próximo domingo en la Real Academia Española y siente sobre sus hombros «el peso de la responsabilidad» de ser «la primera filóloga» que llega a esta institución, inaccesible para las mujeres hasta hace unos años aunque «tampoco es sencillo para los hombres entrar en ella».



 



«Hay muchos hombres que destacan en sus respectivos campos y que no son académicos», afirma Fernández Ordóñez (Madrid, 1961) en una entrevista con Efe, que tiene lugar en su casa de Madrid y en la que adelanta las líneas generales de su discurso de ingreso, centrado en «La lengua de Castilla y la formación del español».


A sus 49 años, la filóloga se convierte en el miembro más joven de la RAE y en la quinta mujer que forma parte actualmente de la Academia, donde estará acompañada por la escritora Ana María Matute, la historiadora Carmen Iglesias, la científica Margarita Salas y la novelista Soledad Puértolas, que ingresó el pasado 21 de noviembre.

Son pocas, si se tiene en cuenta que en la RAE hay 46 plazas, pero la paulatina incorporación de mujeres en los últimos años demuestra que «algo va cambiando en la Academia, aunque sea lentamente».

«Hay motivos para ser optimistas. Además, la presión ambiental es tal que yo creo que las cosas van a cambiar», asegura esta gran experta en dialectología, actual e histórica, del español y directora del Corpus Oral y Sonoro del Español Rural.

Catedrática de lengua española en la Universidad Autónoma de Madrid, Fernández Ordóñez sabe que el ser la primera filóloga en la RAE es «un honor» pero también «una responsabilidad grande». Por eso ha hecho para su discurso «una investigación original».

Hija de José Antonio Fernández Ordóñez, fallecido en el 2000 y que, entre otros cargos, fue presidente del Patronato del Museo del Prado, la nueva académica defenderá en su discurso la idea de que la lengua española «no es simplemente una evolución del castellano, sino que en ella hay elementos leoneses, navarros, aragoneses e incluso del catalán y del portugués».

La historia de la lengua española «ha estado muy condicionada» por la interpretación que hizo en su momento Ramón Menéndez Pidal en esa obra «fundamental» que es «Orígenes del español», de 1926.

«Esa obra defendía que el castellano se extendió en forma de cuña invertida y que castellanizó el centro y el sur peninsular, acompañando la expansión política de reino de Castilla», explica Fernández Ordóñez.

Su discurso «matizará esa idea» y defenderá que «la formación del español es más compleja que una simple extensión del dialecto castellano» y hará hincapié en «la base plural del español».

Para argumentar esta nueva concepción Fernández Ordóñez cartografía en su discurso los materiales del Atlas Lingüístico de la Península Ibérica (ALPI), que fue proyectado por Menéndez Pidal y dirigido por Tomás Navarro Tomás.

Las encuestas dialectológicas de ese atlas se habían realizado en los años 20 y 30, «pero, al estallar la guerra civil, Navarro Tomás marcha al exilio y se las lleva consigo», añade la filóloga, que cubrirá en la Academia la vacante del poeta Ángel González, fallecido hace tres años.

Los materiales del atlas estuvieron perdidos largo tiempo y regresaron a España a finales de los años 50. Se publicó un tomo y el resto «estuvo desaparecido» hasta 2001.

Ese atlas era «mítico» para Fernández Ordóñez, quien lo ha estudiado en profundidad para el discurso y ha visto que no se trata solo de que el castellano «haya conquistado la península, sino que es una variedad en la que muchas veces se dan formas lingüísticas compartidas con occidente y con oriente».

«La visión tradicional que hemos tenido de la historia de la lengua española está muy condicionada por el nacionalismo romántico del siglo XIX, del que Menéndez Pidal es deudor y en el que se trataba de buscar el origen. Lo que quiero defender es que tan importante es el origen como la evolución», insiste.

Fernández Ordóñez ha seguido muy atenta la polémica que han suscitado los pequeños cambios que introduce la nueva Ortografía de las Academias de la Lengua, entre ellos llamar «ye» a la i griega y suprimir el acento del adverbio «solo».

Sabe que algunos de esos cambios se han quedado en meras recomendaciones y le parece bien, porque ella es partidaria de «la tolerancia» en estas cuestiones y recuerda que «al final la voz siempre la tienen los hablantes».

«La Academia actúa de notario de la norma culta y si recomienda algo con lo que la mayoría de los hablantes no se sienten identificados, al final creo que tendrá que rectificar», concluye.

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