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Cecilia González. Notimex

SDPnoticias.com

Miércoles, 6 de abril del 2011

Incorporan los argentinos «malas palabras» al lenguaje cotidiano


Los argentinos han incorporado a su lenguaje cotidiano en los últimos años las llamadas «malas palabras» e incluso términos como pelotudo o boludo son habituales en los medios masivos de comunicación de este país sudamericano.


En la televisión argentina, por ejemplo, no importa que sea la mañana, la tarde o la noche porque a cualquier hora los conductores e invitados se insultan, casi siempre en tono jocoso.

 

En países como México causaría escándalo la informalidad y naturalidad con la que los argentinos usan, en pláticas de amigos y medios masivos, las «malas palabras», cuya definición ha sido discutida por escritores y especialistas de la lengua.

 

De hecho, fue el escritor argentino Roberto Fontanarrosa quien animó a defenderlas en el Congreso Internacional de la Lengua Española que se realizó en el 2005 en la ciudad de Rosario, distante 312 kilómetros de Buenos Aires.

 

«La pregunta es: ¿Por qué son malas las malas palabras?, ¿Quién las define?, ¿Son malas porque les pegan a las otras palabras?, ¿Son de mala calidad porque se deterioran y se dejan de usar?», dijo al pedir una amnistía a favor de su expansión y uso.

 

Ante los reyes de España, presentes en el Congreso, Fontanarrosa advirtió que hay palabras, de las denominadas malas, que son irremplazables por sonoridad, fuerza y contextura física.

 

Se refirió, por supuesto, al famoso pelotudo, porque sustituir esta acepción por su sinónimo, que es tonto, carecería de sentido, peso y gracia, al igual que si los argentinos dejaran de utilizar el popular boludo y se quisiera insultar diciendo el insulso torpe.

 

Más allá de las ironías, el presidente de la Academia Argentina de las Letras, Pedro Luis Barcia, advirtió que el problema del lenguaje en este país sudamericano no es por las «malas palabras» sino por la drástica reducción del uso del vocabulario.

 

En varios de sus documentos la Academia ha denunciado que hace una década los jóvenes argentinos utilizaban un promedio de mil doscientas palabras para comunicarse, pero hoy esa cifra es sólo de seiscientas.

 

Respecto a las palabras, Barcia señaló que, en rigor, no hay «buenas o malas» sino intencionalidades de los hablantes y contextos «porque el uso de vocablos o frases gruesas es lo que se espera en determinadas situaciones, es lo apropiado».

 

De ahí que no sea lo mismo insultar a un conductor que te rebasa a exceso de velocidad que a un amigo con la misma frase ofensiva a su madre en una reunión social en la que se están haciendo bromas.

 

Lo mismo aplica para las cotidianas forro (abusivo), sorete (una porquería de persona) y cagada (mala decisión o actuación que perjudica a otro) ya que, según el contexto en el que se las diga, pueden ser o no malas palabras.

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