Noticias del español

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| Efraín Osorio
La Patria, Colombia
Martes, 11 de Noviembre de 2008

INCLUSIVE-INCLUSO; MIASMA; «LA CASA»

No sólo por su sentido natural de 'inclusión' sino también por el uso debe aceptarse 'inclusive' como sinónimo de 'hasta' (o 'aun', sin tilde), que, como adverbio, también entraña 'inclusión'.


Hace un par de semanas escribí: «… su aseveración no sólo es precipitada sino errada, porque, inclusive el Diccionario asienta esta acepción en tercer lugar…». Anota, entonces, el señor Manuel López García: «Me gustaría aclararle que no debería utilizar la palabra inclusive como lo hace en su comentario sino incluso. La primera se emplea para las enumeraciones exclusivamente».

No es tan claro, don Manuel. De estos dos adverbios, siempre me ha gustado más 'inclusive' con el sentido de 'hasta', porque 'incluso' es el participio irregular del verbo incluir, y como tal, ya que comparte las características del adjetivo, debe variar en género y número (incluso-inclusos, inclusa-inclusas), como 'incluido', participio regular del mismo verbo (incluido-incluidos, incluida-incluidas).

Entre paréntesis, siempre pensé que, para el caso, es más culto este participio con todas sus variaciones que el invariable 'incluso', verbigracia, «todos cayeron en la trampa, incluidos los más vivos». La conversión del participio 'incluso' en adverbio, que ignoro cuándo se hizo, debe ser relativamente reciente. Es cierto que al adverbio 'inclusive' (del latín escolástico 'inclusive' —con inclusión—) los diccionarios le dan prácticamente una sola acepción: «Adv. m. Incluyendo el último objeto nombrado» (el Diccionario). Y que, generalmente, va después del objeto nombrado, así: «Todos cayeron en la trampa, los más listos inclusive».

Sin embargo, no sólo por su sentido natural de 'inclusión' sino también por el uso, debe aceptarse 'inclusive' como sinónimo de 'hasta' (o 'aun', sin tilde), que, como adverbio, también entraña 'inclusión', por ejemplo, «hasta los más avispados cayeron en la trampa» («inclusive los más avispados…»). Además, me apoya el Diccionario panhispánico de dudas, que dice: «2. Posteriormente comenzó (el adverbio 'inclusive') a emplearse también con el mismo valor de adición enfática que el adverbio 'incluso', uso que no cabe rechazar, pues tiene ya tradición en nuestro idioma y se documenta en autores de prestigio». ¿Más claro así, señor López?

El doctor Fernando Londoño Hoyos tiene que saber que 'miasma', a pesar de su terminación en 'a', es un sustantivo masculino. No obstante, escribió: «Nunca más a propósito partidos aguerridos y ordenados, alejados de la politiquería y el clientelismo que suprimen las energías colectivas o las disuelven entre las miasmas de esas corruptelas» (LA PATRIA, Vendrán Tiempos Peores, XI-4-08). 'Los miasmas', doctor Londoño. Nota: «Miasma. (Del griego miasma, mancha). m. Efluvio maligno que, según se creía, desprendían cuerpos enfermos, materias corruptas o agua estancadas. Úsase más en plural» (el Diccionario).

Hace por ahí unos quince períodos de 24 horas el señor Enrique Arbeláez Mutis escribió para el Correo Abierto de nuestro periódico lo siguiente: «La Casa era el título que Gabriel García Márquez quería tener como tema de novela (…).Posteriormente prefirió cambiarle el nombre y se quedó con El amor en los tiempos del cólera» (X-27-08). Esto no fue así. Analice, señor, los siguientes hechos, y verá: Los protagonistas de esta novela genial —Fermina Daza, Florentino Ariza y Juvenal Urbino— salieron por primera vez a la calle en diciembre de 1985; dieciocho años atrás, —¡dieciocho!— en 1967, una editorial argentina (Sudamericana) nos presentó a Úrsula y a todos los Aurelianos y Arcadios de Cien años de soledad, obra a la que cualquier epíteto elogioso le queda chiquirritico; y antes de esta novela, Gabriel García Márquez ya había escrito La hojarasca, El coronel no tiene quien le escriba, Los funerales de la Mamá Grande y La mala hora, libros que de una u otra manera influyeron en Cien años de soledad.

Y antes de todos estos libros, luego del viaje que hizo con su madre a Aracataca para vender la casa de la familia, el escritor decidió contar por escrito todo el pasado de los episodios vividos en él: «El viaje con mi madre para venderla —narra GGM en Vivir para contarla— me rescató de ese abismo, y la certidumbre de una nueva novela (Cien años de soledad) me indicó el horizonte de un porvenir distinto. Fue un viaje decisivo entre los numerosos de mi vida, porque me demostró en carne propia que el libro que había tratado de escribir (La casa) era una pura invención retórica sin sustento alguno en una verdad poética. El proyecto, por supuesto, saltó en añicos al enfrentarlo con la realidad en aquel viaje revelador».

Y el académico Víctor García de la Concha escribe: «En realidad, desde hacía más de un año andaba ya enfrascado en una novela larga —sus amigos la llamaban "el mamotreto"— que se titulaba, precisamente, La casa, y que estaba tejida con recuerdos de la infancia. Allí estaba ya el mundo de Macondo». Que es el de Cien años de soledad, señor Arbeláez, no de El amor en los tiempos del cólera. Para que sepa, nada más.

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